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Prólogo
El historiador, en su esfuerzo por aprehender la realidad del
pasado, ha de basar su investigación en testimonios de primera mano que le permitan
conectar con él. No hay historia sin fuentes, de cualquier tipo que éstas sean, pero con
demasiada frecuencia nos son poco accesibles, porque no están convenientemente
catalogadas, lo cual dificulta, o incluso impide, que desempeñen la función científica,
educativa y estética, si se trata de obras de arte, para la cual han sido conservadas. Si
esta labor de ordenación y sistematización es fundamental en las fuentes documentales,
no lo es menos en aquellos otros objetos, muebles o inmuebles, que constituyen el
exponente de la cultura de una época, o que dejan constancia de la actividad o del gusto
del hombre a través del tiempo. Limitados especialmente, o encerrados en archivos y
museos, unos y otros, tienen valor no sólo por sí mismos, sino como conjunto, porque su
mismo proceso de selección y de conservación constituye a su vez un hecho histórico de
primera magnitud.
Estas afirmaciones,
válidas de manera genérica, son especialmente ciertas en el caso de aquellas colecciones
que, como las Reales, combinan perfectamente la presencia de objetos singulares, fruto del
mecenazgo o del capricho individual, con otros que responden a un plan de adquisiciones
más premeditado, procedentes de donaciones, o incluso con un carácter funcional
concreto. La catalogación de sus fondos, múltiples y riquísimos, es fundamental, ya que
en muchas ocasiones resulta rnaterialmente imposible exponerlos al público adecuadamente.
Pero, por muy minuciosa que sea la atribución, descripción e indicaciones
complementarias que la clasificación comporte, difícilmente ésta cumplirá sus
objetivos si no respeta la cohesión de los fondos, rompiendo su unidad originaria o
desdeñando piezas consideradas de menor categoría. Este estudio cumple seriamente con
todos estos requisitos, y permite conocer, a especialistas y no especialistas, una parte
muy destacable de la colección de cerámicas y porcelanas que guarda el Patrimonio
Nacional, perfectamente definida por su lugar de procedencia. Se trata de piezas
fabricadas en manufacturas españolas, y, por la temática y estilo, de un tiempo
histórico muy determinado, comprendido entre los siglos XVI y XX.
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La
cerámica, como ocurre también con las demás artes llamadas decorativas, no es sólo un
elemento ornamental, sino el resultado de un proceso artesanal o fabril que refleja
fielmente los condicionamientos económicos y técnicos de una determinada época. Su
calidad y características no dependen de la invención o de la personalidad de un artista
individual, sino de las materias primas y de un laborioso y complejo sistema de difusión
y de aprendizaje, en el que se combinan influencias y tradiciones muy diferentes. En ella
predomina la utilidad sobre la belleza, y ni siquiera en el caso de una producción
minoritaria y selecta puede prescindir del equilibrio entre los dos elementos. Aunque hay
algunos casos, como es el de la loza de Talavera, en que la demanda fue muy extensa, tanto
desde el punto de vista social como geográfico, y cuya producción llegó a ser
auténticamente popular, esto nunca fue óbice para que contase siempre con una clientela
selecta y distinguida, que adquiría sobre todo vajillas para sus ajuares, y que exigía
mayor esmero, cuando no piezas únicas, y cuya decoración corría a cargo de buenos
artistas, en muchos casos de procedencia extranjera.
La brusca
disminución de la circulación de metales preciosos y las dificultades financieras de las
monarquías contribuyeron a desplazar de las mesas de los reyes y de la alta nobleza los
servicios de oro y plata en favor de las humildes lozas, no tanto por un cambio de gusto
como por el temor de que pudiesen inventariarse y ser utilizados para la acuñación de
moneda. El cambio no se produjo sólo en España, sino en toda Europa, en donde los
holandeses empezaron a difundir porcelanas y lacas importadas de Oriente. No mucho
después, ya en la segunda mitad del siglo XVII, el descubrimiento de la porcelana
caolínica en Sajonia y la protección minuciosa sobre las actividades de los ceramistas,
en virtud del mercantilismo imperante, impulsaron de forma notoria su fabricación,
dirigida exclusivamente al servicio de las distintas Cortes y de los grandes potentados
del momento. Quizás por ello su evolución posterior, en los siglos XVIII y XIX, refleja
perfectamente las pautas del gusto artístico y las necesidades suntuarias de unos grupos
sociales muy determinados.
