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Cuando se evoca la Comunidad de Madrid, una de las imágenes recurrentes que acude a nuestro pensamiento es la de la ciudad que le da nombre. Dinámica, populosa y de gran impulso humano, ciertamente, Madrid acoge en su territorio una gran variedad de opciones artísticas y culturales, como las que pueden admirarse en el Museo del Prado o en el viejo Salón de Reinos del antiguo complejo palaciego del Buen Retiro o en el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, por ejemplo.


En esta ciudad nacieron, entre otros muchos dones de las letras y las artes, Lope de Vega (1562-1635), Francisco de Quevedo (1580-1645), Calderón de la Barca (1600-1681), Leandro Fernández de Moratín (1760-1828), Eduardo Rosales (1836-1873), Federico Chueca (1846-1908), José Gutiérrez Solana (1886-1945), Juan Gris (José Victoriano González, 1887-1927), Enrique Jardiel Poncela (1901-1952), José Hierro (1922-2002), Cristóbal Halffter (1930)... En esta ciudad, por motivos de ser corte o de estudio o de bolsa o por los que fuera, habitaron Velázquez, que captó sus cielos para siempre, y Goya, que captó a sus gentes en fiesta y en lucha, y Neruda, y Lorca y Buñuel y Dalí. Del río madrileño —el río gato, el arroyo sin bríos, que dijo Lope, el río aprendiz, que dijo uno llamado Quevedo, el medio río medio seco, que cantó otro, Víctor Manuel— escribió Ignacio Aldecoa (1925-1969) en su cuento La balada del Manzanares:

Del oeste al sur, largas agujas de nubes de dulzón color corinto. Del oeste al norte, el templado azul del atardecer. Al este, las fachadas pálidas, los cavernosos espacios, la fosfórica negrura de la tormenta y de la noche avanzando. Alta, lejana, como una blanca playa, la media luna. De los campos cercanos llega un aire adelgazado, frío, triste. Los humos de las locomotoras, los humos de la cremación de las hojas secas, los humildes humos de las chabolas de la ribera derecha, empañan la cristalina atardecida. Murciélagos revolando el cauce del río chirrían sus gritos, trapean sus alas. La arboleda es un flotante, neblinoso verde. El Manzanares se tersa y opaca en una larga fibra mate. No cesa, no calla, el irritante altavoz del último merendero, del merendero del otoño. Colmena un avión en el cielo del ocaso, verdeamarillo ya, sobre los cerros negros de la Casa de Campo.

Madrid no es sólo Madrid, por supuesto. Esta comunidad autónoma uniprovincial también ofrece a los amantes de la naturaleza y del verdor del paisaje bucólicos montes y agrestes montañas. Así, próximos a la ciudad existen rincones que representan otra vertiente de singular atractivo: las posibilidades de las tierras madrileñas sorprenden por su colorido peculiar y su insospechada belleza desde la Sierra de Madrid, que como parte del Sistema Central recorre los límites septentrional y occidental de la provincia, hasta las campiñas del valle del río Henares, en el este, a cuyas orillas nuestro Miguel de Cervantes (1547-1616), hijo de Alcalá de Henares, comenzó a existir y a soñar.

Mención aparte merecen los jardines, de los que la provincia de Madrid cuenta con magníficos representantes. El ser humano, con sus diversas actividades, influye en el medio y modifica la fisonomía de la naturaleza. En los jardines, esta transformación se lleva a cabo de manera consciente: vegetación, agua, luces y sombras y sonidos se destacan para recrear espacios armónicos de una manera racional o a veces simplemente emotiva. La ciudad de Aranjuez, Real Sitio a orillas del río Tajo, en el sur de la comunidad, alberga un palacio real de gran interés. Junto a él, encontramos unos jardines que son el resultado de una labor de siglos. Sus antecedentes hay que buscarlos en los huertos y jardines establecidos durante el reinado de Felipe II, en el siglo XVI. De esta época data el Jardín de la Isla. Los Jardines del Parterre y del Príncipe son iniciativa de los Borbones en el siglo XVIII, según diseño del jardinero francés Boutelou. En todos ellos, el componente vegetal se enriquece con diversas fuentes y esculturas que recogen escenas mitológicas y bustos de personajes de la antigüedad clásica.

Por su parte, en pleno centro de la ciudad de Madrid se sitúan los Jardines del Campo del Moro. Las avenidas del jardín, de trazado geométrico, se extienden hasta la fachada occidental del Palacio Real o de Oriente. El Campo del Moro recibe este nombre porque en su espacio asentó su campamento el caudillo almorávide Ben-Alí en 1109, durante su intento frustrado de reconquistar a los cristianos el alcázar y la ciudad de Madrid. Las actuales estructuras y presentación del jardín siguen el estilo paisajista romántico inglés. Merecen atención dos fuentes, la de los Tritones y la de las Conchas.

Para concluir, los jardines del Capricho de la Duquesa de Osuna se encuentran a las afueras de la villa de Madrid, en el noreste. En 1787, los duques encargaron al francés Mulot el diseño de un jardín en torno a su palacio, de nueva construcción. Este diseño lo desarrollaron Prevost y Tedadey. El jardín se divide en tres sectores: el Jardín Inglés, el Jardín Francés y el Giardino Italiano. En todos ellos se insertan elementos constructivos (cenadores, casetas, columnas y relieves) que le confieren un aire peculiar.

 

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