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Por José Ramón Ripoll
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La historia de la poesía española del siglo XX bien se
podría contemplar a través de un álbum de fotos donde sus autores rondan una
mesa de café, se sitúan en las escalinatas de una residencia, se alinean de pie
y en cuclillas como si pertenecieran a un equipo de fútbol o aparecen a los
pies del monumento de otro poeta que, a su vez, también fue fotografiado
anteriormente. A esos grupos le solemos llamar generaciones, y ay de quien no
salga en la foto, pues seguro que está condenado a vagar en solitario por las
amarillentas páginas de nuestra frágil memoria. Son varios los autores que por
sus condiciones personales o por las circunstancias de su vida, no han formado
parte de ningún grupo generacional y, por tanto, su obra queda desclasificada
de los comportamientos generales. Pilar Paz Pasamar es uno de estos ejemplos.
Perteneciente por edad y también por estética a la Generación del 50, su poesía no se estudia, sin embargo, dentro de ese circuito. Como en el caso de Antonio Gamoneda, la voz de esta poeta gaditana se ha quedado fuera de una coral que,
sin duda, apreciaríamos más polifónica con la incorporación de estos
importantes registros. Sin embargo, su apartamiento generacional, su retiro en
su Cádiz natal y su buscada soledad han ayudado a forjar uno de los timbres más
cálidos de la poesía española de posguerra. La poesía de Pilar Paz es una
prueba ilustrativa de formación en solitario, lo que le ha permitido preservar
su estilo de hueras influencias y de tonalidades pasajeras, delimitándose un espacio personal, generosamente abierto a la llamada del lector.
Desde su primer libro, Mara (1953) hasta Sophía (2004),
nuestra poeta nos ha venido regalando más que ternura y sencillez en sus
versos: su poesía se fundamente en una pregunta metafísica que nos reanuda la
existencia. La primera pregunta juvenil encandiló a Juan Ramón Jiménez, que en
una carta a Ricardo Gullón escribe: «Hay una muchacha, Pilar Paz Pasamar, que
ha escrito un poema excelente, magnífico, sobre Dios. Entre los jóvenes poetas
encuentro de vez en cuando cosas excelentes. Ese poema es una joya. Esa niña es
genial». Se refería al primer poema de Mara: «... Búscate un lecho blando
/ en el pecho del niño o el poeta, / pero déjame a mí, muda y perdida / sobre
la tarde sola».
Corría el año 1951 y Pilar, que contaba
solamente con dieciocho años, acertó a conectar con la mejor tradición lírica:
la aureola verbal de nuestros místicos y la frescura sensual de un verso sureño,
marítimo y azul que se elevaba por encima de populismos y cánticos locales. Más
tarde y en la interesante correspondencia que J. R. J. mantuviera con la autora,
escribiría: «Mara-Noemí: le perdono su burla de llamarme Dios y le rozo con
la yema de los dedos, Luzbel enemiga, sus sienes rebeldes palpitantes de
misterio, de encanto e intensidad. Porque usted habla con las sienes, lo más
sentido del cuerpo y lo más duro del alma».
Mara nos
remite a la última poesía de Juan Ramón. No sé si Pilar Paz había leído ya Animal
de fondo, aparecido en Buenos Aires dos años antes, en 1949. La
distribución editorial entre España y América no se ha caracterizado por la
rapidez. Lo cierto es que encontramos un paralelismo, atmosférico más que
verbal, en las dos obras que nos da la clave para el seguimiento poético de
nuestra autora. Uno es un libro de final de un destino: el otro, de inicio y
juventud. Juan Ramón, que era bastante crítico con la poesía contemporánea
española, encuentra en esta voz un foco de vida, precisamente porque en ella acusa su obra expansiva, con buen pulso y el profundo eco de la tradición que él mismo
reivindicaba. En esta niña se averiguaba el susurro de Gil Vicente, Lope o
Teresa de Jesús. Su búsqueda de Dios no era, ni producto de una angustia, ni de
una necesidad ritual, sino fruto de una pasión natural que descubría los «otros
nombres» de las cosas, cercana al tono panteísta de los últimos escritos del poeta de Moguer.
Desde entonces, la voz de Pilar no ha hecho más que
construir un continuo diálogo con el misterio de la vida, con la eterna
palabra, con el silencio soberano, pero también con las cosas mundanas, con la
naturaleza, con el paisaje que le rodea, con el mar, necesario pretexto para
seguir viviendo en la pregunta.
Unos versos de Violencia inmóvil (1967) dicen: «Hay
algo que nos pasa inadvertido / algo que nos transita y que no vemos. / Borges lo
llama Aleph y los sencillos / le llamamos misterio...». Ese pasar inadvertido es
el motivo de su poesía. A cuanto permanece detrás de la aparente realidad ha
dedicado nuestra autora casi todo su tiempo, sabiendo conjugar perfectamente
las cosas de a diario con la pregunta universal, lo cotidiano con lo inasible,
lo fugaz con lo permanente. Todo ello ha ido configurando un lenguaje purificado,
personal, transparente, donde sobran retóricas y vanas metáforas, porque en el propósito de su búsqueda las ha ido desechando. El estilo es preciso, claro y luminoso, lo
justo para expresar concisamente esa unión inquietante de nuestra vida con el todo. Para mí, aquí estriba la religiosidad de Pilar: en la necesidad de coaligar la
existencia con la identidad de lo absoluto. Alegría y angustia, muerte y vida,
desazón y sosiego no son estados enfrentados en su poesía, sino distintas
maneras de plantear esa pregunta que, en su signo, ya cumple su razón gozosa.
La poesía de Pilar Paz es, pues, producto de un tejer solitario, de un pensar en
silencio y, sobre todo, de una atenta escucha que transforma el pulso
interior en una «música callada», en un ámbito sonoro donde dominan forma y
armonía. Por eso, si su figura no aparece en la fotografía generacional, su
voz se impone por derecho. |
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