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Cervantes, cuando escribió el Viaje al Parnaso, tenía en los ojos el deseo y las esperanzas dirigidas a Nápoles. Había llegado a esta ciudad en junio de 1610, cuando era virrey don Pedro Fernández de Castro, conde de Lemos, junto a los Argensola y con una entera colonia de literatos españoles2. Aquí fundó entonces el marqués de Villa, Giambattista Manso, la Academia de los «Oziosi», que reunía literatos de ambas naciones y promovía los intercambios entre las dos literaturas3; realizando un proyecto que se había intentado a finales del siglo anterior cuando el marqués de San Lucido, Ferrante Carafa, que en 1583 bajo el gobierno del duque de Osuna (primero con este nombre entre los virreyes de Nápoles) había propuesto la institución de una Academia de los «Sereni Ardenti di Cristo e di María, dell’Austria e dei Gironi» para «unir —decía— estas dos famosísimas Hesperias, tan similares en todas sus acciones, gracias a las letras, como la primera vez se unieron gracias a las armas». Para comprender el curioso título de la academia, diseñada por San Lucido, es necesario saber que los Sereni y los Ardenti habían sido las últimas academias humanistas, disueltas por el virrey Pedro de Toledo por sospechar de que se celebraban en ellas conciliábulos heréticos y anti-españoles, de manera que cuando se pensó de nuevo en volver a crear en Nápoles esas sociedades se quiso corregir, española y católicamente, los viejos nombres, más o menos como al mismo tiempo se elaboraban los Petrarca espirituales y los Boccaccio morales. Además, los virreyes españoles del
Cinquecento habían sido poco literatos y muy militares, el mismo marqués de San Lucido cuenta que habiendo ido con algunos gentilhombres a ver a uno de los predecesores (que no nombra) de Osuna para pedirle licencia para fundar una academia, aquél, que escuchaba gravemente la petición le preguntó: «Bien. ¿Qué es
academia?». De modo que aquellos buenos literatos se quedaron de piedra4. Pero más tarde las cosas cambiaron, llegaron a Nápoles literatos españoles: se encontraba allí Guillén de Castro, anterior a Lemos, a quien el conde de Benavente había nombrado gobernador de Scigliano, en Calabria5. Después de Lemos, en época del segundo duque de Osuna, estuvo largo tiempo en la ciudad Francisco de Quevedo6. En época de Lemos se imprimieron en Nápoles numerosos libros españoles. García de Barrionuevo publicó en 1616 un Panegírico de Lemos en latín en un gran volumen y acompañado de los planos y de las vistas de los edificios que había mandado construir en Nápoles este virrey; Pedro Cerón, un Tratado de la música théorica y práctica; y el Padre Damián Álvarez, una traducción de las Lágrimas de San Pedro, de Tansillo, ambos en 1613. Ese mismo año para el editor Roncagliolo, el madrileño sargento mayor Diego Rossell y Fuenllana realiza la Primera parte de varias aplicaciones y transformaciones, las quales tractan términos cortesanos, práctica militar y cosas de Estado, en prosa y verso, con nuevos hieroglíficos y algunos puntos morales7. En el volumen se leía un soneto de Cervantes dedicado al autor.
Por otra parte, no parece que en aquel año de 1610 Cervantes fuese muy conocido en Italia más allá de los círculos españoles. La primera parte de la traducción de Don Quijote, de Lorenzo Franciosini, salió en 1622 y la segunda, en 1625; la de las Novelas se debe al francés Guglielmo Alessandro de Novilieri Clavelli y salió en 1626 y del mismo año es la traducción de Los trabajos de Persiles y Segismunda, de Francesco Ellio. Siguió un año después una nueva versión de las novelas de Donato Fontana (Milán, 1627). La primera mención italiana del Don Quijote, que yo conozca, es la de Tazón en la Secchia rapita (escrita en 1615 y publicada en 1622), donde el burlón conde de Culagna, al enumerar a sus propios antepasados dice:
Quel Don Chisotto in armi si sovrano,
Principe degli erranti e degli eroi,
Generò di straniera inclita madre
Don Flegetonte il bel, che fu mio padre.
(IX, 72)
Y en los aparatos del duelo con Titta, entre quienes acompañan al conde de Culagna llevándoles las diferentes partes de la armadura, está quien lleva:
Il brando fino,
Il brando famossisimoe perfetto
Di Don Chissotto...
