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«Parténope, tan lejos de mi tierra»
(Garcilaso de la Vega)
Italia en España y España en Italia: Una larguísima historia de encuentros artísticos y literarios en la que todos los caminos se entrecruzan, particularmente en los Siglos de Oro. Escritores, artistas, libros, voces que, desde Dante, Petrarca y Bocaccio, a Sannazaro, Tansillo, Alciato, Minturno, Folengo, Boiardo, Tasso, Pulci o Ariosto, entre otros muchos, nutrieron las letras hispanas con la savia del Humanismo italiano, que tantos frutos dio en la cultura moderna. «A Italia, las letras», como dijo el Gran Capitán al conquistar Nápoles a principios del siglo
XVI.
Pero la deuda de España para con Italia no solo se cifra en las influencias relativas a la creación propiamente dicha, sino a las de una crítica consolidada a través del tiempo y que se asienta particularmente en los cimientos establecidos en el siglo
XX por el hispanismo italiano, uno de los más sólidos y rigurosos. Espléndido en estudios críticos e históricos de variado signo, ha sabido ser también una auténtica «festa di intelligenza e di affeto», por decirlo en palabras de Giuseppe Grilli dedicadas a Cesare Acutis. Todo un mundo de trabajos, ediciones, traducciones, revistas, congresos, asociaciones, intercambios y cartas mensajeras, que suponen un esfuerzo secular ímprobo de relaciones mutuas, en cuya ladera literaria Marino «roba» a Lope de Vega y
este vuelca su admiración hacia «el gran pintor de los oídos» que fuera para él el autor de L’Adone. Se trata, claro está, de un viaje de ida y vuelta, en el que todo es posible, pues, como decía Oreste Macrí: «Orlando diviene Don Chischiotte, e quando Don Chischiotte entra in scena, tutto un mondo se ne va in frantumi».
Respecto a Nápoles, las huellas españolas son inmensas, como inmensas son las que Nápoles dejó en España y se detallan ya en la anónima Questión de amor (1513). Dos lenguas y dos literaturas se enriquecieron mutuamente a partir de la llegada de Alfonso V de Aragón y sobre todo después, cuando Nápoles se convierte en un lugar español a mediados del siglo
XVI, donde los caballeros y las damas tenían a gala hablar castellano; prerrogativa invocada para toda Italia en el Diálogo de la lengua, de Juan de Valdés.
Este planteó las cuestiones de la lengua castellana en abierta conversación con dos italianos y un español, mostrando hasta qué punto es en el careo entre perspectivas diferentes donde se encuentra la verdadera visión sobre las cosas. Muestra de la influencia española en Milán y en Nápoles, la obra valdesiana es un elogio de la conversación desenvuelta y libre en la que el español fluye e influye en el italiano y viceversa con asombrosa naturalidad. Valdés, como antes Bembo en las Prosse della volgar lingua, trató de realzar la dignidad de las lenguas «nacionales» y «vulgares» a la altura del latín.
Aparte habría que considerar cuánto representó el canon establecido por la poesía de Garcilaso, en la que tantas veces aflora el recuerdo de Nápoles y de la cultura allí aprendida en el ámbito de la Academia Pontiana y de personajes de la talla de Caracciolo, Mario Galeota, Tasso, Minturno o Tansillo. Años en los que el poeta de Toledo vivió y amó en aquellas tierras donde dirigiera una oda latina a Antonio Telesio. Fundamentos de una poética que tantos frutos daría en las letras españolas, incluyendo en ellos la obra de Giovanni Pontano, que renovó el humanismo europeo con sus tratados de ética, particularmente en el campo de la prudencia, virtud que, junto con la discreción, tanto atraería a Miguel de Cervantes.
Por ello y por otras razones, no parece casual que el mito por excelencia de las letras españolas tuviese también su conexión napolitana. Pues no olvidemos que en El
burlador de Sevilla don Juan Tenorio arriba a las playas de Tarragona, tras los avatares de su aventura en Nápoles, para seducir allí a la pastora Tisbea y proseguir luego en su soberbia ascensión, desafiando a Dios, al rey y a su propia familia, además de engañar a las mujeres con falsas promesas. Pero la primera a la que seduce, con nocturnidad y alevosía, fue, sin duda, la duquesa Isabela, acción que su tío Pedro le recriminará aireando los antecedentes por los que el padre del burlador lo enviara a esa ciudad italiana:
Di, vil, ¿no bastó emprender
con ira y fiereza extraña
tan gran traición en España
con otra noble mujer,
sino en Nápoles también,
y en el palacio real,
con mujer tan principal?
