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Por Mauricio Gil Cano
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En la trimilenaria orilla
gaditana, Pilar Paz escucha el canto de los pájaros, natural e interior como
los versos que su propia voz le dicta. José Ramón Ripoll, en el prólogo a La
alacena, antología de dicha autora publicada en la colección Arenal en 1986, apunta que los mejores poemas de La torre de Babel y otros asuntos, último volumen que hasta esa fecha la poetisa
había dado a la imprenta, «forman parte a priori de una futura entrega de
Pilar en la que la violencia inmóvil de su dios o de su mar nos sumergirá en
otro mundo más oscuro, metafísico y, al par, cristalino, como al que se dirige
su brújula poética». Fiel a esa orientación del ánimo, Paz Pasamar nos ha regalado
desde entonces no uno, sino dos poemarios de exquisita y asombrosa calidad: Lapidario,
en 1990, y Philomena, en 1994, libro éste que la confirma entre los
autores cimeros de la poesía mística española. De su lectura han surgido las
siguientes reflexiones.
El mero título nos remite al Cántico
espiritual de San Juan de la Cruz, concretamente, al segundo verso de la
canción 39: «el canto de la dulce filomena», que pertenece a la tercera vía de
la experiencia mística, la unitiva, en la que el alma se encuentra en estado de
«matrimonio espiritual» por su unión con Dios. «El canto de la dulce filomena»
es la voz del Amado. Voz de Dios, al mismo tiempo es «la otra voz», por
expresarlo con las mismas palabras que dan título a un célebre ensayo de
Octavio Paz sobre el misterio de la poesía. Pilar se ubica en la tradición mística española y occidental, por tanto, asume la herencia musulmana y hebrea, la
ortodoxia jesuita de Rahner y la heterodoxia panteísta de Juan Ramón Jiménez, la lírica de Hopkins y hasta cierta complicidad con el Aleph borgiano,
una manera fabulosa de nombrar lo indefinible. Sus versos fluyen de una
primavera del espíritu que coincide con una perspectiva desde la experiencia de
los años vividos y desde la fortaleza de una energía característica de su
plenitud beatífica. Pero lo hacen con esa sencillez espontánea que la lleva a
renunciar a protagonismos innecesarios y a servir con profunda humildad a su
vocación íntima, de manera que sus dedos van plasmando palabras inmortales como
si tal cosa. Porque su renuncia de pretenciosos egotismos es un modo de subir
al monte de perfección.
Philomena se nutre,
asimismo, de la tradición literaria española, brotando este ramillete de poemas
en los últimos años de la centuria, en el umbral, prácticamente, de la nueva
poesía del siglo XXI. La crisis de valores de nuestro tiempo la resuelve Pilar Paz mediante la fe, en consonancia con la vigencia de lo religioso vaticinada
por Italo Calvino para esta época. Pero se trata de una fe con matices, tendida
sobre el gozo de la belleza, la tolerancia y el ecumenismo, tal parece
deducirse de composiciones como «Un solo hombre reza en la mezquita», entre
otras. La poetisa establece un diálogo con Philomena, que parece un
desdoblamiento del yo. El término remite, como dijimos, a San Juan de la Cruz,
quien a su vez lo toma de Garcilaso de la Vega, en un proceso que Dámaso Alonso
ha llamado «literatura a lo divino». Mas también recordamos «la canción
profana / en cuya noche un ruiseñor había / que era alondra de luz por la mañana»,
de Rubén Darío. En efecto, en el último poema del libro de Pilar, «Rediviva»,
es decir, aparecida o resucitada, dando luz a su noche, figura la alondra como
motivo principal. Con ello reincide en el fundamento, más allá de
planteamientos teológicos o elucubraciones intelectuales, decantándose por la
acción, representada en esa inexplicable condición que lleva al poeta a
extenuarse amorosamente en su arte sin fin: «¡Cantar, cantar, cantar es lo que
importa!». El mundo poético de la autora transcurre en un simbolismo que,
arrancando de los clásicos castellanos del siglo XVI, conecta con Darío,
inaugurador de un ciclo en la poesía moderna en lengua española que Paz Pasamar
culmina y sobrevuela con versos de encendida trascendencia.
