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Lo primero que llama la atención cuando se leen los diarios de la poeta y narradora argentina Alejandra Pizarnik, es el número de veces que menciona la palabra angustia: «he descubierto que cuando no estoy angustiada, no soy». También habla de su vieja carencia, sus miedos, su tristeza primitiva: una «herida inmemorial. anterior a la palabra». Se llama a sí misma la abandonada, la huérfana, la inadaptada. ¿Por qué tanto pesimismo y tristeza? La respuesta la da la misma Alejandra: su profundo desgarro frente a la elección de aceptar o rechazar al mundo.
Desde temprano, escribir para ella fue un oficio sublime aunque agonizante. Son varias las veces en las que se retrata llorando sobre una hoja vacía, llenándola de signos, desflorando dramáticamente el papel. Pero a veces no todo fluía: «Siento un libro dentro de mí. Un libro que me atraganta. Un libro que me obstruye la respiración». En otras ocasiones se tortura sintiéndose asesina de la poesía porque, según ella, no ha logrado escribir una poesía verdadera, donde la infancia, el sexo, el corazón, los miedos, la sed y las ideas trabajen al mismo tiempo, nombrando un dolor y arrastrándolo a un proceso de alquimia, y se llama a sí misma mercachifle vana y superflua, meretriz del arte, intrusa. No obstante, su diario le sirve no sólo para arremeter contra sí misma y poner en duda su talento; estos cuadernos son también el lugar de experimentación donde «aprende» a escribir, a adquirir una técnica sólida, «un estilo que no se dio nunca, porque será mío». Son innumerables los ejercicios literarios a lo largo de su diario donde ya se reconoce el estilo único que llegará a consolidar: «La muchacha incendia la noche mientras una luciérnaga se suicida con una espada de papel». Otra de sus obsesiones era la necesidad de escribir una novela nacida de la más sincera imaginación. En algún momento comenta lo genial y prodigioso que es Marcel Proust y, aunque sabe que se trata de un escritor profundo, de alma «rara y exquisita», subraya que le hubiera gustado más que el mundo que él describe en En busca del tiempo perdido, hubiera sido uno a partir de la imaginación y no de lo documental. Alejandra era exigente con la obra que quería crear: una inédita, de imágenes frescas. Se quejaba de que había llegado tarde al «banquete de la cultura universal», que ya todo estaba escrito, que había demasiados libros sobre cada tema. De allí su vehemente búsqueda de la originalidad. Pero para trascender el lenguaje ella sabía que tenía que adueñarse de éste. Esa búsqueda fue otra causa de su infierno personal. Se impuso una disciplina de estudio y lectura con el fin de encontrar las palabras que le permitieran exprimir su sensibilidad, imaginación e intelecto, todo al unísono. Pero no siempre estudiaba con la disciplina que ella se exigía, razón por la que sufría intensos remordimientos, se sentía traidora, traidora a su compromiso artístico, traidora a su obra. Más adelante revelará la razón primordial de esa búsqueda angustiosa: «¡He de tapar el fracaso de mi vida con la belleza de mi obra!». Como una cadena, el anterior dilema la lleva a otro: aunque ávida de amar, intuye que el amor le quita tiempo a su devoción literaria, a las horas dedicadas al estudio y a la creación. Sin embargo ciertos temores la acechan frente a su forzada elección: «No quiero amantes (pues desordenarían las horas de estudio). ¡Al diablo! Tendrían que crearse burdeles especiales para mujeres artistas! Pero no los hay. ¡y es tan trágica la visión de una mujer madura sorbiéndose el cuerpo en la aridez de la noche! Y eso es lo que me espera. Esa imagen destruye todas las embriagueces sagradas». Es dramático, asegura en otra entrada, el tener que elegir entre la realización personal y el amor, y enumera una lista de mujeres que optaron por caminos solitarios para realizarse como escritoras: las hermanas Brontë, Gabriela Mistral, Clara Silva, Mary Webb, Edna Millay, Alfonsina Storni, Safo, Rosa Luxemburgo, Concha Espina. «Es irremediable», se lamenta. Este dilema recuerda a la soledad sin pareja que eligió Kafka frente a la literatura, único amor posible en su vida. Al igual que el escritor checo, Alejandra a lo único que le fue fiel a lo largo de su vida fue a la poesía. No es casualidad que los Diarios de Kafka fuera su libro de cabecera, al que tenía repleto de anotaciones y subrayado copiosamente.
* Este
artículo se basa en sus años de juventud, anteriores a su estancia en
París (1960-1964). Esta primera etapa sirve para palpar a una muchacha
de inteligencia y susceptibilidad extraordinarias (tiene entre 18 y 24
años) e identificar temas recurrentes en su obra posterior y presagios
vitales. La etapa parisina merece un artículo aparte pues allí vive años
trascendentales y fecundos. No obstante, su descenso anímico se acentúa
después de ese viaje. |
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