¡Castíguete el Cielo, amén!
Pero si Nápoles, según Benedetto Croce, era, por aquel entonces, una provincia española, también España fue una auténtica provincia italiana de las letras, que había mostrado su singular impronta en los versos de Garcilaso o de Herrera y en La Diana, de Montemayor, solazándose con la desenvoltura de La
lozana andaluza, de Francisco Delicado, recreando fórmulas escénicas a la italiana, como hizo en el teatro Torres Naharro, o llorando con Las lágrimas, de Tansillo. Por esas razones, ¿cómo no iba a saber algo de italiano un hidalgo manchego que presumía de más que mediana cultura? Y tampoco parece gratuito que fuese en una imprenta de Barcelona donde, como luego veremos,
este diese pruebas de tales conocimientos, habida cuenta de lo mucho que esa ciudad representaba en el trasiego de viajeros que allí se embarcaban o tomaban puerto al ir o venir de Italia. Así lo confirma previamente el capítulo en el que don Quijote y Sancho conviven con el bandolero Roque Guinart, y donde se encuentran con dos capitanes de infantería española que tenían sus compañías en Nápoles e iban a Barcelona para embarcarse en las galeras con orden de pasar a Sicilia. También aparece allí la mujer del regente de la Vicaría de Nápoles, doña Guiomar de Quiñones, que, con su hija y sus criadas, llevaba idéntico destino.
Todo el Quijote está salpicado de referencias parejas, empezando por la
Primera parte, donde Nápoles aparece en la novela de El curioso impertinente y, por dos veces, en la historia del cautivo, en la que Cervantes no olvida aludir a la lucha contra los turcos. Y otro tanto ocurre en la historia de Leandra (I, LI), donde la dibuja como «la más rica y más viciosa ciudad que había en todo el universo mundo». Pero es en la
Segunda parte donde Nápoles brillará ya desde la misma
«Dedicatoria al conde de Lemos», como lugar de residencia del destinatario de la obra, al que Cervantes perdona viejas heridas sintiéndose a su abrigo, pues —dice— «me sustenta, me ampara y hace más merced de la que yo acierto a desear». A continuación, en el capítulo I, recibiendo don Quijote en la cama la visita del cura y el barbero, surgirá de nuevo la alusión candente al turco y a su armada, aludiéndose a la orden de San Juan de Jerusalén, a Nápoles, a Sicilia y a Malta. Un Mediterráneo envuelto en luchas sangrientas y costosos rescates de cautivos que Cervantes conocía muy bien y al que volverá luego, al final de la obra, en los mencionados episodios barceloneses vividos por don Quijote y Sancho.
Desde su primera novela, La Galatea, con la historia de Timbrio y Silerio, pasando por las Novelas ejemplares, las comedias, la poesía y el mismo Don Quijote, hasta llegar a Los trabajos de Persiles y Sigismunda, Cervantes trazó constantes líneas viajeras con Italia, como si se tratase de una segunda patria hacia la que España extendía cabeza, brazos y pies como partes de sí misma. Pero fue en esta última novela, terminada ya «con las ansias de la muerte», donde Cervantes rindió el mayor homenaje a aquellas tierras en las que había vivido, al hacer que sus protagonistas culminaran en Roma su peregrinación vital y amorosa, como paradigma del buen término alcanzable en la vida del hombre. Con ello, trasladaba a materia artística no sólo sus conocimientos directos de las tierras italianas, sino el acervo de una lengua y una literatura que él trató como propias.
