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Por José María Balcells
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La
dimensión religiosa constituye la fuente temática esencial de Pilar Paz Pasamar
y, en su virtud, está presente a través de los distintos conjuntos que jalonan
su trayectoria poética. Es cierto que en unos libros se evidencia más que en
otros esta peculiaridad de su lírica, pero este rasgo se ha ido incrementando y
enriqueciendo al compás de la evolución creativa de la autora jerezana. Y así
ocurre que desde los noventa del pasado siglo se advierten en su obra unas
plasmaciones más amplias, más fecundas y más complejas respecto a sus creencias
cristianas y sobre la divinidad.
Es
a partir de Philomena, libro que vio la luz en 1995, cuando eclosiona de
modo más intenso y profundo la permanente disponibilidad ante el misterio que siempre caracterizó a Pilar Paz Pasamar. Años después, en 2003, se editaba Sophía,
que prolonga el mosaico de constataciones y búsquedas de la obra precedente,
aunque incide más en algunos aspectos apenas ofrecidos en aquella. Por tanto, puede afirmarse que fue en esta singladura finisecular cuando la veta religiosa de la gaditana, tan perceptible desde su primera entrega, Mara (1951), se
aproximó a un punto cimero en cosmovisión y en lenguaje literario.
Philomena
fue
finalista en el XIII Premio de Poesía Mística Fernando Rielo, y su contenido cabe dentro de los parámetros de las nociones seculares admitidas sobre
misticismo. Nutrida por lecturas bíblicas, preferentemente salmísticas, por la
de poetas religiosos y místicos españoles áureos (San Juan de la Cruz sobre
todo), por la de filósofos modernos y contemporáneos, así como por la tan
constante influencia de Juan Ramón Jiménez, en este libro se consiguen nuevos y
logrados acentos líricos a vueltas de varias claves del legado místico.
No
parece ocioso llamar la atención hacia la ortografía del título Philomena,
en el que se optó por mantener «Ph», la grafía de la palabra en latín, y por
ende por no usar «F», al igual que volverá a suceder en Sophía. No se trata
de una decisión epidérmica e irrelevante, sino al contrario. A través de este
indicio se orienta al lector hacia el acervo de la tradición latina en la que
hunde sus raíces la voz de la autora en ambos libros. Al respecto, recuérdese
que el nombre Filomena, en latín Filomela, fue el de la bella muchacha ateniense convertida, por los dioses, en golondrina, mientras su hermana Progne
había sido transformada en ruiseñor. Más allá de la leyenda mítica, en los
versos de la poeta gaditana encarna Philomena el canto de todas las aves, y
como reflejo del divino poema de la Creación.
En
su virtud, Pasamar prosigue cantando en esta obra, sí, pero ahora su canto
aspira a ser plenamente filomelaico, inscribiéndose en una estela que, en las letras hispanas, también procede del sur, de la imaginación del poeta hispanolatino medieval, del siglo IX, Álvaro de Córdoba.
En
el canto de referencia convergen ideas teológicas cruciales, y la poeta de
Jerez las ha aunado en un haz logradísimo, tanto en su vertiente metafísica
cuanto en su enunciación expresiva. El reto no era sencillo precisamente: Dios
como raíz del canto. El mundo como fruto poético de su creador. El universo
como libro-himno por entero armónico, y por ende sujeto a estructura, a medida,
a ritmo. Todas estas nociones las captamos en Philomena, donde se han
poetizado con gran belleza, al igual que algunas otras que son su derivable
consecuencia: el cantor participa de lo divino al cantar, contribuyendo de modo
efímero a la sinfonía perdurable infundida por Dios a su Creación. El canto del hombre secunda el del pájaro, en el que se simboliza la concordancia de la música natural en
que se sustenta lo creado. La parte primera del libro que nos ocupa,
subtitulada «Alba», despliega admirablemente estos postulados, la mayoría de
los cuales repercuten en el poema, con título integrado en el mismo, que principia con estos versos:
PHILOMENA, TU CÁNTICO
es un acorde más entre todos aquellos
que forman el concierto: oye la sinfonía.
