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Ahora te sé, por cuanto te recuerdo.
Pilar Paz Pasamar celebró sus bodas de oro con la poesía, en
un año, el 2001, que le trajo la satisfacción de ver editada su Ópera lecta,
una antología aparecida en la prestigiosa editorial Visor que venía a completar
la preparada por José Ramón Ripoll en 1986 con el título de La alacena. Desde los ojos de Pilar Paz Pasamar más de medio siglo de buena
poesía nos contempla: la que se inició con Mara (1951) y, pasando por Los
buenos días (1954), Ablativo amor (1955), Del abrumado mar
(1957), La soledad, contigo (1960), Violencia inmóvil (1967), La torre de Babel y otros asuntos (1982), Textos lapidarios (1990) y Philomena
(1995), culmina hoy por hoy en Sophía (2003): un largo caminar que, en
diez libros, ha recorrido todas las facetas del intimismo existencial
contemporáneo, desde el postsimbolismo hasta la poesía del conocimiento.
La poesía de Pilar Paz Pasamar empieza planteándose, entre
la adolescencia y la primera juventud, como una aventura que celebra el asombro
de descubrir el mundo y sobre todo constata el asombro de descubrirse a sí
misma. La voz protagonista de estos poemas da testimonio de sí cuando tiene
toda la vida y todas las ilusiones por delante y también, como todos los
jóvenes, un loco deseo en parte indefinido, en parte innombrable, que a menudo
hace aguas en medio de esas desesperadas tristezas adolescentes, de esas
soledades unas veces gratas y otras ingratas, de esos temores confusos pero
sustantivos que vienen de la incertidumbre, la falta de comprensión, las
súbitas languideces y el miedo al fracaso. Encuentro significativo que algunos
poemas, como es el caso del número 5 de la serie «Poemas de otoño», escojan la
imaginería, tan machadiana, de las galerías del alma:
[....]
No
sé si darme toda o plegarme en mí misma
con
la serenidad de la perdida estrella,
con
esa lentitud de las flores dormidas
que
sueñan en sí mismas porque de nadie esperan.
Y,
sin embargo, algo me dice que tú existes,
que
estás fuera de mí esperando mis manos,
que
sabes cada uno de mis lentos soñares
y
que de tus ensueños son mis sueños hermanos.
[...]
En este poema, que tanto evoca las aventuras simbolistas y
postsimbolistas de otros poetas a menudo muy jóvenes (no sólo los hermanos
Machado y Juan Ramón, sino también el joven Lorca, el joven Dámaso Alonso...),
se compendia de algún modo el repertorio temático de la primera poesía de
Pilar: el dilema entre lo interior y lo exterior, entre el afán de entregarse y
la tentación de replegarse, entre la confianza y el temor, y el diálogo con un
tú invisible que a veces es de identidad ambigua y otras veces es directamente
Dios. Muchas veces se ha hablado de la dimensión religiosa de la poesía de
Pilar Paz Pasamar, y a este respecto no está de más considerar dos cosas. Una,
que Dios es el interlocutor por excelencia de los poetas existenciales de los
años cuarenta y cincuenta, ya sean los poetas arraigados, hombres de fe como
Luis Felipe Vivanco o Leopoldo Panero, o los poetas desarraigados, en violenta
crisis de fe, como Dámaso Alonso o Blas de Otero. Y la segunda cosa que habría
que tener en cuenta es lo que ese Dios significa: un deseo, más allá de todo
dogma, de amor, de bondad, de verdad, de amparo y providencia, un afán de
sentirse re-ligado a un universo con sentido, especialmente en los momentos de
flaqueza y oscuridad, y una posibilidad de hablar con alguien cuando se está a
solas. El diálogo que entabla Pilar Paz con Dios no es el de la poesía piadosa
o doctrinal, sino el de la conciencia inquisitiva, con sus interrogantes, sus
dudas, su malestar, sus arranques de júbilo y también de hastío. Escojo como
muestra un poema serenamente dolorido de Mara, que impresionó a Juan Ramón Jiménez y que dice así:
[...]
¡Déjame
ya, Señor! ¡Hay tanta espiga!
¡Hay
tanta espiga enhiesta...!
No
recorras
este
arenal desierto de mi huida.
¡Déjame
ya!... ¡Se está tan bien a solas!
Pilar Paz Pasamar no ha dejado nunca de hablar con Dios,
pero a medida que ha crecido ha ido dialogando con otros interlocutores. En
principio, consigo misma, atreviéndose a nombrarse (la autorreferencialidad es
característica de la poesía realista), como en el poema «Hablándote de mí», que
termina revelando su condición de monólogo de un yo desdoblado:
[...]
Yo
te digo, te alzo el nombre mío
y
te digo Pilar a cada instante
para
ver si, por fin, mi nombre es eso
que
nunca podrá ser.
Y aunque prosigue la búsqueda por la galería interior, hay
un sentimiento de alienación claramente visible en un poema de la misma
colección, «Huésped de mi vida», que tiene ecos becquerianos, juanramonianos y
aun quevedescos:
Esta
vida, esta vida que es la mía,
sobre
la que yo pongo mi desvelo,
no
me responde a veces.