(XI, 33)
Una mención explícita del efecto satírico de don Quijote se encuentra por primera vez, según mis noticias, en los diálogos de Il forestiero, del literato napolitano Giulio Cesare Capaccio, en la que hablando de la importancia de la historia de los señores que «se la fanno coi libri di caballería» se observa «E’ gran mancamento questo che non solo non leggono l’istoria maestra della vita, ma l’aborriscono. Non so che possa sapere un che non sa le cose universali occorse nel mondo in tanti eventi che solo ponno istruirci di ciò che desideriamo. Basta che perdano il tempo con le baie del Cavaliero della Croce. Si benedetto D. Chisciotte della Magna che si burla così gentilmente di chi fu autore di quelle scritture!»8.
Volviendo al Viaje del Parnaso, también en esta obra brama el deseo que, como hemos dicho, sentía Cervantes por llegar a Nápoles para vivir junto al conde de Lemos. Cuando, a bordo de la nave de Mercurio, pasa por delante de la bella Parténope ya se ha oído con qué tono habla de ella. Mercurio lo invita a bajar a tierra para llevar una embajada a los hermanos Argensola, y el poeta prorrumpe en suspiros contra estos dos amigos que lo han olvidado. Durante la batalla, Apolo utiliza como armas unas composiciones de los
Argensola. Cuando obtienen la victoria, en el reparto de premios, de las nueve coronas, tres «de las más bellas» se envían a Parténope.
Pero esta aspiración, que fue la última de su vida, la expresa más claramente al final del poema. El poeta imagina que cae, por obra de Morfeo, en un profundo sueño. Cuando se despierta y mira a su alrededor, «parecióme» dice:
Verme en medio de una ciudad famosa.
Vence el estupor, mira y mira de nuevo:
Y díjeme a mí mismo: «No me engaño:
Esta ciudad es Nápoles la ilustre,
Que yo pisé sus rúas más de un año».
Su estancia efectiva transcurrió entre 1572 y 1575. Se sabe que Cervantes llegó a Nápoles el 26 de octubre de 15729, y permaneció durante un año y se movió de aquí para seguir a don Juan de Austria en la expedición contra Túnez10. De Palermo pasó a Cerdeña con la compañía de López de Figueroa; pero durante febrero y marzo de 1574 estaba nuevamente en Nápoles11. Tras una excursión a Génova para pacificar los motines de esa república, regresó a Nápoles el 24 de agosto con Figueroa y volvió a marcharse en socorro de la Goletta, retornando de nuevo en octubre. Aquí, salvo un viaje a Palermo en noviembre12, permaneció hasta el 20 de septiembre de 1575, cuando embarcado hacia España cayó junto a su hermano Rodrigo en manos de los corsarios.
Siguiendo algunos documentos editados por Conforti13, Cervantes ya habría estado en Nápoles en 1571 con un empleo en el Regio Consiglio Collaterale. Pero dudando de ellos he ido al Archivo del Estado de Nápoles y allí he encontrado que tres de ellos se refieren a un tal Michele Cerdant, que era macero del Collaterale con un sueldo de tres ducados al mes, y el cuarto a un tal Rodrigo de Cervantes que recibía cuatro ducados al mes por orden del duque de Alba y que parece que no es el homónimo hermano del poeta14. Añado que he revisado diligentemente los volúmenes de las Cedole di tesoreria del Archivo de Nápoles de 1571 a 1575, sin encontrar en las largas series de nombres de soldados españoles el del glorioso Miguel de Cervantes.
La estancia en Italia había dejado numerosos recuerdos en la memoria de Cervantes. Pero limitándome a lo que se refiere a Nápoles recordaré que en La Galatea aparece (I, II) el nombre de «Nisida», nativa de Nápoles, sugerido por la pequeña isla cercana a Posillipo sumamente celebrada y personificada por los poetas napolitanos del
Quattrocento y del Cinquecento; y en los libros V y VI, el del viejo sabio Telesio, por lo que parece sugerido por la fama del filósofo de Cosenza Bernardino Telesio. En el Quijote, en el cuento del cabrero (I, 51), Nápoles viene llamada «la más rica y más viciosa ciudad que había en todo el universo mundo»15. También (II, 17) se encuentran noticias de la leyenda del pez Niccolò que el poeta había podido encontrar en los libros de Mejía, pero que con mayor probabilidad había podido oír en Messina, de donde es originaria, o en Nápoles donde hay una representación en el bajorrelieve de Orión16. Recordemos también que las cuatro damas enjabonan la cara del héroe «con una redonda pella de jabón napolitano» (II, 32), ese jabón de afeitar es de una antigua industria aún hoy floreciente en la ciudad de Nápoles17. En Persiles y Segismunda encontramos, entre otros, el personaje de Pirro, un calabrés, truhán, bravucón y rufián, «hombre acuchillador, impaciente, facineroso cuya hacienda livraba en los filos de su espada, en la agilidad de sus manos y en los engaños a Hipólita...» (IV, 7, 13). Pero los recuerdos de la vida del poeta, pobre soldado en Italia, se encuentran sobre todo en sus dos novelas, La fuerza de la sangre y El licenciado Vidriera. En la primera se dice de Rodolfo, que va a Italia: «Sonábale bien aquel: Ecco li buoni pollastri, piccioni, presutti e salsicce, con otros nombres de este jaez, de quien los soldados se acuerdan cuando de aquellas partes vienen a éstas y pasan por la estrecheza e incomodidades de las ventas y mesones de España». En la segunda son otros los recuerdos de las ventas italianas18 y de las bellezas de las principales ciudades de Italia. Nápoles viene citada como «ciudad de su parecer y a todos cuantos la han visto, la mejor de Europa, y aun de todo el mundo». Concuerdan con estos elogios sus dos enfáticos tercetos continuación, en El viaje del Parnaso, de los que hemos citado antes.