Tu engreída garganta, inapreciable cítara,
levísima vihuela entre tanto instrumento
toca a Su Son, mas tú no eres
quien pulsas ni conduces
pues todo lo que aporta tu gorjeo
es un breve añadido que apenas se percibe.
Tu canto es una nota: una nota entre tantas
de los innumerables pentagramas,
dentro de la infinita belleza de Su Música.
En
las partes siguientes destacan más otras ramas de este mismo árbol. En «Mediodía»
y en «Tarde» se subraya la pluralidad del canto filomenaico. Dios canta
mediante sus criaturas, y en especial merced a los poetas, que así reflejan su
semilla divina. Este cantar humano se produjo, se produce y se seguirá
produciendo en la historia, en todo tiempo y lugar, en cualquier circunstancia,
de la más favorable a la más inhóspita, y desde todas las opciones religiosas. Al ilustrar en diferentes composiciones tal aserción, la autora dotó a su libro de una gama de motivos diversos y atingentes a poner de manifiesto la multiplicidad
exteriorizada del canto divino único.
Todo
cabe en el contenido del canto, desde la más ostensible alegría hasta el dolor más agudo y penetrante. Sin embargo, hay un diapasón sustantivo en el canto primigenio, y que nace de Dios: el amor transido de esperanza. Es en la parte cuarta y
última de Philomena donde se enfatiza esta convicción, y no sin acaso se
puso este tramo final bajo el lema de «Noche». Dios, la poesía, el amor y la esperanza devienen, así, luz en la oscura tiniebla terrena.
Asentadas
tales premisas, en Sophía encontramos algunas de sus reverberaciones,
aunque la poeta evita glosar nuevamente en sus versos las ideas ya vertidas en Philomena.
Ahora el énfasis se coloca en la necesidad imperiosa del canto, en la medida en que permite la realización del ser. Se es por la palabra, y no cabe
desoír el don divino de cantar a través de ella. El hombre debería hacer honor
a este regalo de Dios que, disponiendo de él, lo acerca al misterio, ante el que siempre procede tener, como se aconseja en el poema «De rima fácil y cita sabia», «la
puerta en par abierta.»
Sophía
es
título que remite, claro está, a sabiduría. Pero interesa percatarse de la
índole del saber, con mayúsculas, que se propone en este conjunto. Se trata del saber no sabiendo de los místicos, del saber que trasciende la ciencia empírica, y que no se
alcanza por la vía de la razón. Es el supremo saber «desconociendo» por
completo, la sabiduría paradójica del místico frente al misterio inescrutable.
Inútil, pues, la sabiduría que no se cifra en aceptar el arcano misterioso.
Se
nos transmite en Sophía que, además de la verdad del misterio, dispone el hombre de otras dos veracidades: el sentimiento y el canto. Son ambas interdependientes, y
en su fusión evidencia la poeta la certeza del nihilismo. El poema «Tal día
como hoy» principia elocuentemente: «Oh, no cantamos lo que sabemos / sino lo
que sentimos. / Ya no sé nada. Y siento / y canto que no sé, que no sé nada.».
¿Y
la felicidad? No es posible alcanzarla con la razón, e incluso tampoco con la
conciencia, teñida de intelecto, pero sí vivirla interiormente gracias a los
sentidos, de ahí que, en el poema «Felicidad», la hablante asegure: «Te puedo
oler, gustar, mirar, palpar, / pero nunca saberte». Dios y la dicha terrena son,
por consiguiente, inaccesibles al saber, no al sentir más íntimo.
Pilar
Paz Pasamar, en suma, ha recreado en Philomena y en Sophía claves
maestras filosófico-poéticas de la tradición occidental de manera incomparable
en la poesía española contemporánea. Se ha sumergido en las concepciones
fundamentales del misticismo cristiano y las ha «presentizado» en el contexto del cambio de milenio, revitalizando y atestiguando la vigencia del pálpito lírico y de los atisbos trascendentes de la mística española. |
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