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Por Matilde Donaire
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Transcurría el verano del año 1952, en el albergue de El castillito, en
San Fernando. Allí hacíamos el entonces llamado Servicio Social, obligatorio
para las universitarias.
En uno de aquellos atardeceres
de tristeza y nostalgia en los que me aislaba de las demás, pues yo no quería
estar allí, oí a Pilar decir un poema que me hizo un enorme bien.
Porque Pilar no
recita, ella dice la poesía con el alma, desde el fondo de su alma tan cálida.
Ya lo dijo Juan Ramón Jiménez en una de las cartas que le dirigió: «Usted habla
con las sienes, lo más sentido del cuerpo y lo más duro del alma.».
Pero al final de
aquel verano nos separamos sin comunicarnos, quedando sólo como lazo de unión
la profunda huella de su poema en mi recuerdo.
Muchos años después encontré de
nuevo su nombre en un libro de Ricardo Gullón, Conversaciones con Juan Ramón
Jiménez, en el que el Nobel le dedica un encendido elogio. Así supe que nos
unía en la distancia un nuevo lazo, la admiración por el poeta de Moguer. Y me
propuse buscar y encontrar a Pilar.
No fue fácil, pues nada sabía de ella. Gracias a unos buenos amigos
gaditanos lo conseguí de una manera insólita, que no es el momento de
relatar, y fui a visitarla a su casa de Cádiz. Desde entonces, un fuerte
vínculo de amistad nos une y nos unirá siempre pues, en una palabra que ella
ha creado, hemos llegado a ser hermamigas.
Su labor como escritora y como
poeta es de sobra conocida. Pero quizás no lo sea tanto el destacado papel que
llevó a cabo como presidenta de la Asociación de Amigos de la Casa Museo Zenobia y Juan Ramón, que con sede en Sevilla agrupa a admiradores de la obra y
la persona del poeta.
De forma
altruista y desinteresada iniciamos la publicación de una bella revista
literaria, Papeles de la Alacena, que tuvo gran difusión. Como
secretaria de la asociación, puedo dar fe de que llegamos a publicar once
números que hoy se conservan en muchos rincones de nuestro país y fuera de él.
En la Universidad de Puerto Rico, por ejemplo, he podido comprobar que los
guardan con admiración y cariño.
Su publicación y distribución se
hizo de forma absolutamente altruista, y los que en ella escribieron lo
hicieron siempre desinteresadamente.
Pero lo que mejor define a Pilar
es que en pleno éxito, en plena juventud, cuando tenía el Madrid literario en sus
manos, lo dejó todo y se fue a ese rincón gaditano, enamorada de Carlos y
dedicada a sus hijos. Para seguir escribiendo en soledad, huyendo de los
relumbrones.
En una
entrevista que le hicieron y a la pregunta: «De no haber sido poeta, ¿que le
hubiera gustado ser?», respondió: «No me lo imagino. Nada. Nada, fuera de la
poesía».
Por eso,
Pilar, tu secreto está en que compartes con otro gran poeta, Gabriel Celaya, la
convicción sublime de que «la poesía es un arma cargada de futuro».
Y así seguirá
siendo.
* Presentación de Pilar Paz
Pasamar en el Ateneo de Sevilla, en diciembre de 2000. |
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