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Este archipiélago ha atraído a lo largo de la historia a diversos pueblos y culturas a establecerse o comerciar: situadas en un eje que va de nordeste a suroeste, las islas que antaño se llamaron Gimnesias (Mallorca y Menorca) y Pitiusas (Ibiza —Eivissa— y Formentera; véase en Rinconete «Baleares y sus topónimos I, II y III») ocupan una posición privilegiada en pleno occidente del Mediterráneo, el mar que les confiere su carácter especial.


Ese carácter de las Islas Baleares —Illes Balears— de Ramon Llull, de José Carlos Llop, de Josep Vives Campomar, de Carme Riera, suave mezcla de sol, de brumas, de mar y bosques, acantilados afilados y calas recoletas, bullicio y silencios que estremecen, en el mejor sentido, atrajo también desde otras tierras a un buen número de espíritus sensibilizados por el arte que se dejaron impregnar de la luz y las brisas y las gentes baleares, inspiración para sus obras. Entre esos espíritus se suele mencionar a la escritora francesa George Sand, quien en su libro Un invierno en Mallorca relata su estancia con el compositor Fréderic Chopin en la Cartuja de Valldemosa en 1842; también, al archiduque Luis Salvador de Austria, que convirtió a Mallorca en su hogar a partir de 1872 y contribuyó al conocimiento de las islas con el exhaustivo estudio Las Baleares descritas por la palabra y el grabado; o al pintor y escritor catalán Santiago Rusiñol, amante de Mallorca en su libro La isla de la calma (1922); al escritor Robert Graves, residente durante gran parte de su vida en Deià, en Mallorca, desde 1929 hasta su muerte, después de que Gertrude Stein le recomendara la isla...

Para concluir esta lista incompleta de embrujados por lo balear, no se puede olvidar al pintor Joan Miró, instalado en Calamajor, en Mallorca, y colaborador con asiduidad en la influyente revista literaria Papeles de Son Armadans (1956-1979), publicación fundada por el premio Nobel Camilo José Cela, también largo tiempo vecino de la isla, ni se puede olvidar tampoco, por ejemplo, a los cineastas Orson Welles, que vertió unas gotas de su deslumbramiento por Ibiza y la gente a la que esta isla atrajo, a su vez deslumbrada, en Fraude (1974); Manuel Iborra, que retrató una época de ilusiones en El tiempo de la felicidad (1997, rodada en Mallorca, aunque ambientada en la Ibiza del verano de 1970); y Julio Medem, magnífico captador de la luz y el espíritu de ensoñación de la isla de Formentera, hermana de Ibiza, en su película Lucía y el sexo (2001). La nómina sería interminable… Si todos esos personajes se vieron llamados por estas islas a vivir y a crear, sería por alguna buena razón.

 

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