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Características generales




La fábrica de Sargadelos


Índice


La llamada fábrica de Santiago de Sargadelos fue una de las manufacturas más importantes del litoral gallego. Su fundador, Antonio Raymundo Ibáñez Gastón y Valdés, caballero de la Orden de Carlos III y director de la Real Compañía Marítima de Ribadeo, proyectó el centro de Sargadelos aprovechando la fuerza hidráulica y la riqueza de los montes circundantes. Lo primero que se instaló en el lugar fue una herrería, que sería destruida por un incendio provocado en 1798. La propiedad de los terrenos es difícil de demostrar: Ibáñez tuvo problemas con las cláusulas de los terrenos comunales, con la tala de los árboles y con los lugareños. Las negociaciones duraron tres años, desde 1788 a 1790. El incendio se produjo durante un motín y fue entonces cuando Godoy ayudó a Ibáñez en la reconstrucción de la industria, mediante la donación de dos millones de reales. En 1804 estableció una fábrica de loza a «imitación de la de Bristol», colindante con la antigua herrería, y en este mismo año mantuvo un pleito con un capitán de navío de la Real Armada a causa de la jurisdicción que la marina tenía sobre las fábricas. Ibáñez ganó el pleito y consiguió la protección del Real Cuerpo de Artillería. Durante la guerra de la Independencia, Ibáñez formó parte de la junta de Ribadeo, pero aun así, y debido también a rencillas interiores, los paisanos le consideraron como un afrancesado y le asesinaron.

La Fábrica quedó entonces a cargo de Francisco Acevedo, quien tuvo que hacer frente a las dificultades económicas que sobrevinieron después de la guerra, dirigiéndola hasta su muerte en 1832. La dirección técnica del período comprendido entre 1805 y 1832 estuvo en manos de José Antonio Correa de Saa. Pronto comenzaron a realizarse ensayos de porcelana, comercializándose las piezas a partir de 1813. Destacó la calidad de las pastas y la sencillez decorativa, basada en líneas azules y doradas. Al morir Acevedo, en 1832, la Fábrica se cerró. En 1835, el hijo de Antonio Ibáñez, José, se hizo cargo de la misma asociándose con Antonio de Tapia y Piñeiro, unión que continuará con Anita Varela, viuda de José, hasta 1842. Tapia se encargó de la producción de loza fina, blanca y pintada. A la muerte de Anita Varela, Piñeiro obtiene el arrendamiento de la Fábrica, como antes había obtenido el de la fundición, traspasando enseguida los contratos a una compañía representada por Luis de la Riba. La Fábrica estuvo en manos de esta sociedad hasta 1866, año en que volvió de nuevo a los Ibáñez. La administración correrá a cargo de Ricardo e Hípólito Ibáñez, y el arrendatario será Carlos Ibáñez. Este período se encuentra plagado de dificultades debido a que no se concedió el préstamo de la Diputación de Lugo y al fracaso de la asociación con Atocha y Morodo; los hornos y edificios terminaron siendo quemados.

Durante la primera etapa se recibieron encargos de Galicia y del interior de España, fabricándose loza de tipo inglés sobre la base de piezas muy delgadas y ligeras, con gran pureza de contornos y barniz cristalino. La calidad de la porcelana era extraordinaria gracias a la abundancia en las cercanías de dos materiales, el feldespato y el caolín, elementos que otorgan a la porcelana su carácter de transparencia y fragilidad. En escultura se hicieron relieves —entre los que destacó La defensa del parque de Monteleón en 1808, dedicado a Fernando VII por José Ibáñez— y doce placas representando a cada uno de los apóstoles. También se hicieron algunas placas ovaladas, tipo Wedgwood, y algunas estatuillas y floreros.


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A partir de 1835 —segunda etapa— se hacen piezas blancas y pintadas. La mayoría fueron creadas por M. Richard de Turía. En esta época también trabajaron en la Fábrica artífices andaluces y levantinos. El arriendo a la sociedad de Ribadeo supuso, en 1845, la implantación de máquinas nuevas y, sobre todo, el establecimiento de un taller de estampado, dirigido por el inglés Edwin Forester, de la manufactura inglesa de Staffordshire. Vinieron también otros ingleses, como Gratton, Peticlúr y Bennion. Los objetos de esta época abren la moda de las lozas estampadas de la china opaca en tonos azules, en la que proliferan los motivos de Mambrú, las aves del Paraíso y las botellas que representan vírgenes. La decoración tiene claras influencias de Copeland y Davenport, y en ella predominan dos tipos de motivos: las composiciones que representan vistas de ciudades y paisajes y las escenas imaginativas, que generalmente están destinadas a vajillas. Algunas de las series más importantes son las que tienen escenas de la.vida de Don Quijote y las vistas de Cuba, Andalucía y Galicia. Dentro de esta etapa se encuadran las piezas que ofrecemos en el catálogo procedentes de esta Fábrica (números   249 y 250), pertenecientes a una vajilla de Isabel II.

En la tercera etapa, correspondiente a la dirección de Forester, se elaboró loza pintada para vajillas en tonos verde, azul claro y rojo. También se hicieron piezas con motivos heráldicos y algunas figuras. Entre estas últimas destacan los jarros Toby —que representan a un personaje inglés, un mambrú o un macaco—, los perros y la famosa pareja que va de fiesta: Doña Mariquita ponte el manto y Don Martín Garabato. Igualmente, proliferan las botellas de agua bendita que representan a la Virgen de los Dolores. La influencia inglesa se manifiesta en las placas estilo Wedgwood, emitidas por series, así como en los centros blancos de mesa. Las luchas económicas planteadas en el seno del establecimiento provocaron su cierre definitivo en 1875.

Las marcas de Sargadelos se dividen, según la época de fabricación, en las siguientes etapas: la primera, correspondiente a José Correa, marca las piezas con una S; la segunda, de Richard, estampa en los objetos el nombre completo de Sargadelos con las iniciales T y P correspondientes a Tapia y Piñeiro, socios de Ibáñez; la tercera, en la que se pinta bajo el barniz la Corona rodeada por la inscripción Real Fábrica de Sargadelos —marca que reproducimos en las ilustraciones de la vajilla de Isabel II; y la cuarta y última, en la que se sigue utilizando la Corona Real estampada o grabada en hueco y los términos china opaca o semichina insertos en una góndola rematada por un jarrón. El nombre de la Fábrica puede leerse en una cartela situada en la parte inferior de la insignia. Aunque las fábricas se denominaron como reales establecimientos desde Carlos IV, ese título no se usó nunca hasta los tiempos de Isabel II, posiblemente con motivo del regalo ofrecido por la manufactura gallega a la Reina.


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