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Pilar Paz Pasamar

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Por Francisca Aguirre


Con su nieto José Carlos, 2005.Seguramente, los que conozcan a Pilar Paz Pasamar, sabrán que sus libros de poemas constituyen un mundo en el que la tensión lírica, la evocación de los distintos acontecimientos que van conformando la historia de una vida, el deslumbramiento ante el amor, la valoración de lo cotidiano... son elementos que caracterizan la manera de estar en el mundo de esta magnífica escritora gaditana. Y, seguramente, habrá quien haya pensado que alguien tan enamorado del microcosmos que constituye una despensa, tan dispuesto a valorar el pimentón, la sal o el laurel, no era la persona más adecuada para echarle una mirada a este tiempo nuestro tan bélico él, tan cruel, tan escasamente compasivo.

Sin embargo, ¡ah, sin embargo!, como decía Machado, para escarmiento y espanto de muchos, para asombro de los descreídos, un buen día aparece en la editorial Algaida un libro de Pilar Paz Pasamar titulado Historias bélicas.

El relato breve es uno de los retos de casi todos los escritores. Una de las cosas más difíciles en literatura es la síntesis, la síntesis nos obliga a ese ejercicio exhaustivo que es seleccionar aquello que consideramos esencial para que nuestra historia no traicione lo que un día vivimos.  Pues en el caso que nos ocupa, debo decir a ustedes que estas Historias bélicas son todo un logro.

Nuestra autora abre sus ojos, sus sagaces ojos, sus compasivos ojos, sus deslumbrados ojos y echa una mirada que es como un largo viaje. Un viaje que va de lo viejo a lo nuevo, de lo cotidiano a lo extraordinario, de lo cruel a lo amoroso. De la infancia a la madurez. Pero sobre todo, Pilar Paz se detiene en los seres anónimos y en los objetos del vivir diario y dota, a los unos y a los otros, de ese árbol genealógico extraordinario que significa el hecho de ser únicos. El mendigo es un ser único, como lo es el tazón que se lleva a los labios el niño o la niña.

Pero, además, el libro se sostiene abrigado por un ritmo casi verbal, casi oral. La mirada de Pilar es una mirada poética, incluso cuando lo que relata es terrible como en «Monólogo», «El descapotable», «La bota del pie derecho». Esa mirada poética, ese paseo visual sobre los seres y las cosas siempre va acompañado por un airecillo musical. No olvidemos que Pilar es gaditana y está empeñada en que se note. Cádiz es tal vez el personaje más importante de estos relatos. Cádiz va y viene por todas las páginas de este libro. Incluso cuando la narradora habla desde la lejanía de su ciudad, siempre tenemos la sensación de que una parte de ella está junto a su caleta.

De manera soterrada Pilar Paz Pasamar va elogiando cada uno de los elementos de su ciudad: el lenguaje, el humor, los tesoros escondidos bajo su tierra, la belleza de la calzada romana que llega hasta Sancti Petri. La hermosura de sus árboles, la gracia de sus flores, geranios, azaleas, buganvillas. Y sus gentes. Sobre todo sus pobres y encantadoras gentes. No quiero olvidar el relato del viaje a La Habana, porque en ese relato se evidencia hasta qué punto Cádiz acompaña a nuestra escritora, de qué manera sus ojos van comparando los restos de su tierra con los restos de lo que fue y es La Habana. Con qué piedad mira ese pueblo tan falto de cosas necesarias para subsistir y tan lleno de cosas que lo ayudan a vivir: el sol, el mar, las palmeras.

Con sus hijas Pilar y Mercedes.He disfrutado haciendo ese recorrido por La Habana. He disfrutado leyendo estos relatos en los que se aprecia hasta qué punto nuestra escritora domina el verso. Estas Historias bélicas nos muestran lo muy necesitado que anda este mundo nuestro de concordia, de respeto por el otro, en definitiva, también como diría Machado, de cordialidad.

Pero de eso, Pilar Paz tiene un capital enorme. Y de sentido de la escritura, otro tanto. Estas páginas, además de contarnos cosas, nos las cuentan de una manera muy determinada. La autora sabe en todo momento cómo quiere contarnos el suceso. Por eso el libro tiene una gran unidad. La tiene porque tiene un determinado tono, un tono que aparece en el primer relato y no se abandona nunca. Y es el tono el que da su sentido a este hermoso libro.

Leyéndolo he recordado la Cádiz que conocí en el 63, cuando todavía existía la vieja Facultad de Medicina y en sus jardines vivía un hermosísimo drago. Y también en aquel 1963 conocí a una hermosa muchacha llamada Pilar, que vivía con un hombre encantador, llamado Carlos, en una callecita que se llamaba Brasil. Y allí fuimos absolutamente felices Pilar y Carlos, Félix y yo. Desde aquella casa, Pilar y yo miramos muchas veces el mar que teníamos enfrente. En aquella cocina, entre ajos, laurel, pimientos y tomates, Pilar y yo tratamos de arreglar el mundo y como no nos fue posible, empezamos a reírnos.

Aquella muchacha se ha convertido en esta mujer magnífica que sigue mirando al mar y sigue intentando arreglar el mundo, pero ya sabiendo que el mundo no tiene arreglo. En vista de lo cual, ha decidido contarnos que el mundo anda mal. Que las personas no se quieren bien. Pero que, como decía Dostoiewsky, «Hay que amar la vida más que su sentido». Y eso es lo que nos dice Pilar en estas hermosas Historias bélicas. Deseo, de todo corazón, que haya mucha gente leyendo este libro. Disfrutando de este libro.
 
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