De Italia gloria y aun del mundo lustre,
Pues de cuantas ciudades él encierra,
Ninguna puede haber que así le ilustre;
Apacible en la paz, dura en la guerra,
Madre de la abundancia y la nobleza
De elíseos campos y agradable sierra.
Pero el poeta ahora no reconoce la Nápoles de antes, ¿qué es lo que ha sucedido?
Si vaguidos no tengo de cabeza,
Paréceme que está mudada en parte
De sitio, aunque en aumento de belleza
Qué teatro es aquel donde reparte
Con él cuanto contiene la hermosura
La gala, la grandeza, industria y arte?
Sin duda el sueño de mis palpebras dura,
Porque este es edificio imaginado
Que excede á toda humana compostura.
Por casualidad se encuentra con un amigo, Promontorio, «mancebo en días, pero gran soldado». El apellido Promontorio existe en Italia meridional, pero de este joven soldado no he podido encontrar ningún recuerdo a pesar de haber hecho numerosas pesquisas. Por otra parte, sus relaciones con Cervantes constituyen un pequeño enigma, como se ve en este terceto:
Llamóme padre, y yo llaméle hijo;
Quedó con esto la verdad en punto
Que aquí puede llamarse punto fijo19.
El amigo se asombra de encontrarlo, ya viejo, tan lejos de su país.
En mis horas tan frescas y tempranas
Esta tierra habité, hijo (le dije),
Con fuerzas más briosas y lozanas.
Pero la voluntad que a todos rige,
digo, al querer del cielo, me ha traído
A parte que me alegra más que aflige.
Pero su conversación se interrumpe por el sonido de la música de la fiesta y Promontorio le explica de qué se trata. Esa fiesta es un gran torneo que se celebra en Nápoles para anunciar las alianzas matrimoniales entre las casas reales de España y Francia.
Cervantes conocía esta fiesta como él mismo indica en los versos siguientes, por un informe en prosa del español Juan de Oquina; y Cotarelo recientemente lo ha mencionado, citando un manuscrito de Miguel Diez de Aux20. Pero los cronistas e historiadores de Nápoles de la época lo nombran constantemente21. Y a pesar de que no me ha sido posible ver el trabajo de De Oquina, que Gallardo tampoco conoce, he encontrado un opúsculo italiano que describe con detalle el acontecimiento, el opúsculo se titula: Descrittione del sontuoso torneo fatto nella fidelissima città di Napoli l’anno MDCXII, con la relazione di molte altre feste per allegrezza delli regii accasamenti seguiti frale potentissime corone Spagna e Francia. In questa seconda impressione argumentata di molte cose e corretta di diversi errori. Recogida por Francesco Valentini, de Ancona, académico eccéntrico, dedicado a doña Caterina de Sandoval, condesa de Lemos, virreina del Reino de Nápoles 22. Y nos proporciona la posibilidad de notar dos pequeños errores (uno de ellos curiosísimo) de la descripción en verso de Cervantes.
El torneo se celebró el 13 de mayo de 1612. «Fu risolto che con ogni solennità possibile dovesse rappresentare una barriera di picca e stocco alla sbarra sopra graziosissima querela, ch’a suo luogo sarà registrata con li capitoli, della quale volse essere mantenitore il signor D. Gio. de Tassis conte di Villa Mediana, cavaliere spagnolo, il più generoso che immaginar si possa». El conde de Villamediana gastó en dicha ocasión como patrocinador más de veintidós mil ducados, cosa que debe añadirse a las demás noticias que tenemos sobre su vida fastuosa y galante.
Mi docto amigo Cotarelo en su libro sobre Villamediana ha hablado sobre los años que Giovanni de Tassis pasó en Italia y en Nápoles donde perteneció a la Accademia degli Oziosi. Entre los documentos de la academia se encuentra un soneto de Tassis dirigido a Giambattista Manso titulado: Scusa di passione ostinata, que deseo reproducir aquí ya que fue
impreso con numerosas variantes.
