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Por Francisca Aguirre
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Seguramente, los que
conozcan a Pilar Paz Pasamar, sabrán que sus libros de poemas constituyen un mundo en el que la
tensión lírica, la evocación de los distintos acontecimientos que van
conformando la historia de una vida, el deslumbramiento ante el amor, la
valoración de lo cotidiano... son elementos que caracterizan la manera de estar
en el mundo de esta magnífica escritora gaditana.
Y, seguramente, habrá quien haya pensado que alguien tan enamorado del
microcosmos que constituye una despensa, tan dispuesto a valorar el pimentón,
la sal o el laurel, no era la persona más adecuada para echarle una mirada a
este tiempo nuestro tan bélico él, tan cruel, tan escasamente compasivo.
Sin embargo, ¡ah, sin
embargo!, como decía Machado, para escarmiento y espanto de muchos, para
asombro de los descreídos, un buen día aparece en la editorial Algaida un libro de Pilar Paz Pasamar
titulado Historias bélicas.
El relato breve es uno
de los retos de casi todos los escritores. Una de las cosas más difíciles en
literatura es la
síntesis, la síntesis nos obliga a ese
ejercicio exhaustivo que es seleccionar aquello que consideramos esencial para
que nuestra historia no traicione lo que un día vivimos. Pues en el caso que nos ocupa, debo decir a
ustedes que estas Historias bélicas son todo un logro.
Nuestra autora abre sus
ojos, sus sagaces ojos, sus compasivos ojos, sus deslumbrados ojos y echa una
mirada que es como un largo viaje. Un viaje que va de lo viejo a lo nuevo, de
lo cotidiano a lo extraordinario, de lo cruel a lo amoroso. De la infancia a la
madurez. Pero sobre todo, Pilar Paz se
detiene en los seres anónimos y en los objetos del vivir diario y dota, a los
unos y a los otros, de ese árbol genealógico extraordinario que significa el
hecho de ser únicos. El mendigo es un ser único, como lo es el tazón que se
lleva a los labios el niño o la niña.
Pero, además, el libro se sostiene abrigado por un ritmo casi verbal,
casi oral. La mirada de Pilar es una mirada poética, incluso cuando lo que
relata es terrible como en «Monólogo», «El descapotable», «La bota del pie derecho». Esa mirada poética, ese
paseo visual sobre los seres y las cosas siempre va
acompañado por un airecillo musical. No olvidemos que Pilar es gaditana y está empeñada en que se note. Cádiz es tal vez
el personaje más importante de estos relatos. Cádiz va y viene por todas las
páginas de este libro. Incluso
cuando la narradora habla desde la lejanía de su ciudad, siempre tenemos la
sensación de que una parte de ella está junto a su caleta.
De manera soterrada
Pilar Paz Pasamar va elogiando cada uno de los
elementos de su ciudad: el lenguaje, el humor, los tesoros escondidos bajo su
tierra, la belleza de la calzada romana que llega hasta Sancti
Petri. La hermosura de sus árboles, la gracia de sus
flores, geranios, azaleas, buganvillas. Y sus gentes. Sobre todo sus pobres y
encantadoras gentes. No quiero olvidar el relato del viaje a La Habana, porque en ese relato se evidencia hasta qué
punto Cádiz acompaña a nuestra escritora, de qué manera sus ojos van comparando
los restos de su tierra con los restos de lo que fue y es La Habana. Con qué piedad mira ese pueblo tan falto de
cosas necesarias para subsistir y tan lleno de cosas que lo ayudan a vivir: el
sol, el mar, las palmeras.
He disfrutado haciendo
ese recorrido por La Habana. He disfrutado leyendo estos relatos en los que se
aprecia hasta qué punto nuestra escritora domina el verso. Estas Historias
bélicas nos muestran lo muy necesitado que anda este mundo nuestro de
concordia, de respeto por el otro, en definitiva, también como diría Machado, de
cordialidad.
Pero de eso, Pilar Paz
tiene un capital enorme. Y de sentido de la escritura, otro tanto. Estas
páginas, además de contarnos cosas, nos las cuentan de una manera muy
determinada. La autora sabe en todo momento cómo quiere contarnos el suceso.
Por eso el libro tiene una gran
unidad. La tiene porque tiene un determinado tono, un tono que aparece en el
primer relato y no se abandona nunca. Y es el tono el que da su sentido a este
hermoso libro.
Leyéndolo he recordado
la Cádiz que conocí en el 63, cuando todavía existía la vieja Facultad de
Medicina y en sus jardines vivía un hermosísimo drago. Y también en aquel 1963
conocí a una hermosa muchacha llamada Pilar, que vivía con un hombre
encantador, llamado Carlos, en una callecita que se llamaba Brasil. Y allí
fuimos absolutamente felices Pilar y Carlos, Félix y yo. Desde aquella casa,
Pilar y yo miramos muchas veces el mar que teníamos enfrente. En aquella
cocina, entre ajos, laurel, pimientos y tomates, Pilar y yo tratamos de
arreglar el mundo y como no nos fue posible, empezamos a reírnos.
Aquella muchacha se ha
convertido en esta mujer magnífica que sigue mirando al mar y sigue intentando
arreglar el mundo, pero ya sabiendo que el mundo no tiene arreglo. En vista de lo
cual, ha decidido contarnos que el mundo anda mal. Que las personas no se
quieren bien. Pero que, como decía Dostoiewsky, «Hay
que amar la vida más que su sentido». Y eso es lo que nos dice Pilar en estas
hermosas Historias bélicas. Deseo, de todo corazón, que haya mucha gente
leyendo este libro. Disfrutando de
este libro. |
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