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Este archipiélago ha atraído a lo largo de la historia a diversos pueblos y culturas a establecerse o comerciar: situadas en un eje que va de nordeste a suroeste, las islas que antaño se llamaron Gimnesias (Mallorca y Menorca) y Pitiusas (Ibiza —Eivissa— y Formentera; véase en Rinconete «Baleares y sus topónimos I, II y III») ocupan una posición privilegiada en pleno occidente del Mediterráneo, el mar que les confiere su carácter especial. | ||
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Para concluir esta lista incompleta de embrujados por lo balear, no se puede olvidar al pintor Joan Miró, instalado en Calamajor, en Mallorca, y colaborador con asiduidad en la influyente revista literaria Papeles de Son Armadans (1956-1979), publicación fundada por el premio Nobel Camilo José Cela, también largo tiempo vecino de la isla, ni se puede olvidar tampoco, por ejemplo, a los cineastas Orson Welles, que vertió unas gotas de su deslumbramiento por Ibiza y la gente a la que esta isla atrajo, a su vez deslumbrada, en Fraude (1974); Manuel Iborra, que retrató una época de ilusiones en El tiempo de la felicidad (1997, rodada en Mallorca, aunque ambientada en la Ibiza del verano de 1970); y Julio Medem, magnífico captador de la luz y el espíritu de ensoñación de la isla de Formentera, hermana de Ibiza, en su película Lucía y el sexo (2001). La nómina sería interminable… Si todos esos personajes se vieron llamados por estas islas a vivir y a crear, sería por alguna buena razón.
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