De enganniosas quimeras alimento
La pretensión de un fin de van deseo,
Que me obliga a seguir lo que no creo
Y me haze creer lo que mas siento.
No es capaz mi locura de escarmiento,
Antes en el estrado en que me veo,
Vencida la raçon del devaneo
Cobra mi destino nuevo aliento.
Cerrados ya los ojos del discurso,
Incapaz de la luz del desenganno,
Sólo la voluntad llevo por guía.
Y la desdicha misma que su curso,
Manso hizo en la costumbre de este danno
Por honra tiene ya lo que es porfía23.
Villamediana reunió a cuatro compañeros y juntos publicaron su cartel en español, con fecha de 4 de marzo, con las condiciones y los premios y lo firmaron como «Los cavalleros del Palacio encantado de Atlante de Carena».
El 17 de abril se iniciaron las obras de la máquina del teatro. Esta consistía en un «monte altissimo di palmi sessanta e largo nella pianta cinquanta, orrido e alpestre, nella cui sommità era il sontuoso palazzo d’Atlante incantatore, nell’istessa forma e nell’istessa fattura che l’Ariosto lo descrive nel suo Furioso, nel quale si vedevano selve e caverne d’immensa grandezza». Villamediana había encomendado la obra a Giulio Cesare Fontana, hijo del famoso Doménico, a quien había sucedido en el cargo de arquitecto real e ingeniero mayor del Reino de Nápoles, y que había dirigido las obras de los numerosos edificios que el duque de Lemos hizo alzar en la ciudad de Nápoles. Diez años más tarde, en 1622, Fontana fue llamado a España por el mismo Villamediana para construir en Aranjuez la máquina teatral para la Gloria de Niquea, obra del gentilhombre poeta entonces enamorado de aquella reina Isabel cuyo compromiso se había celebrado con el torneo de Nápoles24.
Cervantes nombra y elogia a los cuatro patrocinadores compañeros de Villamediana. El primero de ellos era el mismo virrey, el conde de Lemos. El segundo, el duque de Nocera:
El duque de Nocera, luz y guía
Del arte militar...
He consultado las dos primeras ediciones del Viaje y en ambas aparece así:
«el duque de Nocera». Ahora bien, aquí encontramos un curiosísimo cambio, que no sabría decir si dependía de Cervantes o de su fuente, De Oquina. El documento italiano de Valentini dice claramente que fue un «duca della Nocara: cavaliere di gentilissime maniere, il quale ha con la dispostezza del suo corpo anco congiunta la generosità dell’animo e del core, e la forza e la destrezza della mano, talmente che in ogni cavalleresca azione, e particolarmente nel torneare, ha merito squisito». Y para sacarnos de cualquier duda no solo se repite el nombre varias veces sino que en el mismo opúsculo se nombra diversas veces como persona muy distinguida, que tomó parte (y no como patrocinador) en el torneo al duque de Nocera. Ahora bien, el duque de la Nocara (en tierra de Calabria) era un tal Donato Antonio di Loffredo25, un joven alegre, un sportman,
que no se merecía el ser llamado nada menos que «luz y guía del arte militar». Este elogio podía referirse al duque de Nocera, Francesco Carafa, valeroso soldado, quien tras haber tenido el mando de la caballería napolitana en Lombardía y Flandes, haber sido capitán general del ejercito español en Guipúzcoa y Cataluña y virrey de Aragón, acabó mal: acusado y procesado por la caída de Valls y encarcelado murió en 164226. El error cometido por Cervantes, o por De Oquina, se explica, pues ¿quién conocía en España al duque de la Nocara? Pero era bien conocido el general duque de Nocera. El tercer compañero de Villamediana fue «de Santelmo, el fuerte castellano», era
este el español Antonio de Mendoza, del Consejo de Estado de su Majestad y castellano de la fortaleza de San Telmo27. El último participante viene así descrito:
Es otro Enea el Troyano
(Arrociolo que gana en ser valiente
al que fue verdadero) por la mano.
Pero Arrociolo es un patente error de transcripción o (más que probable) de imprenta por
Caracciolo, nombre de una antigua e ilustre familia patricia napolitana. Valentini nos informa que se trata de «don Troiano Caracciolo, cavaliere di agilissima vita, di meriti singolari e di molta stima, si per la nobiltà della su famiglia, come per il valore della su persona e per le regie maniere che regnano in lui». De ahí que la lectura del terceto, eliminando el paréntesis que nació con el cambio de la
C del manuscrito, debe rectificarse como sigue:
Es otro Enea el Troyano
Caracciolo, que gana en ser valiente
al que fue verdadero, por la mano.
Estas observaciones no serán inútiles para aquel que desee realizar una edición comentada del Viaje del Parnaso28.
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