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Ésta es una tierra de prados y montes, pero también de minas y de industrias fabriles que, apretándose entre los valles y las cumbres, descienden hacia el mar. Los pequeños pueblos de pescadores, como Cudillero, conservan el aire tradicional de la Asturias de siempre, que encuentra su contrapunto en el gran puerto industrial de Gijón. Oviedo, la ciudad natal del poeta José García Nieto (1914-2001), es la capital administrativa del principado. Con sus ejemplos de arte prerrománico asturiano en el Monte Naranco y su catedral gótica, es la Vetusta que Leopoldo Alas «Clarín» (1852-1901) retrató en su gran novela La Regenta.
Don Víctor creía que en el campo, sobre todo si se merienda, no se debe hacer más que locuras; y, por supuesto, era según él indispensable que alguien se disfrazase cambiando, por lo menos, de sombrero. Él solía en tales ocasiones buscar un aldeano que usara la antigua montera del país; se la pedía en préstamo y se presentaba cubierto con aquel trapo de pana negra al respetable concurso. Se reían por complacerle. Se merendaba casi siempre al aire libre, contemplando allá abajo el caserío parduzco de Vetusta; la catedral parecía desde allí hundida en un pozo, y muy chiquita; esbelta, pero como un juguete; detrás el humo de las fábricas en la barriada de los obreros en el campo del Sol, y más allá, los campos de maíz, ahora verdes con el alcacer, los prados, los bosques de castaños y robles... las colinas de un verde obscuro y la niebla, por fin, confundiéndose con los picachos de los puertos lejanos. Se filosofaba mientras se comía, tal vez con los dedos, salchichón o chorizos mal tostados, queso duro, o tortillas de jamón, lo que fuese; se hablaba al descuido, lentamente, pensando en cosas más hondas que las que se decía, con los ojos clavados en la lontananza, detrás de la cual se veía el recuerdo, lo desconocido, la vaguedad del sueño; se hablaba de lo que era el mundo, de lo que era la sociedad, de lo que era el tiempo, de la muerte, de la otra vida, del cielo, de Dios; se evocaba la infancia, las fechas lejanas en que había una memoria común; y un sentimentalismo, como desprendido de la niebla que bajaba de Corfín, se extendía sobre los comensales bucólicos y su filosofía de sobremesa.
[La Regenta, Tomo II, Capítulo XVIII.]
Como apéndice interesante de este apartado no podemos olvidar la toponimia —el nombre cosido al lugar a lo largo de su historia—, que revela facetas insospechadas de un territorio. En Rinconete se recogen muestras de ello: «Asturias y sus topónimos I y II».
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