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El País Vasco —Euskadi— es el verdor de los prados, de los montes, de los valles resguardados: bosques, caseríos, pero también ciudades. Y la costa, afilada aquí, amable allí, vibrante en el oleaje de las tormentas de acero, de la espuma que salpica, de las ondas suaves de la calma... El verde del mar, el azul del mar, el gris del mar y el ámbar del atardecer, la niebla, son sus colores. |
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Estas tres provincias, Vizcaya, Álava y Guipúzcoa —Bizkaia, Araba y Gipuzkoa— se abrazan con el mar y la historia, con la osamenta de la tierra profunda, con el porvenir y con los ecos del remoto antaño. Así nos lo atestiguan, por ejemplo, las obras del escultor Eduardo Chillida (1924-2002) y del fotógrafo Antonio Lobo Altuna (1967). Con su mundo inventado de Obabakoak, una destilación de muchos de los rasgos característicos de las gentes y de las tierras vascas, Bernardo Atxaga (1951) nos puede ayudar a sentir este territorio:
Desde la altura donde nos encontrábamos el mundo parecía un lugar tranquilo y silencioso. El viento sur, el viento de los locos, y el de los insatisfechos que siguen buscando, y el de los pobres de espíritu, y el de los que duermen solos, y el de los humildes que sueñan despiertos, hacía nacer en nosotros la ilusión de que todos los seres y cosas estaban justo en su sitio, allí donde debían estar: las estrellas, lejos y en lo alto; los montes y los bosques, a nuestro alrededor y durmiendo plácidamente; los animales, durmiendo también ocultos en algún lugar, unos entre la hierba, otros en las pozas de los ríos; los topos y los ratones en madrigueras construidas bajo tierra. Daban ganas de quedarse allí.
[«Finis coronat opus», en Obabakoak.]
Como ayuda para la mejor comprensión de la fisonomía de esa tierra, en Rinconete, «El País Vasco y sus topónimos: I, II y III»,
se hace un itinerario por la historia profunda de los nombres y lugares que se recorren en esta exposición.
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