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Pilar Paz Pasamar

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Por Mauricio Gil Cano


Recital en la ceremonia del Premio Juventud, con el que publicará en 1955 «Ablativo amor» en la colección Atzávara de Barcelona.En la trimilenaria orilla gaditana, Pilar Paz escucha el canto de los pájaros, natural e interior como los versos que su propia voz le dicta. José Ramón Ripoll, en el prólogo a La alacena, antología de dicha autora publicada en la colección Arenal en 1986, apunta que los mejores poemas de La torre de Babel y otros asuntos, último volumen que hasta esa fecha la poetisa había dado a la imprenta, «forman parte a priori de una futura entrega de Pilar en la que la violencia inmóvil de su dios o de su mar nos sumergirá en otro mundo más oscuro, metafísico y, al par, cristalino, como al que se dirige su brújula poética». Fiel a esa orientación del ánimo, Paz Pasamar nos ha regalado desde entonces no uno, sino dos poemarios de exquisita y asombrosa calidad: Lapidario, en 1990, y Philomena, en 1994, libro éste que la confirma entre los autores cimeros de la poesía mística española. De su lectura han surgido las siguientes reflexiones.

El mero título nos remite al Cántico espiritual de San Juan de la Cruz, concretamente, al segundo verso de la canción 39: «el canto de la dulce filomena», que pertenece a la tercera vía de la experiencia mística, la unitiva, en la que el alma se encuentra en estado de «matrimonio espiritual» por su unión con Dios. «El canto de la dulce filomena» es la voz del Amado. Voz de Dios, al mismo tiempo es «la otra voz», por expresarlo con las mismas palabras que dan título a un célebre ensayo de Octavio Paz sobre el misterio de la poesía. Pilar se ubica en la tradición mística española y occidental, por tanto, asume la herencia musulmana y hebrea, la ortodoxia jesuita de Rahner y la heterodoxia panteísta de Juan Ramón Jiménez, la lírica de Hopkins y hasta cierta complicidad con el Aleph borgiano, una manera fabulosa de nombrar lo indefinible. Sus versos fluyen de una primavera del espíritu que coincide con una perspectiva desde la experiencia de los años vividos y desde la fortaleza de una energía característica de su plenitud beatífica. Pero lo hacen con esa sencillez espontánea que la lleva a renunciar a protagonismos innecesarios y a servir con profunda humildad a su vocación íntima, de manera que sus dedos van plasmando palabras inmortales como si tal cosa. Porque su renuncia de pretenciosos egotismos es un modo de subir al monte de perfección.

Philomena se nutre, asimismo, de la tradición literaria española, brotando este ramillete de poemas en los últimos años de la centuria, en el umbral, prácticamente, de la nueva poesía del siglo XXI. La crisis de valores de nuestro tiempo la resuelve Pilar Paz mediante la fe, en consonancia con la vigencia de lo religioso vaticinada por Italo Calvino para esta época. Pero se trata de una fe con matices, tendida sobre el gozo de la belleza, la tolerancia y el ecumenismo, tal parece deducirse de composiciones como «Un solo hombre reza en la mezquita», entre otras. La poetisa establece un diálogo con Philomena, que parece un desdoblamiento del yo. El término remite, como dijimos, a San Juan de la Cruz, quien a su vez lo toma de Garcilaso de la Vega, en un proceso que Dámaso Alonso ha llamado «literatura a lo divino». Mas también recordamos «la canción profana / en cuya noche un ruiseñor había / que era alondra de luz por la mañana», de Rubén Darío. En efecto, en el último poema del libro de Pilar, «Rediviva», es decir, aparecida o resucitada, dando luz a su noche, figura la alondra como motivo principal. Con ello reincide en el fundamento, más allá de planteamientos teológicos o elucubraciones intelectuales, decantándose por la acción, representada en esa inexplicable condición que lleva al poeta a extenuarse amorosamente en su arte sin fin: «¡Cantar, cantar, cantar es lo que importa!». El mundo poético de la autora transcurre en un simbolismo que, arrancando de los clásicos castellanos del siglo XVI, conecta con Darío, inaugurador de un ciclo en la poesía moderna en lengua española que Paz Pasamar culmina y sobrevuela con versos de encendida trascendencia.

