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Pilar Paz Pasamar

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Por Concepción Bados Ciria


En su casa de la calle Dama de Cádiz, 2004.Pilar Paz Pasamar es una poeta que querría ser poema. Desde sus tempranos comienzos, su obra se apunta como una suerte de múltiple indagación que aspira a explicar dos cosas: qué es la poesía y, al mismo tiempo, explicarse a sí misma. Mara (1951), un poemario fresco e impulsivo, de primera juventud, despertó pasiones y le auspició felices augurios de parte de los entonces reconocidos como padres de la poesía española (entre ellos Juan Ramón Jiménez). En este poemario se inscribía la fantasía, la quimera de Paz Pasamar por impregnarse de la palabra creadora: «Cuando surge por fin, y ya el poema / está frente a mis ojos ¡Qué regalo, / qué fiebre gratuita, qué delirio / para mis ojos húmedos! Lo tomo / entre mis labios, bebo / de su calor, que aún tiene sangre mía / y lo abandono, lenta, / sobre mi mundo luego...» («El poema», 1951). 

Pocos años después, en «Hablándote de mí» plasma el deseo de afirmarse como una subjetividad pareja al hecho de la creación: «Yo te digo, te alzo el nombre mío / y te digo Pilar a cada instante / para ver si, por fin, mi nombre es eso / que nunca podrá ser» (Los buenos días, 1954). Inevitablemente, la búsqueda de la palabra creadora concluye en un hallazgo parcial, incompleto, y así lo reflejan estos versos de El abreviado mar (1957): «Acato el mutilado sonido que me tañes, / las imprevistas flores, tus fugas y visitas. / Déjame que te nombre como puedo nombrarte: / la Nunca Poseída.».

Y es que, sin duda alguna, el intento de poseer la poesía, de crear belleza mediante la experimentación con las palabras, es uno de los rasgos que se ha mantenido fiel, siempre, en la ya dilatada producción poética de Pilar Paz: La alacena (1986) es una antología que recoge sus distintos poemarios: Mara (1951), Los buenos días (1954), Ablativo amor (1955), Del abreviado mar (1957), La soledad, contigo (1960), Violencia inmóvil (1967), La torre de Babel y otros asuntos (1982), Orario (1986). Otros tres poemarios, Textos lapidarios (1990), Philomena (1995) y Sophía (2003), recogen los poemas que preceden a la recopilación de cuentos titulada Historias bélicas (2004), obra con la que se cierra, hasta el momento, la particular relación de Pilar Paz Pasamar con la literatura.

En su intento de fundirse con la palabra creadora, podría anotarse que Textos lapidarios supone un cambio en su producción poética. En efecto, este libro apunta el intercambio entre prosa y poesía al tiempo que plasma ecos culturalistas medievales impregnados de fuerza y de magia, de sabiduría, una alquimia de la que surge el verso más depurado. En su oficio de unir palabras, esta autora se adentra en este libro en el quehacer espontáneo y libre que su intuición de poeta de nacimiento le marca: la antiquísima historia y el mar de Cádiz, la tradición poética medieval española con sus romances que hablan de conquistas y de amores prohibidos; sobre todo, las piedras que fueron objeto de estudio del rey Alfonso X, unas piedras a las que Pilar transforma en edificios y monumentos seculares hasta convertirlas en memoria colectiva, dignas de ser cantadas y alabadas: «El cielo es una losa / la luz un epitafio. / Nunca ha pesado tanto / el aire, Leyre, el aire. / Tan gemelas las piedras / a las de Roncesvalles. / Adiós, aire de Leyre. / Piedras de Leyre al aire.» («Piedra monacal. Tarde en Leyre»).

Philomena (1995) y Sophía (2003) son los poemarios últimos, dos libros que resumen a la vez que enlazan con su trayectoria poética anterior. Philomena ilustra el deambular gozoso, aunque no sin tribulaciones, de la voz poética mientras recorre los cuatro periodos de un día cualquiera: el alba, el mediodía, la tarde y la noche. El poemario culmina con la euforia de quien se sabe ha sobrevivido a todos los infortunios, a todos los retos del destino. Así el poema final, «Rediviva», exclama: «¡Cantar, cantar, cantar es lo que importa!». Porque tener el don de la poesía significa renacer, revivir, permanecer sobre la noche y la oscuridad; algo que Pilar Paz consigue mediante la transformación de la palabra en canto, en música, en ritmo, en suma, en armonía y belleza.

