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[...] una poeta en la que culminó una tradición y con
la César Aira Pizarnik coqueteó amargamente con la vida hasta el final de sus días y fue seducida por la muerte: se suicidó con una sobredosis de somníferos en noviembre de 1972. Alejandra estudia Filosofía y Letras y más tarde pintura con Juan Batlle Planas. Su primer libro, La tierra más ajena (1955), ya indica un sentimiento de desánimo y soledad que la acompañará en toda su producción literaria, así como la influencia que sobre ella ejerce Rimbaud. Oscila entre un excesivo romanticismo y la influencia de los escritores surrealistas que impregnaba la atmósfera poética en Argentina. Por otra parte, aunque se trata de una producción juvenil, en poemas como «Ajedrez» comienza a despuntar su interés por la palabra: convertirse en «masa lingüística» persistirá como un verso-bisagra en su posterior creación. Mayor cohesión en su expresión poética logra en La última inocencia publicado un año más tarde: el fanatismo por la noche como vida y la luz como negación de la misma, la salvación a través de la palabra y la dialéctica de opuestos nos propone una lectura más valiosa y nos contagia de su espacio poético.
En 1965 regresa a Buenos Aires y aparece Los trabajos y las noches, conjunto de poemas escritos en su mayoría en París. Aunque recorre en ellos campos semánticos luminosos, la desesperanza, la soledad del exilio y la intensidad desgarradora no desaparecen, promoviendo ya los delirios y obsesiones de una etapa de manifiesto abatimiento y que culmina con la enajenación de sus últimos años: «Los que llegan no me encuentran, / los que espero no existen». En libros como Extracción de la piedra de locura (1968) y El infierno musical (1971) se acentúa una intensa depresión. En este último ya hay imágenes de principio de locura y la idea inmanente del suicidio. Cuando aparece La condesa sangrienta (1971), su obra más importante en prosa, se pone de manifiesto la fascinación que experimenta por el sadismo y la obscenidad, lo perverso. Basado en Erzébet Bathory: La comtesse Sanglante, de la escritora francesa Valentine Penrose, relata la tortura y asesinato de 650 muchachas a manos de Bathory, personaje histórico húngaro del siglo XVI. Pizarnik logra, con absoluta maestría, describir la poética realidad el sufrimiento y el sentimiento demoníaco de este extravagante personaje. Obsesionada por el lenguaje, Alejandra Pizarnik logra una poesía sin estridencias en textos breves en su mayoría. Aunque lee y escribe en el surco del surrealismo, se apropia de él y lo reinventa en un discurso poético en el que el mundo aparece manoseado y desgajado en constantes alusiones autobiográficas y en un clima hermético y claustrofóbico. Escudriña en las palabras y elabora los términos como un orfebre, aunque al final de su vida la coherencia de su obra se convierte en una anarquía sintáctica. Su poética se nutre de Maurice Blanchot y de Gastón Bachelard. Éste le indica el camino del ensueño y el entusiasmo por las correspondencias y sus opuestos, de ahí sus constantes y extraordinarios oxímorons y sinestesias, claves del universo poético de Pizarnik que marcarán su estilística: «Por eso cada palabra dice lo que dice y además más y otra cosa», dirá. Blanchot la conduce especialmente a explorar a Mallarmé, del que Pizarnik utiliza muchas de sus metáforas. La infancia, el lenguaje, el silencio, o la naturaleza sombría, se convierten en los temas destacados de Pizarnik. A través de referentes externos, y en un constante juego de oposiciones, la poeta se apodera de ellos: «Aun si digo sol y luna y estrella me refiero a cosas que me suceden». Pero es la muerte, como pesadilla constante, la que aparece como un acto subversivo ―trasciende a su suicidio real― que invade una poesía inserta en un clima alucinado y sombrío que desarrolla especialmente en Extracción de la piedra de la locura. Los poemas de Alejandra Pizarnik nos proponen el testimonio de un mundo desenfrenado y fatal de «niña extraviada» identificada con el desamparo, donde la sumisión entre los poemas y el silencio son inherentes a la vida frente a la muerte que restringe el lenguaje y la ambigüedad de la alucinación y la pesadilla se confabulan para concedernos los estados del alma de una poesía definitivamente única y pura que ha trascendido a otras generaciones como un gran mito. BibliografíaAira, César. Alejandra Pizarnik, Rosario: Beatriz Viterbo, 1998. Carrera, Arturo. Nacen los otros, Rosario: Beatriz Viterbo, 1993. Haydee, Susana H. «Alejandra Pizarnik: evolución de un lenguaje poético» http://sololiteratura.com/pizarticulos.htm. Lasarte, Francisco. «Más allá del surrealismo. La poesía de Alejandra Pizarnik» en Revista Iberoamericana 125 (1983), pp. 877-887. Monzón, Isabel. Acercamiento al mito de la Condesa Sangrienta, Buenos Aires: Feminaria, 1994. Sola, Graciela de. Proyecciones del surrealismo en la literatura argentina, Buenos Aires: Culturales Argentinas, 1967. |
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