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Al margen de dicha impresión, y aun teniendo en cuenta su equívoca circunstancia social, lo cierto es que Pizarnik declara su complacencia en un mundo íntimo y estable en el cual busca cobijo. Un mundo con su propia mitología y sus propias urgencias: «Hay que salvar al viento escribe Los pájaros queman el viento / en los cabellos de la mujer solitaria / que regresa de la naturaleza / y teje tormentos / Hay que salvar al viento». (Obras completas. Poesía y prosas, prólogo de Silvia Baron Supervielle, Buenos Aires, Ediciones Corregidor, 1990, p. 223). Al igual que otros detalles inefables, las zonas de placer y angustia que el libro delata forman parte de esa patria poética que Bernardo Ezequiel Koremblit resume del siguiente modo: «cosmogonías, infancia genesíaca de un astro virginal y luego adultez apocalíptica, erotismo tan delicado y sutil como paroxismal y en ascuas, la muerte» (Todas las que ella era. Ensayo sobre Alejandra Pizarnik, Buenos Aires, Ediciones Corregidor, 1991, p. 13). Como es imaginable, en una simpatizante del sueño freudiano y del juego surrealista no pueden faltar alusiones al prisma onírico: «Estallará la isla del recuerdo / La vida será un acto de candor / Prisión / para los días sin retorno / Mañana / los monstruos del buque destruirán la playa / sobre el vidrio del misterio / Mañana / la carta desconocida encontrará las manos del alma». (Obras completas. Poesía y prosas, op. cit., p. 223). Claro está: el sueño no tiene una realidad radical y, como emergencia de la memoria, se mueve mejor en la oscuridad. A buen seguro, Alejandra recuerda lo dicho por el Conde de Lautréamont: «Las alucinaciones peligrosas pueden originarse de día, pero se originan sobre todo de noche. Por lo tanto, no te extrañes de las fantásticas visiones que parecen percibir tus ojos» (Obra completa. Edición bilingüe, traducción de Manuel Álvarez Ortega, Madrid, Ediciones Akal, 1988, p. 109). Entreverada con estas pesadillas, la escritora sitúa la extrañeza que siempre le produce la vida. Una huida, o quizá un seguimiento, más bien un rastreo en clave poética. «¿Será posible que termine aquí esta extraviada persecución? escribe André Breton persecución en busca de qué, no lo sé, pero persecución, para utilizar de este modo los artificios de la seducción mental» (Nadja, traducción de José Ignacio Velázquez, Madrid, Cátedra, 2000, p. 189). |
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