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El infierno musical, 1971: «Cold in hand blues» Alejandra Pizarnik encontró su escondite en el lenguaje. Cuando en 1955 publicaba La tierra más ajena con los versos de Rimbaud: «¡Ah! El infinito egoísmo de la adolescencia, el optimismo estudioso: ¡Cuán lleno de flores estaba el mundo ese verano! Los aires y las formas muriendo...» precediendo los poemas, estos parecían anunciar una decidida ocultación de la personalidad, a través del lenguaje. A medida que pasa el tiempo y los «aires y las formas muriendo...», esta decisión se hará más compleja y tortuosa. Poco antes de morir escribía: «¿Tendré tiempo para hacerme una máscara cuando emerja de la sombra?».
Si elige vivir en la palabra, y después esconderse en el lenguaje, es porque se sabe diferente y necesita conseguir que el lenguaje, mediante los tonos y matices que salen de sus múltiples voces, enfoque sus obsesiones temáticas y libere los espacios constreñidos por el dolor y la pasión. Así consigue que las palabras funcionen como estrategias para imaginar que se está viviendo en libertad y para desarrollar ese sentimiento de poder que da en exclusiva el acto de creación literaria. Así se van restableciendo los espacios de las sombras y así se crean poderosos emblemas y símbolos («voy por el bosque en busca del jardín», «el jardín es verde en el cerebro»). Así van creándose ricas y bellas imágenes, así van apoderándose de sus múltiples voces, ocupando sus variadas máscaras y constituyendo el imaginario poético que hoy, pasados los años, vemos más lleno de vitalidad que de sombras, más de lucidez y expresividad que de oscuros presagios de muerte. * Universidad de Alcalá de Henares. |
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