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E.
Levinas ha delimitado los dos movimientos que concluyen en la desaparición
del «otro», es decir, los dos puntos de encuentro con la unidad: el conocimiento
-en el que el objeto es absorbido por el sujeto y la dualidad desaparece-
y el éxtasis -en el que el sujeto se absorbe en el objeto y se confunde
con su unidad1. En el texto pizarnikiano la muda
fisura de ese «yo» horadado por el «otro» mana un texto de alteridad que
desautoriza a cualquier «yo» que pretenda apropiárselo como sujeto del
discurso. Hay un conflicto irremediable entre la atracción del silencio
como última expresión de la muerte y la pulsión que ella misma expresa.
En la Condesa sangrienta, los cuerpos torturado son objetos
sexuales carentes de individualidad, anónimos. Entre Báthory y sus doncellas
vírgenes solo existe un espacio posible: el silencio. Dicho silencio se
alimenta de la impotencia para comunicarse. El lenguaje es un refugio
para la debilidad. Si la poesía de Pizarnik expresa el deseo de abandonar
las palabras por acciones, la condesa lo aplica. Para ella, el conflicto
entre lenguaje y silencio está resuelto, ya que se comunica a través de
una «sustancia silenciosa» formada de gritos, jadeos e imprecaciones.
Bachelard al referirse al grito lo hace como antítesis del lenguaje: «El
grito solo es un accidente, un tropiezo, un arcaísmo (...) está en la
garganta antes de estar en el oído. No imita nada»2.
La palabra no informa, evoca la escritura del cuerpo, una especie de desafío
de la palabra, una palabra que se asimila a la locura, a los ángeles o
a los fríos espejos. Las doncellas buscan en Báthory una respuesta y al
faltar esta, el deseo se deshumaniza. Frente a la perfección del lenguaje
hay un cuerpo del éxtasis, un cuerpo traslúcido y fuertemente sensual
que ya no tiene sexo. Tal escritura es producida con una reticencia extrema,
entregada al borrado de sus signos. Se quiere a sí misma paradójica, trazada
por una mano que no escribe sino reteniendo su paso.
Desde la perspectiva
psicoanalítica también en el silencio se anudan el amor místico, la sexualidad
y la muerte. Guy Rosolato sostiene que el núcleo del amor místico es la
imbricación de la sexualidad
y de la muerte. Y ello porque tomar en consideración
el más lejano alcance del deseo -hecho cuya representación más radical
y cuyo apogeo se encuentran aquí- desplaza a todos los objetos en favor
de aquel que está dotado de todas las perfecciones, que es pensado y al
tiempo inefable, o que, simplemente, se transforma en un vacío, en un
absoluto desconocido. Erzébet Báthory se debate con la inanidad del mundo
externo, con su propia locura y con su compulsión erótica y tanática.
Pizarnik arma su escritura y la goza como un «éxtasis maldito» o como
una crisis erótica donde la letra se hace silencio (les cosían la boca)
o aullido (escapaban de sus labios palabras procaces... imprecaciones
soeces y gritos de loba). ¿Acaso coser (que siempre es remendar, fabricar,
reparar) equivale a mutilar, amputar, cortar, crear un lugar vacío? Probablemente
si, porque donde está eso hay que quitar eso; donde no está eso, para
castigar el placer que está triunfalmente unido a esta carencia, sólo
queda castigar este vacío, negar este vacío no llenándolo, sino cerrándolo,
cosiéndolo. La traducción del dolor en poder es la oposición entre cuerpo
y voz.
El mutismo puede
ser un procedimiento de anulación eficaz y sobre todo, deja huellas. La
distancia entre torturador y torturado es exagerada y las formas de poder
se incrementan por su control no solo sobre el cuerpo sino también sobre
la voz de la víctima. La condena no solo tiene o ejerce control sobre
su propia voz, sino que también controla el tormento de sus víctimas.
La costura hace retroceder el cuerpo a los límites del no sexo. Coser
es rehacer un mundo sin costuras, remitir el cuerpo divinamente fragmentado
-cuya fragmentación es fuente de todo el placer pizarnikiano- a la abyección
del cuerpo liso, del cuerpo total. Las letras conforman el tapiz
(tapizadas con cuchillos) del texto: la violencia comunica que el lenguaje,
encerrado en el sistema, «enjaulado» en la norma, debe volverse agresión
para decir. Ese tapiz se teje, precisamente, con las jóvenes costureras,
sacrificadas en cada búsqueda: la escritura.
NOTAS:
1.
Levinas, Emmanuel (1989) Le temps et l'autre, versión en castellano
El tiempo y el otro, Barcelona, Paidós, 1993. p. 19.

2.
Bachelard, Gaston (1985) Lautréamont, México, Fondo de Cultura
Económica, p. 16.

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