El Persiles, además de dar vida a curiosas historias vividas por sus protagonistas en Luca, Milán o Roma y prolongadas en Nápoles, mostró, como ninguna otra novela de su tiempo, la pluralidad de lenguas que convivían en los barcos, caminos y ciudades de Europa, siendo el toscano una de las que están más presentes, junto al castellano y el portugués. Inmenso esfuerzo de plurilingüismo que se alzaba contra la demonización arrastrada durante siglos por el símbolo de la Torre de Babel, para demostrar que las lenguas son entes vivos que se cruzan, evolucionan y enriquecen al encontrarse, en paralelo con el discurrir de las personas que las hablan. En esa obra el valor de la traducción y la necesidad de los traductores corren parejas con el grado de perfección y comunicación que se alcanza gracias al conocimiento de lenguas y culturas ajenas. Acción mediante la cual los hombres ensanchan sus conocimientos y mejoran sus afectos, saliendo así del territorio cerrado que avalara la búsqueda de una lengua única, común a todos los hombres. Cervantes abolió, mucho antes que ningún otro novelista, el mito de la lengua perfecta, demostrando que todas ellas lo pueden ser, pero no por sí mismas, sino por el grado de virtud moral y belleza que alcancen en el empleo que los hablantes hagan de ellas. Las lenguas de Cervantes conforman así un tapiz riquísimo de entrecruzados hilos y matices en el que el castellano se muestra como lengua discreta. Pues, como él mismo dijo en el Quijote, «la discreción es la gramática del buen lenguaje que se acompaña con el uso». Tal vez en ello estribe la clave de la universalidad de una obra que pretendió hacer del microcosmos de la novela un mundo mayor en cuyo espejo todos pudieran mirarse y hasta escucharse.
La memoria de Italia, construida —en buena retórica— a partir de lugares e imágenes, tuvo en Cervantes sus grandezas y miserias como la vida misma del hombre. Y su querida Nápoles representó, a sus sesenta y dos años, la inmensa frustración de no haber podido formar parte del séquito que acompañó hasta allí, en 1610, al
conde de Lemos, integrado finalmente por Lupercio Leonardo de Argensola y su hermano Bartolomé, entre otros. Claro que, en España, se quedó también don Luis de Góngora, quien no perdonaría el desaire, haciendo rima llana del asunto en un soneto en el que no sólo se quejaba de la afrenta del
conde de Lemos, sino de la que le hiciera el duque de Feria al no llevárselo tampoco con él a Francia. Precioso documento de desengaño cortesano y dibujo de un modelo de vida en el que don Luis dio lo mejor de sí en punto a aceradas ironías, mientras se retiraba a las soledades de su Córdoba natal:
El Conde mi señor se va a Napoles,
el Duque mi señor se fue a Francía:
príncipes, buen viaje, que este día
pesadumbre daré a unos caracoles.
Como sobran tan doctos españoles
a ninguno ofrecí la musa mía;
a un pobre albergue sí, de Andalucía
que ha resistido a grandes, digo a soles.
Con pocos libros libres (libres digo
de expurgaciones) paso y me paseo,
ya que el tiempo me pasa como un higo.
No espero en mi verdad lo que no creo;
espero en mi conciencia lo que sigo:
mi salvación, que es lo que más deseo.
La impronta italiana en la vida y en la obra de Cervantes es enorme, como la crítica ha ido señalando, pues, aparte su estancia en Roma, entre 1569-70, al servicio de
monseñor Acquaviva, hay que contar con la etapa de soldado iniciada en Nápoles, donde debió
de ser testigo, el 8 de agosto de 1571, de la impresionante ceremonia en la que don Juan de Austria tomó el mando como Generalísimo de la Liga. Momento en el que Cervantes, camino de glorias y desgracias, se integró en la armada contra el turco. Su probada estancia en Nápoles, entre febrero y marzo de 1574, y su pretendida vuelta a España en 1575, con rumbo a Barcelona, en la galera El Sol, cerraron una etapa convulsa dedicada a las armas que luego vendría a ser reemplazada por otra bien triste, al ser apresado, con otros muchos, por corsarios berberiscos, y pasar luego cautivo a Argel. De aquel periodo italiano cabe recordar el poema que le dedicara a Cervantes el humanista Antonio Veneziano en sus Canzuni amurusi siciliani (In Alceri, 1579). «Yo, Hercle, noterò di croco e minio...», ejemplo de una correspondencia poética digna de mayor atención.