[...]
Oh
vida, vida mía, ¿no soy yo
la
que te está creando, o tú quien vives
ajena
a mí? [...]
Aunque el sentimiento de alienación no tiene sexo, habría
que considerar lo que la condición femenina tiene que ver con esta sensación de
vivir al margen de un mundo cada vez más ajeno y más grande. Si la poesía es
siempre palabra en el tiempo, el poeta lo es siempre en su circunstancia (de
sexo, clase, raza, geografía y cultura), y la poesía, aunque no se lo proponga,
siempre tiene algo de testimonio de lo que es su argumento, que no es otra cosa
que la experiencia vital. Eso no quita que en Los buenos días haya
poemas más volcados hacia la crítica, como es el caso de «Recomiendo silencio»,
«El juez» o «El reclinatorio», que suponen esporádicos acercamientos a una
poesía cívica.
Tras Los buenos días, que obtuvo un accésit del
Premio Adonais, vino Ablativo amor (1955), diecisiete sonetos que
obtuvieron el Premio Juventud: un cancionero de presencias y ausencias amorosas
hilvanadas por el deseo en el que se percibe un sostenido diálogo con los
místicos y con los barrocos y un canto encendido al Amor con mayúsculas, que a
veces es divino y a veces es humano. Viene a ser como un remanso
voluntaristamente jubiloso, al que siguió otro libro, Del abreviado mar
(1957), de nuevo más íntimamente conflictivo, aunque a veces esta índole quede
encubierta por el molde musical de la canción neopopularista. Cito ahora un
poema que se abre con unos versos de Góngora («A las arenas / del abreviado mar
llégueme un día») para introducir un tema que, con ligeras huellas de Lope y
Gerardo Diego, tiene que ver quizá con una premonitoria actitud de aceptación
de la soledad y aun del aislamiento:
Mar
abreviado, mar mío,
interno,
dulce y amargo,
donde
la nave del sueño
tuerce
la espuma del cántico.
[...]
El sujeto poético lucha por hacerse fuerte en la soledad
adversa («Aprende a estar tan sola que hasta tu sombra misma / apetezca librarse»),
y en este contexto aflora el tema de la poesía como razón de ser:
Siempre
llegas a tiempo para hacerme
agua
de amor el agua de los días,
más
segura que el alba y el sonido,
más
alegre que toda mi alegría, [...]
(«La inquietud», Del abreviado mar)
El tema de la poesía como reto y estímulo constante, pues
ella es, y sigue siendo para Pilar, «la nunca poseída». Y más al fondo, la
poesía es posibilidad de permanencia: «Mientras te tenga a ti tengo esperanza /
de ser siempre la misma» («La inquietud», Del abreviado mar).
¿Permanencia, por qué? Uno de los poemas facilita una respuesta concreta
porque, desde su mismo título («Elegía»), habla del tiempo (un tema capital de
la poesía contemporánea), de la despedida de la juventud dorada, y acaso de la
ilusión más libre:
Había
una muchacha que aprendía canciones
[...]
se
llamaba esperanza y era la adolescencia.
Tras
su cristal, el mundo casi no era este mundo,
[...]
Aquello
era ser sólo muchacha. Era ser libre,
hecha
de carne huidiza como la primavera.
La solución con que termina Del abreviado mar
es la aceptación esperanzada de una nueva condición, o de una nueva situación,
en la que exprimir alegrías acaso más modestas pero más verdaderas:
Cantar a cada cosa,
cantar cada momento,
apretar la palabra
como pisa la uva
el hombre en los lagares
[...]
Lo que se preveía en Del abreviado mar se consuma en La
soledad contigo (1960), que inicia, como bien viera José Ramón Ripoll, una etapa de plena madurez proseguida en Violencia inmóvil (1967). El
sujeto poético se instala en la posición de madre, como la tierra, y canta,
como anticipaba en Del abreviado mar, las cosas y los flujos
sentimentales del entorno doméstico. Es ahora cuando más verdaderamente Pilar
Paz Pasamar se acerca al espíritu de Santa Teresa, que sabe ver a Dios entre
los pucheros, o lo que es lo mismo, en «La alacena», y que con los pies en el
suelo sabe dar rienda a la imaginación, la loca de la casa, para poetizar (como
ella misma dijo en su ensayo Poesía femenina de lo cotidiano, de 1964)
el misterio humilde pero importante de la vida cotidiana: el espacio del hogar,
los hijos, el mercado, las horas robadas a la noche para escribir, las
melancolías secretas...
En este punto creo que con La soledad, contigo
asistimos a un cambio de actitud que reside en que ahora la poesía no es
concebida sólo como una forma de autoconocimiento (como hicieron los
simbolistas y los postsimbolistas) sino fundamentalmente como una forma de
conocimiento de la realidad donde el «yo» es indisoluble del mundo que le
rodea, tanto presente como pasado. Esto lo podemos ver en el poema «Hay algo
que nos pasa inadvertido», de Violencia inmóvil:
Hay
algo que nos pasa inadvertido,
algo
que nos transita y que no vemos.
