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Navarra, el viejo reino, en un territorio no demasiado extenso da cuerpo a unos contrastes paisajísticos muy acusados: desde el norte verde, frondoso, cuajado de prados y montes en las últimas estribaciones de los húmedos Pirineos occidentales —Roncesvalles y los vecinos valles del Bidasoa y el Baztán—, pasando por la capital, Pamplona, hasta la aridez del sudeste en las Bárdenas Reales. En otras páginas del Centro Virtual Cervantes se recogen algunos rostros de sus habitantes, captados por el fotógrafo vasco Antonio Lobo Altuna (1967; sobre todo, en la sección «Estampas profanas»).


Navarra —Nafarroa— es una hermosa tierra, en la que hunden sus raíces diversas muchos pueblos y culturas, tal como revelan los nombres que adornan y califican su geografía (se puede comprobar en Rinconete, «Navarra y sus topónimos: I y II»). Navarra, con ese fértil sustrato, ha sido una tierra prolífica en sus aportaciones a la cultura hispánica: en ella nacieron el científico y premio Nobel Santiago Ramón y Cajal (1852-1934), el poeta Ramón Irigoyen (1942), el pintor Pedro Salaberri (1947), el cineasta Montxo Armendáriz (1949)... El narrador y poeta Miguel Sánchez-Ostiz (1950), pamplonés que se mudó desde su ciudad al norte, al valle del Baztán, describe su otoño de esta manera:

Veamos. Las noches empiezan a ser frías y despejadas, y a la luz de la luna el valle en el que vivo es una sucesión de siluetas de colinas y montes bajos de un gris muy tenue. Así suelen ser muchos de los cuadros de Pedro Salaberri: limpios, profundos, misteriosos, tanto como esos jardines cerrados que siguen un orden secreto, cuando en ellos no hay nadie. Ya ha helado alguna vez y eso que todavía no han empezado las nieblas cerradas, ésas en las que uno desaparece como detrás del telón de un escenario, o mejor todavía, como si se confundiera con la pantalla de una sala de cinematógrafo y en ella desapareciera: detrás no suele haber nada. Y si los días no son despejados, son de aguacero, que también difumina las cosas hasta hacerlas irreconocibles, sobre todo fuera de las ciudades. Bien, casi todo invita a la contemplación y al recogimiento, que no me parece que sean estas cuestiones muy actuales, no.

[«Cuestiones de estilo», en El árbol del cuco (1991-1993).]

 

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