Pero de cuánto Italia supuso en la obra cervantina es prueba mayor el Viaje del Parnaso, auto de fe y panegírico de toda una historia literaria, entre otras muchas cosas, e incluso autorretrato en el que su estancia napolitana cobraría especial relieve. Escrito a impulsos del Viaggio di Parnaso de Caporali,
este le permitió a Cervantes subir al monte de las Musas a lomos del destino para contemplar desde allí la historia literaria de su tiempo, retratando a sus protagonistas para, desde ellos y desde sí mismo, construir toda una poética. Claro, que tan alegórico itinerario no le impidió viajar desde Valencia, sorteando el golfo de Narbona, por costas de Génova, Nápoles, Corfú y Malta, hasta llegar luego a Grecia y subir al apolíneo monte de las Musas.
Sin entrar en el menudo de tan apasionante itinerario, lo cierto es que la sombra de Nápoles se alarga en este viaje con la amarga ironía de quien se ha visto desplazado del lugar que ocuparon al lado de su mecenas los mencionados poetas aragoneses, y con la tristeza de quien no ha podido ir allí en calidad de autor reconocido, al cabo de cuarenta años de ausencia, al abrigo del virrey. Pena añadida que no fue obstáculo, sin embargo, para que, en el mismo Viaje, elogiara las magníficas fiestas que, en mayo de 1612, mandó celebrar en Nápoles el
conde de Lemos con motivo de las futuras bodas de Luis XIII de
Francia con la infanta española doña Ana de Austria y del príncipe
Felipe con Isabel de Borbón. Un mundo de torneos ficticios
presenciado por un centenar de damas, con mantenedores, jueces y
premios, y en el que los caballeros recrearían al vivo la caballería
medieval que sirviera de recreo a la nobleza española en tantas
ocasiones. Justas a las que Cervantes no acudió, como le ocurriera a
don Quijote en su Segunda parte con las que prometía iban a
celebrarse en el Coso zaragozano para desmentir así al apócrifo de Avellaneda. Franco Meregalli dibujó ya hace años el trasfondo de la frustración que le produjo aquel viaje imposible a Cervantes, presentándolo como fruto de la «gran nostalgia de Nápoles y de su estancia en esa ciudad. Nápoles y toda Italia se mezclaban en su recuerdo con la juventud, era un mundo del que sentía que formaba parte, cultural y sentimentalmente».
Pero sin negar la importancia que tuvieran en la vida de Cervantes sus estancias en Italia, fue en su lengua y en su literatura donde el escritor español tuvo su verdadera residencia. Para él, como dice en El Persiles, la aventura de leer es superior a la de viajar, pues el viaje se acaba y la lectura siempre se puede reanudar, toda vez que el lector abra las páginas de un libro. La lengua toscana está implícita y explícitamente en su obra hasta el punto de coronar con ella la
Primera parte de el Quijote, cerrada con los conocidos versos de Ariosto: «Forse altro canterà con miglior plectro». Versos del Orlando Furioso que luego se traducen al castellano al principio de la
Segunda parte, como quien reanuda no sólo el caminar de don Quijote sino el del propio discurso.