El poemario está dividido en cuatro secciones: «Alba», «Mediodía», «Tarde» y «Noche», cuatro partes de un día, cuatro edades de una vida: «Pues sólo vivirás un día, Philomena», aduce la escritora en la memorable «Tarde en Efeso». Los cimientos del pálpito poético de Pilar están aún más enraizados, se hunden en el mundo antiguo, en la Grecia clásica y, empapada de cultura mediterránea, de luz meridional, regresa a un neoplatonismo que es palpable en su vivencia cotidiana y manifiesta un sentido del amor que desdeña lo superfluo: «A eso que llaman el amor que se hace / -¡cómo si amor pudiera hacerse nunca, cómo si no se hiciese a cada instante!- / no es nuestro amor. Amor, es otra cosa.».

Cartas de Juan Ramón Jiménez, edición facsímil, 1998.La sombra benéfica de Juan Ramón Jiménez planea sobre la obra de la gaditana, que vive la poesía como un don divino, el cual estima inmerecido en su modestia y le da alas para encumbrarse en las pasiones más elevadas. La intensidad de un sentimiento de comunión con el misterio traspasa unos versos vívidos de factura perfecta. Algo de ese Dios deseado y deseante juanramoniano se trasluce en su escritura, una misma concepción plural y multiforme en aras de la hermosura, que alienta «en el tuétano instalado / de cada ser». Alguien querrá reprochar que Jiménez no sea cristológico, mientras la fe en Cristo de Pilar es algo ineludible. Pero se puede aducir que la percepción de Dios es amplia, inescrutable y le llega a Paz Pasamar a través de la noche poética en que se sume; o recordar un poema en prosa, «Camino de fe», donde el andaluz universal se manifiesta más cercano al cristianismo de lo que presuntamente se le ha supuesto: «Yo sé que si Jesús está en el paraíso que prometió al ladrón, con su Padre, allí llegaré yo con los que amo, que yo creo en la palabra del Cristo como creyó el ladrón, por su belleza, pues sin duda el buen ladrón era un poeta». Fe en la palabra. La creación literaria se funde así con la religión, asume un sentido primigenio, de esa edad original en que el arte (y al decir esto no puedo apartar de mi mente ese delicioso poema de Pilar, «Montmartre», que termina a ritmo de rock), la magia, la ciencia y la religión confluían en un todo unitario aún no desmembrado por la división de funciones característica de las sociedades históricas. Y es que «Anterior, al inicio, es decir, desde siempre, / fue tu aletea», recuerda Paz Pasamar en los primeros versos de Philomena.

El libro suma páginas candentes, plenas del misterio que conduce en la variación del día hasta una noche diáfana de amor, noche mística como la del alma cantada por San Juan de la Cruz. La concomitancia, de nuevo, con él, se refleja en el poema cuyo título es un verso de Juan de Yepes: «Aunque es de noche», en que Pilar vierte su fecundidad interior para homenajear al gran poeta místico y coincidir con él: «¡Qué bien supiste!».

Pero no creamos que esta privilegiada atalaya espiritual es ninguna torre de marfil en la que se ha refugiado la poeta para evadirse de la realidad del mundo. Es en esta realidad donde encuentra razón para su canto, presencia de su Dios, viviendo día a día la belleza con claridad revelada. Y, a veces, se resiente la fragilidad de su alma, se le derrama la ternura frente a los roces cotidianos, ante la enormes tragedias que desolan el orbe: «Sin saber cómo y cuándo, los horrores del mundo nos envuelven», anuncia en el precioso poema «Lágrimas». O en esos versos con los que hace suyo el sufrimiento de los demás: «Toda la noche estuviste / cantando el dolor del mundo». Ni olvida tampoco su condición femenina, la grandeza de ser madre y, por ende, abuela: «Yo no he sido el vehículo / que te trajo a este mundo! (Te llevé desde siempre)». Nada más lejos de la evasión que la «azul transparencia total» donde es engendrada Filomena.

Hay un poema fascinante: «Hecho real», En 2004.donde la autora extrae la humanidad, con tacto estremecedor, de un episodio inquietante:
«Frente a frente desde las celdas respectivas, dos presos se miran a través de las cerraduras». Mediante «esa legaña urdida, tu presencia salvífica, tu iris total», los reos mantienen en vilo su existencia, escudriñándose el aliental, soportando gracias a ello la tortura del encierro: «Si no cerrases pronto / los párpados, quizás me hubiese ido para siempre». Testimonio latente del sufrimiento humano, también lo es del milagroso sustento de la vida en campo propicio a la iniquidad.
 
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