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Por Concepción Bados Ciria
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Pilar Paz Pasamar es una poeta que querría ser poema. Desde
sus tempranos comienzos, su obra se apunta como una suerte de múltiple
indagación que aspira a explicar dos cosas: qué es la poesía y, al mismo
tiempo, explicarse a sí misma. Mara (1951), un poemario fresco e
impulsivo, de primera juventud, despertó pasiones y le auspició felices augurios de parte de los entonces reconocidos como padres de la poesía española (entre ellos Juan Ramón Jiménez). En este poemario se inscribía la fantasía, la quimera de Paz Pasamar por
impregnarse de la palabra creadora: «Cuando surge por fin, y ya el poema / está frente a mis ojos ¡Qué regalo, / qué fiebre gratuita, qué delirio / para mis ojos húmedos! Lo tomo / entre mis labios, bebo / de su calor, que aún tiene
sangre mía / y lo abandono, lenta, / sobre mi mundo luego...» («El
poema», 1951).
Pocos años después, en «Hablándote de mí» plasma el deseo de afirmarse como una subjetividad pareja al hecho de la creación: «Yo te digo, te alzo
el nombre mío / y te digo Pilar a cada instante / para ver si, por fin, mi
nombre es eso / que nunca podrá ser» (Los buenos días, 1954).
Inevitablemente, la búsqueda de la palabra creadora concluye en un hallazgo
parcial, incompleto, y así lo reflejan estos versos de El abreviado mar (1957):
«Acato el mutilado sonido que me tañes, / las imprevistas flores, tus fugas y
visitas. / Déjame que te nombre como puedo nombrarte: / la Nunca Poseída.».
Y es que, sin duda alguna, el intento de poseer la poesía,
de crear belleza mediante la experimentación con las palabras, es uno de los
rasgos que se ha mantenido fiel, siempre, en la ya dilatada producción poética
de Pilar Paz: La alacena (1986) es una antología que recoge sus distintos
poemarios: Mara (1951), Los buenos días (1954), Ablativo
amor (1955), Del abreviado mar (1957), La soledad, contigo
(1960), Violencia inmóvil (1967), La torre de Babel y otros asuntos (1982), Orario (1986). Otros tres poemarios,
Textos lapidarios (1990), Philomena (1995) y Sophía (2003),
recogen los poemas que preceden a la recopilación de cuentos titulada Historias
bélicas (2004), obra con la que se cierra, hasta el momento, la particular
relación de Pilar Paz Pasamar con la literatura.
En su intento de fundirse con la palabra creadora, podría
anotarse que Textos lapidarios supone un cambio en su producción
poética. En efecto, este libro apunta el intercambio entre prosa y poesía al
tiempo que plasma ecos culturalistas medievales impregnados de fuerza y de
magia, de sabiduría, una alquimia de la que surge el verso más depurado. En su
oficio de unir palabras, esta autora se adentra en este libro en el quehacer espontáneo y libre que su intuición de poeta de nacimiento le marca: la antiquísima
historia y el mar de Cádiz, la tradición poética medieval española con sus
romances que hablan de conquistas y de amores prohibidos; sobre todo, las
piedras que fueron objeto de estudio del rey Alfonso X, unas piedras a las que Pilar transforma en edificios y monumentos seculares hasta convertirlas en memoria
colectiva, dignas de ser cantadas y alabadas: «El cielo es una losa / la luz un
epitafio. / Nunca ha pesado tanto / el aire, Leyre, el aire. / Tan gemelas las piedras / a las de Roncesvalles. / Adiós, aire de Leyre. / Piedras de Leyre al aire.» («Piedra
monacal. Tarde en Leyre»).
Philomena (1995) y Sophía (2003) son los
poemarios últimos, dos libros que resumen a la vez que enlazan con su
trayectoria poética anterior. Philomena ilustra el deambular gozoso,
aunque no sin tribulaciones, de la voz poética mientras recorre los cuatro
periodos de un día cualquiera: el alba, el mediodía, la tarde y la noche. El
poemario culmina con la euforia de quien se sabe ha sobrevivido a todos los
infortunios, a todos los retos del destino. Así el poema final, «Rediviva»,
exclama: «¡Cantar, cantar, cantar es lo que importa!». Porque tener el don de la poesía significa renacer, revivir, permanecer sobre la noche y la oscuridad; algo
que Pilar Paz consigue mediante la transformación de la palabra en canto, en
música, en ritmo, en suma, en armonía y belleza.
