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Es para mí muy gratificante, ocuparme de un aspecto sumamente
interesante de la poesía de Pilar Paz Pasamar. Una poesía que puede ser
estudiada desde diversos aspectos, dado que es, a mi juicio, la voz de poetisa
jerezana, una de las más importantes y singulares de la generación poética del cincuenta, a la que todavía no se le ha hecho la justicia que merece, especialmente porque
distintos antólogos de la citada generación no han tenido en cuenta sus
valores, su categoría como una de las figuras más significativas de la poesía
española coetánea.
Y me ha correspondido en esta ocasión glosar su sentido de
la lírica popular. Mas antes de entrar en ello, hagamos una reflexión sobre la
copla y el romancero andaluz, sobre sus valores literarios, espirituales y
humanos para comprender mejor la calidad y los saberes que, al respecto, Pilar
Paz Pasamar ha insertado en sus poemarios. Según José María Pemán —que, dicho
sea de paso, admiraba a nuestra poetisa—, no hay cosa más trágica para un
pueblo o una región, que eso de que le claven, como a una cruz, a una
literatura fácil y superficial y a unos adjetivos inalterables y únicos, porque
este es el caso de Andalucía, cuando la poesía andaluza de índole popular no es
fácil ni es vulgar, sino que llega al pueblo por humana, filosófica y rotunda.
Y el lirismo del pueblo en sí es muy difícil de captar, por eso ha sido en
todas las épocas un deseo de los poetas cultos andaluces. Pero no todos han
logrado escribir el cante, la copla que el cantaor cante y que a la par parezca
creada por el propio intérprete, o el romance que contenga la expresión natural
del viejo romancero.
Esto muy pocas voces lo consiguieron. Una voz de esas pocas
tocadas con el don preciso para ello, repetimos, es la de Pilar Paz Pasamar,
porque ejemplifica cuanto aseguró el folclorista Rodríguez Marín: «Las
principales cualidades de la copla popular son la espontaneidad, la claridad y
la sobriedad», añadiendo: «La poesía popular no tiene ripios». Así se demuestra
en las coplas y romances de Pilar Paz Pasamar. Y vamos con sus coplas. En su libro La
torre de Babel y otros asuntos, recoge varias composiciones que tienen un
sentido de lo popular verdaderamente explícito. Así en la titulada «Domingo»,
dedicada a Rafael Alberti, y en la que glosa a la ciudad de El Puerto de Santa
María, encontramos coplas de tres versos octosílabos, que se pueden cantar
flamencamente por soleares o bulerías. He aquí una muestra: «Yo supe que te
quería / cuando atravesé el silencio / caliente de la Herrería.».
No se puede escribir una copla flamenca con tanta
perfección, porque al posible cantaor le facilita la ligazón de los tercios.
Además, al no existir en ella ninguna metáfora, el intérprete entiende y asume
lo que canta, algo imprescindible para que ponga en su «decir» la jondura más
entrañada. Y en este mismo sentido, en su serie de «Soleares», dedicadas a su
padre, que fue un gran aficionado al cante flamenco, escribe: «Si la uva va al
lagar / y si deja que la pisen, /¿de qué me voy a quejar?».
Una copla que lleva intrínseco el sentido fatalista de
tantas coplas del acervo flamenco más legítimo. En cuanto a la temática
amorosa, dedica, entre otras, las siguientes a Carlos: «Caminito a solas, no. / Contigo
voy al infierno / pero sin ti, ni al balcón / [...] Mientras te quedas dormido
/ yo voy contando una a una / las veces que no has venido.». Coplas que nos
recuerdan a aquella tan cantada y que dice: «En un cuartito los dos / veneno
que tu tomaras / veneno tomara yo.». Máximo exponente de la entrega sentimental
de la mujer andaluza.
En el libro La soledad contigo, encontramos su
«Coplilla de una decepción». Es un poema singularísimo y profundo por su
temática, cuyas primeras estrofas pueden ser comparables con la nana más
popular que podríamos recordar. Las transcribimos:
Dentro
del sueño tenía,
hija
mía,
otro
signo, otro color.
Niño
te crecía yo.
Por
dentro de mí eras río,
fuente
no,
lucero
en vez de estrellica,
ruiseñor
en
vez de alondra, coplilla
naciste,
que no canción.
Y en la misma sentimentalidad popular, Pilar Paz Pasamar ha
compuesto su «Canción para una noche de dolor», una nana nacida del más condolido corazón de una madre. Así también en «Oración para poder amamantar a mi hijo» y
otros veros entrañables, transidos de sentido popular en sus expresiones,
especialmente en el coplero romance «Coplillas de un secreto», en el que leemos: «Teníamos la frontera: / una almohada por medio / y de pronto, enredadera / que
va alzándose del suelo, / le diste alcance a mi sombra / y se iluminó el momento.».
Otro poema, que forma parte del libro La torre de Babel y otros asuntos, titulado «Música nuestra» —dedicado a J. A.
Castañeda— es una glosa exaltadora de la historia y los sones musicales
andaluces, de sus diversas y asumidas corrientes a través de los tiempos, las
razas y las culturas. Es una composición espléndida, tan descriptiva como
honda, jonda, diríamos, que debería ser lema o, al menos, texto de obligado
conocimiento en los conservatorios de Andalucía. He aquí algunos de sus versos:
Desde
el unísono absoluto
a
la orquestal polifonía,
desde
las leyes de Argantonio
a
las últimas sinfonías,
desde
la liturgia mozárabe
a
la pícara tonadilla,
desde
el divino antifonario
a
la inefable siguiriya,
por
las junturas de los siglos
y
los resquicios del melisma,
por
las gargantas y los dedos
creció
exultante y desvestida.
Poema mayúsculo en calidad y entrañamiento con las músicas
de su tierra, Pilar Paz Pasamar lo remata, briosa su palabra, con la mayor
emoción y fe en la música andaluza, tan inmemorial como presente:
Toldo
del tiempo, abismo de agua,
música,
cántico, poesía...
¡Pan
para todos que reparten
las
cosechas de la Armonía!
Valga nuestro empeño para despertar la curiosidad de
posibles lectores, para que descubran una faceta importante de la poesía de
Pilar Paz Pasamar, ese sentido de la lírica popular, que Serafín y Joaquín
Álvarez Quintero consideraban un género que parece sencillo, pero que es muy difícil,
porque para ejercerla «es indispensable llevar en el corazón un granito de sal especialísima». |