El poemario está dividido en
cuatro secciones: «Alba», «Mediodía», «Tarde» y «Noche», cuatro partes de un
día, cuatro edades de una vida: «Pues sólo vivirás un día, Philomena», aduce la
escritora en la memorable «Tarde en Efeso». Los cimientos del pálpito poético
de Pilar están aún más enraizados, se hunden en el mundo antiguo, en la Grecia
clásica y, empapada de cultura mediterránea, de luz meridional, regresa a un
neoplatonismo que es palpable en su vivencia cotidiana y manifiesta un sentido
del amor que desdeña lo superfluo: «A eso que llaman el amor que se hace /
-¡cómo si amor pudiera hacerse nunca, cómo si no se hiciese a cada instante!- /
no es nuestro amor. Amor, es otra cosa.».
La sombra benéfica de Juan Ramón Jiménez planea sobre la obra de la gaditana, que vive la poesía como un don divino,
el cual estima inmerecido en su modestia y le da alas para encumbrarse en las
pasiones más elevadas. La intensidad de un sentimiento de comunión con el
misterio traspasa unos versos vívidos de factura perfecta. Algo de ese Dios
deseado y deseante juanramoniano se trasluce en su escritura, una misma
concepción plural y multiforme en aras de la hermosura, que alienta «en el
tuétano instalado / de cada ser». Alguien querrá reprochar que Jiménez no sea cristológico, mientras la fe en Cristo de Pilar es algo ineludible. Pero se puede aducir que la percepción de Dios es amplia, inescrutable y le llega a Paz
Pasamar a través de la noche poética en que se sume; o recordar un poema en
prosa, «Camino de fe», donde el andaluz universal se manifiesta más cercano al
cristianismo de lo que presuntamente se le ha supuesto: «Yo sé que si Jesús
está en el paraíso que prometió al ladrón, con su Padre, allí llegaré yo con
los que amo, que yo creo en la palabra del Cristo como creyó el ladrón, por su
belleza, pues sin duda el buen ladrón era un poeta». Fe en la palabra. La creación literaria se funde así con la religión, asume un sentido primigenio, de
esa edad original en que el arte (y al decir esto no puedo apartar de mi mente
ese delicioso poema de Pilar, «Montmartre», que termina a ritmo de rock), la
magia, la ciencia y la religión confluían en un todo unitario aún no
desmembrado por la división de funciones característica de las sociedades
históricas. Y es que «Anterior, al inicio, es decir, desde siempre, / fue tu
aletea», recuerda Paz Pasamar en los primeros versos de Philomena.
El libro suma páginas candentes,
plenas del misterio que conduce en la variación del día hasta una noche diáfana
de amor, noche mística como la del alma cantada por San Juan de la Cruz. La concomitancia, de nuevo, con
él, se refleja en el poema cuyo título es un
verso de Juan de Yepes: «Aunque es de noche», en que Pilar vierte su fecundidad
interior para homenajear al gran poeta místico y coincidir con él: «¡Qué bien
supiste!».
Pero no creamos que esta
privilegiada atalaya espiritual es ninguna torre de marfil en la que se ha
refugiado la poeta para evadirse de la realidad del mundo. Es en esta realidad
donde encuentra razón para su canto, presencia de su Dios, viviendo día a día
la belleza con claridad revelada. Y, a veces, se resiente la fragilidad de su
alma, se le derrama la ternura frente a los roces cotidianos, ante la enormes
tragedias que desolan el orbe: «Sin saber cómo y cuándo, los horrores del mundo
nos envuelven», anuncia en el precioso poema «Lágrimas». O en esos versos con
los que hace suyo el sufrimiento de los demás: «Toda la noche estuviste / cantando
el dolor del mundo». Ni olvida tampoco su condición femenina, la grandeza de
ser madre y, por ende, abuela: «Yo no he sido el vehículo / que te trajo a este
mundo! (Te llevé desde siempre)». Nada más lejos de la evasión que la «azul
transparencia total» donde es engendrada Filomena.
Hay un poema fascinante: «Hecho
real»,
donde la autora extrae la humanidad, con tacto estremecedor, de un
episodio inquietante:
«Frente a frente desde las celdas respectivas, dos presos
se miran a través de las cerraduras». Mediante «esa legaña urdida, tu presencia salvífica, tu iris total», los reos mantienen en vilo su existencia,
escudriñándose el aliental,
soportando gracias a ello la
tortura del encierro: «Si no cerrases pronto / los párpados, quizás me hubiese
ido para siempre». Testimonio latente del sufrimiento humano, también lo es del
milagroso sustento de la vida en campo propicio a la iniquidad. |
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