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Cuando la mar golpea en el dintel del día y las palabras son
en forma de paloma o de gaviota, abre Pilar sus párpados y Filomena canta en
una delicada jaula del salón. Un salón que, como ella, se abre para atrapar el
viento y conmover la luz «porque sólo perdona el que es amado» y,
solamente sola, va perdonando al mundo de tanto olvido afásico y acercándolo
ingrávido hasta la pluma.
Ella también es Dios, igual que Juan Ramón, y acaricia a un
Platero renovado que adquiere a su voz el nombre de Mara y la toma del viento
de su forma y la pasea alegre por la arena.
Pilar abre la casa, ese terrible caserón que se aduerme bajo
el rayo solar de un gran árbol —ahora ya segado por ajenos transeúntes del
dinero— y deja atrás inverosímiles movimientos de libros, perchas, cosas, que,
sabiéndola grande, trazan rastros y huellas. Bien dice en un poema: «mi
tierra está lejos» y no me refiero aquí a que Segovia diste casi un mar de
Cádiz, sino a ese otro ser, al ser no siendo sino de donde uno es»; «Allí
surgió la llama bajo los techos cónicos... Era sólo vivir, ardua la caza y el
amor al viento». Doy fe de ese lugar que tanto día abrió, hasta dejar entrar
en su casa y sentarnos a la redonda mesa revuelta de papeles donde tantos
tomaron sus asientos, Fernando, Carmen, Mauricio, Manuel Francisco, Antonio...
¿Un pescaíto frito con una cervecita o, mejor, unos pequeños dulces y un café?
Con palabras. Siempre había palabras con humo y esa voz tan danzarinamente
grave, heredada, tal vez, de la señora que sabía cantar y dormitaba entre el
gran corazón de su hija, Pilar, y un delicado cuadro suspendido en el amplio
pasillo de la exquisita casa. No sé qué le pidieran los demás otras veces.
Tomamos el pescado y la sencilla sopa que llevaba Fernando se quedó allí,
¿quién no cambia un desespero por un plato agostado de delicias marinas? A
la par, ella dijo: «El alba llega con los cestillos del olor, mientras tú, dueño
mío, te quejas y en voz baja me pides el té con hierbabuena». Imagino ese
amor comiendo de su mano y ofreciéndole a cambio la firmeza y el Eros de Tarmicón para esculpir poemas y poemas.
Pilar, una mujer que
rompe como el agua, que dice las palabras con su son de palabra, que confiesa
que Dios le pesa enormemente y es capaz de aniquilar la ley y decir qué es un
juez y quién debe juzgar; una niña terrible que salta con el verso a una alta
comba y perjudica el verso que no es, creándose a su paso la poesía cierta.
De qué edad la autora, en qué generación, qué grupo vocearla
o clamarla, callarla por temor, decir sí o no es.
Como Dios, lo es en todo;
estuvo ahí y aquí; alzó allá y acá; levantó sus ciudades y volteó murallas,
pero siempre ante el mar. Más terrible, si cabe, que cualquier maremoto, esa
tremenda violencia inmóvil de su estro infinito. Mas no inmóvil por no seguir
labrando con el hierro de la sabiduría, su Sophía lo sabe, sino porque
la perfección no es sino siempre la misma. «Saber es recordar». Puedo decir que sé, que recuerdo, que veo sus ojos hechos luz frente al azul
inmenso de esa bestia que llegaba a sus pies y lamía su espíritu. Ese animal
latente entre la arena que la acompaña, incluso, en su Ópera lecta. Una
mujer que se hilvana «por la ilusoria madeja que es el tiempo» y vuelve a
ser presente, cada vez que la pienso, ante mis versos. |