Es posible que Cervantes no hablara a la perfección la lengua italiana. Nunca presumió de ello, pero sí de conocerla, admirarla y amarla hasta el punto de llevarla en la uña y dar noticia de ella y de su literatura al recrearla en sus obras. Posiblemente le ocurriera, en parte, como a su héroe, que la leía y hablaba lo suficiente como para poder entenderse en ella y con ella, pero sobre todo para disfrutar con la lectura de sus autores en la lengua original. Desde esa proyección del autor sobre el personaje, se entiende mejor la famosa teoría sobre la traducción que don Quijote sostiene ante un traductor de buen talle y alguna gravedad que andaba traduciendo un libro toscano, titulado Le bagatele, en lengua castellana. Estando ambos en la imprenta barcelonesa, el hidalgo le dijo: «Yo sé algún tanto del toscano y me prescio de cantar algunas estancias del Ariosto». De repente, un don Quijote filólogo, y con no pocos puntos de ironía, asoma en ese episodio, comentando la traducción de voces como piñata, piache, più, su y giù, para afirmar además «que el traducir de una lengua en otra, como no sea de las reinas de las lenguas, griega y latina, es como quien mira los tapices flamencos por el revés, que aunque se veen las figuras, son llenas de hilos que las escurecen y no se veen con la lisura y tez de la haz; y el traducir de lenguas fáciles ni arguye ingenio ni elocución, como no le arguye el que traslada ni el que copia un papel de otro papel». Sin entrar en el menudo de una afirmación y una imagen que ya había expresado Zapata de Chaves, lo cierto es que don Quijote parece estar a la altura de aquellos españoles que, incluso no habiendo recorrido mundo, habían visitado las páginas de los libros, deleitándose con la lectura de los escritos italianos que llegaban a la península en su lengua original. El aserto, por venir de quien viene, suena además a original, como salido de su propio acumen, y contiene una evidente afirmación sobre la vecindad de dos lenguas que no necesitaban traslado para ser entendidas y admiradas, aunque algunos las tradujeran con evidente acierto. No en vano el
Ingenioso Hidalgo era lo que fue gracias a lecturas como el Orlando, de Ariosto o Il Morgante Maggiore, de Pulci, que descansara ogaño en los anaqueles de su biblioteca. Por otro lado, en las páginas del Quijote, bullen traducciones del toscano como la octava que recita Lotario en el capítulo XXXIII de la
Primera parte, sacada del napolitano Luis Tansillo: «Crece el dolor y crece la vergüenza», donde Cervantes trasladó el «Crebbe il dolore, e crebbe la vergogna...», siendo lo más fiel posible al sentido literal.
También el mundo de las Novelas ejemplares se recreó en el mapa italiano. Baste recordar Bolonia en La señora Cornelia o Trapani en El amante liberal, siendo La fuerza de la sangre la que reclama el nombre de Nápoles en su topografía novelesca, sin olvidar la impronta italiana que a otros niveles ofrece su poesía y su teatro. Pensemos en El laberinto de amor, en La casa de los celos y en los entremeses. Aunque también cabría recordar, desde la otra ladera, la huella que Cervantes dejara en las tragedias de Vittorio Alfieri.
Los relieves de la cultura italiana en la obra cervantina son agudísimos y tampoco son de desestimar los que
esta dejó en Italia con el correr de los siglos. No es por ello extraño que esa nación se adelantara hace ya tiempo a los eventos del cuarto centenario de la publicación de la
Primera parte del
Quijote con las «Giornate cervantine» de Padua y el proyecto de varias universidades italianas sobre Cervantes y los géneros literarios, celebrando, ya en 2003 y 2004, congresos sobre el teatro de Cervantes o sobre
el Persiles en la Universidad de Florencia y en la de Venecia, donde se fundó la ACEVE (Asociación de Cervantistas de Venecia). Pruebas,
estas, con otras muchas que se podrían recordar (como la celebración en Nápoles del II Congreso Internacional de la Asociación de Cervantistas, que fundara José María Casasayas, o el X Coloquio de esa misma asociación, celebrado en la romana Academia de España en 2001 sobre el tema «Cervantes e Italia»), de que el campo de la literatura, como el del arte y el de las lenguas, no tiene fronteras. Signos, en fin, de una continuidad que se fundamenta en una larga y rica tradición de estudios filológicos hispánicos en Italia que nada tiene que ver con los frutos efímeros de los centenarios.
Estos, como decía Augusto Monterroso, no dejan de ser, en muchos casos, sino una prueba más de la general devoción por los números redondos.
Las traducciones de la Primera y la Segunda parte del
Quijote, en 1622 y 1625, por Franciosini permitieron su difusión por tierras de Italia con el reclamo de que era obra «di grandissimo trattenimento» y estaba plagada de aventuras caballerescas. En el
XVIII, las prensas venecianas lo reimprimieron cuatro veces y Giovanni Meli lo recreó en su obra Don Chisciotti e Sanciu Panza y, como recuerda Aldo Ruffinato, el propio Meli escribió también un poema lírico titulado Don Chisciotti, «sempre in siciliano». Las recreaciones de Manzoni y otros autores decimonónicos ampliarían un panorama no demasiado abundante que, sin embargo, se ensanchó en el siglo
XX con el nacimiento del mencionado hispanismo en general y del cervantismo en particular, que, como decimos, dedicaría numerosos trabajos y ediciones críticas, amén de traducciones fundamentales de la obra del escritor alcalaíno. Asunto aparte sería el de la huella del
Quijote en la literatura italiana, así como en el arte y en el cine.