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La
colección que se presenta en este Catálogo refleja con toda claridad este proceso y
muestra en qué medida los alfares españoles más significativos actuaron en gran parte
como manufacturas reales y evolucionaron de acuerdo con las exigencias de la demanda
cortesana. En unos casos porque, fuera de ella, la calidad y la estética debieron
supeditarse al mantenimiento de bajos costes de producción; en otros, porque los propios
monarcas contribuyeron directamente a poner en marcha las fábricas.
El caso más
expresivo es, desde luego, el de Carlos III, a cuya voluntad se debió la creación de la
fábrica de Capodimonte y su posterior traslado a Madrid en 1760. Esta empresa
típicamente ilustrada, en la que no se reparó en gastos, estuvo al servicio exclusivo de
la Corona, ya que los intentos que se hicieron para comercializar su producción
fracasaron estrepitosamente, tal y como ocurrió en el caso de otros establecimientos
similares. Sin ninguna relación con el contexto artesanal sobre el que se asienta, ni el
interés real ni los privilegios pudieron evitar su decadencia. Funcionó siempre con
operarios extranjeros, como también lo fueron sus directores, con la excepción del
último, Bartolomé Sureda, al contrario de lo que sucedió en Alcora, en donde su
fundador, el IX Conde de Aranda, padre del político aragonés de la época de Carlos III,
estableció que todos los que trabajasen en ella debían proceder de tierras de su
señorío. Pero, como la técnica no se improvisa, también tuvo que importar alquimistas
y pintores de Meissen, dispuestos a divulgar los secretos de aquella porcelana y a
enseñar a los aprendices de Alcora su fabricación. Pedro Pablo, el X Conde de Aranda, en
sus viajes diplomáticos, no se olvidó nunca de visitar manufacturas de este tipo, con
objeto de contribuir a la mejora de su propia fábrica. Rivalizó con el rey en
representar el papel de buen comerciante y artesano, y gastó también en ello una parte
considerable de sus recursos. Uno y otro, cada uno en su esfera, procuraron adaptarse al
modelo «ilustrado» y combinar sabiamente, como en sus porcelanas, cultura y utilidad.
El regio impulso, o
la demanda palaciega, constituye un factor clave en el desarrollo de las fábricas aquí
catalogadas, bien se debieran éstas a la iniciativa pública, bien a la privada, como
ocurre en el caso de la loza de Pickmann o la de Sargadelos. Incluso alfares mucho más
modestos, como los de Valdemorillo y Triana, sólo logran un inusitado auge gracias a los
encargos realizados por la Casa Real. Ello revela que la cerámica de calidad tuvo en
España, hasta fechas relativamente recientes, un mercado estable aunque
reducido, y que su fabricación dependía estrechamente de la protección oficial
con que contara. Con ella coexistió siempre la cerámica popular, de procedencia rural o
urbana, que nunca sintió su competencia, aunque en algunos casos se dejara influir por
algunas de sus formas y motivos ornamentales.
Pero no es cometido
de quien no es especialista en la materia tratar de las peculiaridades o de los estilos
aquí inventariados, ni siquiera ponderar la belleza de muchas de las piezas que se
describen, sino resaltar, como historiadora, la importancia de poder disponer del
catálogo sistemático de unos fondos poco conocidos, pero de enorme riqueza. La
catalogación de la colección se ha hecho con criterios científicos y actuales,
proporcionando no sólo los datos de identificación imprescindibles, sino también las
referencias documentales o bibliográficas que puedan enriquecerla, sin olvidar en ningún
momento el marco histórico que da sentido a todas y cada una de ellas, es decir, la
trayectoria de las propias fábricas de las que proceden. La mayor o menor representación
de unas u otras, e incluso las ausencias de algunas manufacturas significativas, la
protección real, y también la crisis de muchos establecimientos, son el fiel reflejo de
unos condicionamientos socioeconómicos y de unos gustos que evolucionan con el paso del
tiempo y que reflejan objetivos y modas.
Por todo ello, sólo
me resta felicitar a los estudiosos de la cerámica española por este trabajo que
facilitará su tarea; a su autora, María Leticia Sánchez Hernández, por la
satisfacción de la obra minuciosa y bien hecha, que sólo en parte puede compensar el
duro trabajo realizado; y al Patrimonio Nacional, por ofrecer al público en general un
testimonio vivo de su inmensa riqueza y de su interés por darla a conocer.
Mª
Victoria López-Cordón Cortezo
(Catedrática de Historia Moderna de la
Universidad Complutense de Madrid)
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