Lo de ser poeta de nacimiento lo lleva Pilar con orgullo y señorío natural;  por eso, su dominio de las más variadas estrofas, especialmente las clásicas, eso sí, siempre en consonancia armónica con los ámbitos sonoros que tienen su génesis en la poesía popular, o lo que es lo mismo, en la tradición latina; por eso, también, la importancia que adquieren en su poesía los cinco sentidos: ellos destapan una actitud vital profundamente abierta al goce y a la contemplación. Y es que la poesía de Paz Pasamar refleja con asombrosa plenitud tanto los silencios como el ritmo vibrante de la naturaleza.

Sophía alude a la raíz divina del canto personal y de alabanza a toda la creación, una raíz que se remonta a los versos más místicos de la poeta gaditana. Paz Pasamar recupera una divinidad que resurge en el amor, que se manifiesta, como ya dijera Sor Juana Inés de la Cruz en las pequeñas cosas, en los espacios privados y cotidianos, en las tareas más simples y ancestrales. En el poema «Palabra», la voz poética se torna ave, paloma que vuela desvalida, mientras manifiesta con júbilo la identificación con los atributos de la poesía : «Asirte no, pero sí hacerte, / hacednos juntas / y el zureo sea un cántico / unísono, una nueva sinfonía / un ritmo repetido / Ave de mí, palabra fugitiva» (Sophía, 2003). Sophía, así, vuelve a Mara, muchos años después, para dar cuenta de una mirada poética que permanece viva, vibrante y en búsqueda continua de sí misma con y, a pesar, incluso, del paso del tiempo.

La crítica especializada acuerda que Paz Pasamar nació a la poesía con un interés definitivamente personal. Desde Mara, asume un intención singular y propia: la de aventurarse en un auténtica voluntad de lenguaje que le permitirá, por un lado, validar lo que se considera una mirada autónoma en torno al quehacer poético, o lo que es lo mismo, asentar una estética;  por otro lado, esbozar desde sus inicios unos contenidos en los que se prefigura e intuye la que se apunta como su ética creadora, es decir, lo que se considera el sentido moral del arte. Estética y ética se combinan en Paz Pasamar en un profundo equilibrio, que no estriba en encontrar un punto medio entre ambos aspectos, sino la plena correspondencia. Y es en este punto, precisamente, donde la obra de la poeta gaditana participa y se sumerge, por cierto, con sus peculiaridades, dentro del grupo poético conocido como la Generación del 50.

Paz Pasamar con unas amigas.En efecto, este grupo poético ha venido debatiéndose entre dos cauces por los que conducir la cuestión poética: poesía de la comunicación, de un lado y,  poesía del conocimiento, del otro. Paz Pasamar participa plenamente de las dos manera de acercarse a la poesía, desde que la escritura se convierte en espacio de conocimiento cuando el autor somete su experiencia a un proceso de objetividad y distancia. La poesía de Paz Pasamar busca la comunicación total con los lectores; más aún, es una poesía que espera la participación de los lectores, su total implicación en el proceso de lectura. De ahí, otra vez, el fenómeno de la poesía como conocimiento a través de la comunicación, del diálogo abierto y flexible, de la conversación fructífera. No de otro modo podrían entenderse los poemas que evocan y plasman noticias y eventos reales, sucesos, enclaves históricos que han dejado huella en la poeta. Algunos de ellos se recogen  a lo largo de su obra y se enfatizan, precisamente, en Philomena y Sophía, los dos libros que, a decir de la propia poeta, representan la culminación de su obra.

En su experimentación con la palabra, Paz Pasamar no ha dudado en adentrarse en el género narrativo. Historias bélicas (2004) es una obra que supone un giro de ciento ochenta grados en su producción. Como me aseguraba en la entrevista que tuvimos, «el cuerpo me pide escribir narrativa en los últimos tiempos». Se trata de una recopilación de relatos, algunos muy breves, de corte realista en su mayoría, y que tienen la curiosa característica de ahondar en cuestiones sociales de actualidad: así, «El descapotable», «Monólogo», «La confesión»; «El mar que estuvo enfrente» retoma, de manera extraordinaria, la historia del hallazgo del sarcófago fenicio de la Dama de Cádiz, ya tratado en Textos lapidarios. En todos los relatos se tratan maravillosas historias que brillan por la humanidad de sentimientos de sus protagonistas; también por la violencia de los mismos. Destaca el sorprendente manejo del tiempo y los espacios así como los múltiples puntos de vista y el impresionante intercambio de voces narrativas; «Intercambio» y «El corazón de felpa» brillan por sus diálogos jugosos; al mismo tiempo, otros relatos seducen por los complejos y sofisticados monólogos interiores. El manejo excepcional de numerosos recursos narrativos nos hace pensar que nos encontramos ante una escritora de ficción que en nada desmerece a la poeta consumada.
 
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