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Cataluña —Catalunya— posee, dentro de las regiones españolas, una personalidad muy acusada: sus habitantes han cuidado siempre su rica idiosincrasia (bien expresada en la toponimia; véase en Rinconete, «Cataluña y sus topónimos I, II, III, IV y V»). También en la geografía se aprecian sus rasgos peculiares: desde los Pirineos, que limitan con sus dientes afilados el norte del principado, a la vez frontera y lazo con la vecina Francia, hasta las playas de la ampurdanesa Costa Brava, las cuatro provincias catalanas de Barcelona, Tarragona, Lérida —Lleida— y Gerona —Girona— se extienden en una amplia diversidad de paisajes y climas (bajo la influencia determinante del Mediterráneo, que el Atlas ambiental del Mediterráneo estudia exhaustivamente).
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No podía dejar de ser fértil, generosa y policroma la tierra que engendró a pintores como Salvador Dalí (1904-1989), arquitectos como Antonio Gaudí (1852-1926), músicos como Isaac Albéniz (1860-1909), fotógrafos como Ramón Masats (1931), diseñadores gráficos como Vicente Rojo (1932)
y a escritores como Jacinto Verdaguer (1845-1902) o Josep Pla (1897-1981); este último describió así el mar que acaricia esa tierra que habitó desde su primer aliento:
He nacido en Palafrugell (Pequeño Ampurdán) el 8 de marzo de 1897. La totalidad de mi sangre es ampurdanesa. Mi paisaje básico queda comprendido entre Puig de Son Ric, de Begur, a levante; las montañas de Fitor, a poniente; las islas Formigues a mediodía, y el Montgrí a tramontana. Siempre me ha parecido que este país es muy viejo y que sobre él ha pasado toda clase de gente; gente errante y diversa […]. Calella, invierno […]. Levantando la cabeza de la almohada, veo el cielo y el mar. Delante de la ventana hay unos mástiles de barca, tensos. El cielo es de un azul aclarado, brillante, esmerilado. En el horizonte el día es un poco crudo, amoratado. Veo pasar el viento furioso sobre el mar. El agua, de un color verdoso, parece huir de la tierra. En la orilla, el agua se riza levemente. A veinte brazas empieza, sin embargo, la huida delirante […]. El sol, en el cielo puro, parece un león cachorro. Toca los verdes oscuros de los vientres de las olas, las crestas de espumas brillantes, el polvillo de agua lleno de puntitas diamantinas. Hay la silueta de un gran vapor que intenta pasar, a tirones de cuello, oscilando de tozudez, entre un delirio de chaparrones de agua soleados, el cabo de Sant Sebastià […]. Las islas Formigues, medio sumergidas, sacan un colmillo de roca rojiza, sangriento. Desde la cama se ve el desencadenamiento de la naturaleza dentro de un aire sereno, lleno de claridad.
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