Borges
lo llama «Aleph», y los sencillos
lo
llamamos misterio.
[...]
Ayer,
el mar. Hoy quedan las galaxias,
la
patria azul del firmamento.
A
lomos de los mismos corceles de esperanza,
va
el hombre hacia el secreto.
El verso de Pilar siempre ha sido rítmico y su palabra busca, dentro de lo escogido, lo más sencillo, eufónico y, también, lo más atemporal: de ahí
que su dicción resulte clásica. Pero esta nueva forma de mirar la poesía que
se abre en los años sesenta se traduce en una cierta liberación estilística que
es una liberación mental y que trae, cuando es preciso, un vocabulario más
directamente sensual («A veces el mar cobra / la turgencia de un seno») o más
coloquial («son los mudos instantes / donde poder tirar de los menudos /
alfileres clavados en el alma, / y abrir nuestro paquete y hacer «camping» / en
el coto rociado de los sueños»). Ahora, cuando Pilar al fin ha conseguido
armonizar el dilema entre lo interior y lo exterior, cuando el amor no es sólo
una quimera adolescente, es cuando el diálogo con Dios se hace más recio y
cuando se entabla no ya con un Dios padre etéreo sino con un Cristo humano,
como en Unamuno. Así puede leerse en el poema que se titula «Violencia inmóvil»,
una acción de gracias que puede recordar un poco a Dámaso Alonso:
De
lejos parecías quieto, sin movimiento,
que
eras como ese mar pacífico de al lado
y
me acerqué esquivándome de su salpicadura...
Y
entonces me abarcaste, me cegaste violento...
¡Gracias,
Señor, te doy por haberme golpeado!
¡Gracias,
por derribarme de la cabalgadura!
A partir de aquí no puede sorprender el cambio que evidencia
la poesía de Pilar, tras un silencio de quince años, cuando aparece primero La
torre de Babel y otros asuntos, en 1982, y luego Textos lapidarios,
en 1990. La torre de Babel es una reflexión en torno a la circunstancia
del sujeto poético y del mundo actual, tan cambiado en el tiempo que va de 1967
a 1982. A la poeta muchos aspectos del mundo frívolo, mercantil y desvalorizado
de la posmodernidad no le gustan, pero ahora ella maneja bien modos de
expresión que en parte son los de la poesía posmoderna: inventa monólogos
dramáticos de personajes ficticios (como en «El insomne»), usa del humor, la ironía
y la autoironía (como en «Boite» y en «Moriré con las botas puestas»), juega
con la poesía (como en «Primer asunto»), se suelta el pelo por soleares... Sí,
pero también hay que decir que a estas alturas Pilar, como todos los poetas de
su generación, que es la del cincuenta, sigue vinculada a una visión ética de
la creación, que puede ser lúdica y escéptica pero que retiene un compromiso
existencial. Si La torre de Babel es reflexión sobre la sociedad de
ahora, Textos lapidarios, en cambio, es un ejercicio, a partir del Lapidario
de Alfonso X el Sabio y de la tradición andalusí, de exploración de la
historia, y de la intrahistoria, que fundamenta el presente. Como Juan Ramón,
esta aventura lleva a la poeta a descubrir su inmersión en el universo, a
proclamar, ya sin queja ni autocompasión, la necesidad de la sed, a sentirse
animal de fondo en una realidad presidida por el dios deseado y deseante. Y si
en su primera etapa la poesía de Pilar Paz Pasamar podía considerarse más afín,
por ejemplo, a la de José Luis Tejada, en esta segunda, en cambio, parece en
algunos aspectos más próxima a la de Fernando Quiñones.
Esta aventura prosigue luego en Philomena (1995), una
exaltación de la voz poética a la vez que una exploración de historias actuales
y geografías más amplias, y culmina de momento en Sophía (2003), que
continúa y supera el itinerario anterior y no en vano se pone bajo la
advocación de la sabiduría, pues es un emocionado y emocionante balance de la
experiencia vital. En estos penúltimos caminos Pilar Paz sigue, con sus botas
puestas, entre lo interno y lo externo, más honda, más viajera y sin embargo
más ligera de equipaje. Sus últimos poemas unas veces se acercan a lo que ahora
se llama poesía de la experiencia, pero en la versión de los mayores, de los
del medio siglo, y otras veces a lo que Debicki y otros llaman poesía de la
esencialidad (no del silencio). De todos ellos mi preferido es «Ahora te sé,
pues te recuerdo», profundo y delicadísimo canto a la memoria del esposo
muerto.
Como los alquimistas, Pilar Paz Pasamar ha ido descubriendo
que la purificación de la materia no puede ser sin la purificación del espíritu
que trabaja la materia. En este proceso consiste verdaderamente el oro, que en
términos platónicos es a la vez la bondad, la autenticidad, la belleza. Felicidades, Pilar. Tus lectores, tus amigos, lo celebramos en soledad, y desde aquí,
contigo. |