La continua relación entre los hispanistas italianos y los investigadores españoles, junto a la presencia del Instituto Cervantes en varias ciudades de Italia y, sobre todo, el flujo de estudiantes universitarios acogidos al programa Erasmus de una y otra nación en la última década, suponen, en el momento presente, un hilo de continuidad y una esperanza de futuro.
Esta debería completarse con un mejor y mayor conocimiento de la literatura que hoy se escribe en Italia, por parte de los lectores de España e Iberoamérica, así como con una mayor presencia en nuestras universidades y centros de enseñanza de la cultura italiana.
Esa que permitió, desde la evocación de una nueva estética, renovar la poesía española de la segunda mitad del
XX con la «Oda a Venecia ante el mar de los teatros» de Pere Gimferrer, y anudar tantos lazos entre los dos países como hiciera Rafael Alberti en sus años romanos. Por lo que atañe al campo editorial,
este parece cada vez más atento a esa tarea de difusión, como muestra la presencia en España de la obra de Umberto Eco, que recreara las letras hispanas del Siglo de Oro en La isla de antes, o de Antonio Tabucchi, siempre al cabo de la cultura española; sin olvidar las recientes traducciones al castellano y al catalán de la narrativa del napolitano Erri de Luca, por poner un ejemplo reciente.
En la época del Emperador y en la de Felipe II, Italia y España formaban parte de un mismo mapa cultural que poco después se iría diluyendo, aunque tardaría muchos años en desvanecerse. Pensemos en la impronta de la escenografía italiana y de la música en el Barroco español, así como en la importancia que tuviera en el siglo siguiente, para la primera Poética neoclásica española, la estancia en tierras napolitanas y sicilianas de su autor, Ignacio de Luzán.
La presencia de Italia en general y particularmente de Nápoles en la obra de Cervantes, exigiría una mayor detención que la presente, pero no cabe olvidar que éste permaneció siempre fiel a ellas, por encima de las frustraciones que su recuerdo le acarreara, hasta las últimas páginas que escribió. Lo prueba el hecho de que, al final del Persiles, el príncipe Maximino vaya a la «gran ciudad de Parténope» y luego a «un lugar llamado Terrachina, último de los de Nápoles, y primero de los de Roma», donde
este queda enfermo de mutaciones, «a punto de muerte». A Nápoles fue también donde la rica y enamorada Hipólita la Ferraresa trató de llevarse a Periandro y a Auristela, seduciéndolos con el gasto de cien mil y más ducados que su hacienda valía. Pero los protagonistas del Persiles desdeñaron tan halagüeña oferta, prosiguiendo en su peregrinación por la ciudad santa, hasta alcanzar la unión matrimonial que los llevará a la felicidad completa. Tan perfectos amadores perdieron, sin embargo, la oportunidad de visitar Nápoles, como hiciera años antes el Licenciado Vidriera.
Este, buen conocedor de los vinos italianos y de la vida de las osterie («Aconcha patrón; pasa acá manigoldo, venga la macarela, li palastri e li macarrón»), tras su paso por Génova, Luca y Roma y antes de alcanzar Sicilia, «el granero de Italia», llegará por mar a Nápoles, «ciudad, a su parecer y al de todos cuantos la han visto, la mejor de Europa y aún de todo el mundo».
Más allá de sus personajes, Nápoles se apareció a Cervantes al despertar de su mencionado sueño parnasiano, demostrando que, en el almacén de su memoria y en los rincones de su fantasía, permanecía tal como cuando la viera en su juventud:
Y díjeme a mí mismo: «No me engaño;
esta ciudad es Nápoles la ilustre,
que yo pisé sus rúas más de un año;
de Italia gloria, y aun del mundo lustre,
pues de cuantas ciudades él encierra,
ninguna puede haber que así la ilustre.
A Cervantes, como a Garcilaso, no le hacía falta volver a su querida Parténope para sentirla viva.
1 Aurora Egido es presidenta de
honor de la Asociación Internacional de Hispanistas.
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