Lo de ser poeta de nacimiento lo lleva Pilar con orgullo y
señorío natural; por eso, su dominio de las más variadas estrofas,
especialmente las clásicas, eso sí, siempre en consonancia armónica con los
ámbitos sonoros que tienen su génesis en la poesía popular, o lo que es lo
mismo, en la tradición latina; por eso, también, la importancia que adquieren
en su poesía los cinco sentidos: ellos destapan una actitud vital profundamente
abierta al goce y a la contemplación. Y es que la poesía de Paz Pasamar refleja
con asombrosa plenitud tanto los silencios como el ritmo vibrante de la
naturaleza.
Sophía alude a la raíz divina del canto personal y de
alabanza a toda la creación, una raíz que se remonta a los versos más místicos
de la poeta gaditana. Paz Pasamar recupera una divinidad que resurge en el amor, que se manifiesta, como ya dijera Sor Juana Inés de la Cruz en las pequeñas cosas, en
los espacios privados y cotidianos, en las tareas más simples y ancestrales. En
el poema «Palabra», la voz poética se torna ave, paloma que vuela desvalida, mientras manifiesta con júbilo la identificación con los atributos de la poesía :
«Asirte no, pero sí hacerte, / hacednos juntas / y el zureo sea un cántico /
unísono, una nueva sinfonía / un ritmo repetido / Ave de mí, palabra fugitiva» (Sophía,
2003). Sophía, así, vuelve a Mara, muchos años después, para dar
cuenta de una mirada poética que permanece viva, vibrante y en búsqueda continua
de sí misma con y, a pesar, incluso, del paso del tiempo.
La crítica especializada acuerda que Paz Pasamar nació a la
poesía con un interés definitivamente personal. Desde Mara, asume un intención
singular y propia: la de aventurarse en un auténtica voluntad de lenguaje que
le permitirá, por un lado, validar lo que se considera una mirada autónoma en
torno al quehacer poético, o lo que es lo mismo, asentar una estética; por
otro lado, esbozar desde sus inicios unos contenidos en los que se prefigura e
intuye la que se apunta como su ética creadora, es decir, lo que se considera el sentido moral del arte. Estética y ética se combinan en Paz Pasamar en un profundo
equilibrio, que no estriba en encontrar un punto medio entre ambos aspectos,
sino la plena correspondencia. Y es en este punto, precisamente, donde la obra
de la poeta gaditana participa y se sumerge, por cierto, con sus
peculiaridades, dentro del grupo poético conocido como la Generación del 50.
En efecto, este grupo poético ha venido debatiéndose entre
dos cauces por los que conducir la cuestión poética: poesía de la comunicación,
de un lado y, poesía del conocimiento, del otro. Paz Pasamar participa
plenamente de las dos manera de acercarse a la poesía, desde que la escritura
se convierte en espacio de conocimiento cuando el autor somete su experiencia a
un proceso de objetividad y distancia. La poesía de Paz Pasamar busca la
comunicación total con los lectores; más aún, es una poesía que espera la
participación de los lectores, su total implicación en el proceso de lectura.
De ahí, otra vez, el fenómeno de la poesía como conocimiento a través de la
comunicación, del diálogo abierto y flexible, de la conversación fructífera. No
de otro modo podrían entenderse los poemas que evocan y plasman noticias y
eventos reales, sucesos, enclaves históricos que han dejado huella en la poeta.
Algunos de ellos se recogen a lo largo de su obra y se enfatizan,
precisamente, en Philomena y Sophía, los dos libros que, a decir de la propia poeta, representan la culminación de su obra.
En su experimentación con la palabra, Paz Pasamar no ha
dudado en adentrarse en el género narrativo. Historias bélicas (2004) es
una obra que supone un giro de ciento ochenta grados en su producción. Como me
aseguraba en la entrevista que tuvimos, «el cuerpo me pide escribir narrativa
en los últimos tiempos». Se trata de una recopilación de relatos, algunos muy breves, de corte realista en su mayoría, y que tienen la curiosa
característica de ahondar en cuestiones sociales de actualidad: así, «El
descapotable», «Monólogo», «La confesión»; «El mar que estuvo enfrente» retoma,
de manera extraordinaria, la historia del hallazgo del sarcófago fenicio de la
Dama de Cádiz, ya tratado en Textos lapidarios. En todos los relatos se tratan maravillosas historias que brillan por la humanidad de sentimientos de sus
protagonistas; también por la violencia de los mismos. Destaca el sorprendente manejo del tiempo y los espacios así como los múltiples puntos de vista y el impresionante intercambio de voces narrativas; «Intercambio» y «El corazón de felpa» brillan por sus diálogos jugosos; al mismo tiempo, otros relatos seducen por los complejos
y sofisticados monólogos interiores. El manejo excepcional de numerosos
recursos narrativos nos hace pensar que nos encontramos ante una escritora de
ficción que en nada desmerece a la poeta consumada.
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