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El Centro Virtual Cervantes les propone un cálido recorrido por las provincias andaluzas, llenas de alicientes por su rica historia (habría que mencionar aquí por ejemplo los magníficos rincones de aires arábigos que se muestran en la exposición El jardín andalusí), y por sus diversos ámbitos naturales, a menudo gratamente inesperados.


El territorio de Almería está definido por tres cadenas montañosas que avanzan de oeste a este (las sierras de las Estancias, los Filabres y Gádor, de norte a sureste), después de penetrar desde la vecina provincia de Granada como ramificaciones de Sierra Nevada. Almería posee unas peculiares condiciones climatológicas que influyen tanto en la actividad humana como en la apariencia del paisaje: en el centro de la provincia se halla el único desierto existente en el continente europeo, el de Tabernas, cuyo relieve accidentado y cubierto apenas por una vegetación escasa constituye un enclave de especial interés estético. El entorno del Cabo de Gata, parque natural, es una magnífica expresión de la belleza del paisaje árido: salinas, dunas y paredes de origen volcánico resueltas en acantilados de sorprendentes gamas de colores.

Además de hacernos oír la voz de su riquísima herencia árabe o de su aportación al arte universal con nombres como los del pintor y artista múltiple Alonso Cano (1601-1667), el poeta Federico García Lorca (1898-1936) o el narrador Francisco Ayala (1906), la provincia de Granada encierra asimismo otros aspectos quizá no tan conocidos. Esta provincia oriental de Andalucía, por su posición al sur de la península Ibérica y por su relieve montañoso, presenta agudos contrastes climáticos que afectan al medio natural. Las elevaciones de Sierra Nevada, que superan con creces los 3000 metros, imponen claramente su influencia. Las comarcas de Guadix, Baza y Castril constituyen una altiplanicie de 1000 metros de altitud, enmarcada al norte por la Sierra de Cazorla y al sur por Sierra Nevada. El clima fresco y seco debido a esta condición de altiplano rodeado de montañas permite que abunde la vegetación de monte mediterráneo, así como diversas especies animales de interés. Granada expresa una de su más singulares facetas en Las Alpujarras, al sur de la provincia. Esta comarca montañosa, próxima a la costa, acoge una abundante muestra de especies vegetales endémicas, únicas en Europa.

Durante los dos milenios anteriores a nuestra era, las costas de los territorios andaluces vieron enriquecido su sustrato cultural con el establecimiento de diversas colonias de origen fenicio: por ejemplo, destaca la fundación de las ciudades de Gades (o Gadir) y de Malaka, que dieron origen a las actuales Cádiz y Málaga, respectivamente. Ambas provincias atesoran rincones de inesperada belleza, alejados del mundanal ruido de las áreas turísticas por las que aquéllas son más conocidas. En esta exposición visitamos, por ejemplo en Cádiz, algunos parajes cercanos a las prósperas ciudades de Jerez y Arcos de la Frontera, situadas en el corazón vitivinícola de esta provincia que vio nacer a Rafael Alberti (1902-1999). En el norte de la de Málaga, caracterizado sobre todo como una llanura agrícola, hay que resaltar también la belleza de sus parajes naturales, cuyos exponentes más característicos son el llamado Torcal de Antequera, ejemplo de modelado calizo, y la laguna de Fuente de Piedra, enclave húmedo que sirve de escala en las migraciones de múltiples aves acuáticas. En Vélez-Málaga, en la costa, nació María Zambrano (1904-1991), y en la misma Málaga capital, el pintor universal Pablo Ruiz Picasso (1881-1973).

Las provincias de Córdoba y Jaén han sido el lugar de encuentro de las diversas culturas que a lo largo de los siglos han conformado la historia española. De esta amplia riqueza cultural encontramos dos buenas muestras: la ciudad de Úbeda, en Jaén, que atesora gran número de monumentos renacentistas, y la hermosa Córdoba, donde brilla el arte hispanoárabe en su mezquita califal y en el hermoso conjunto palaciego de Medina Azahara y donde nació Luis de Góngora (1561-1627). Ambas provincias resumen también, en su fisonomía, una de las expresiones más características de los paisajes andaluces, aunque no la única definitoria: los olivares en apariencia infinitos y solitarios de sus campiñas, salpicadas de cortijos blancos. En su poema «Vega en calma», recogido en el libro Tiempo, el poeta malagueño Emilio Prados (1899-1962) destila, densamente, las sensaciones cromáticas y emotivas que impregnan de quietud el transcurso de las horas, de los días, en el olivar:

Cielo gris.
Suelo rojo…
De un olivo a otro
vuela el tordo.

(En la tarde hay un sapo
de ceniza y de oro.)

Suelo gris.
Cielo rojo…
Quedó la luna enredada
en el olivar.

¡Quedó la luna olvidada!

El Centro Virtual Cervantes se adentra en la provincia andaluza de Sevilla para explorar algunos de sus más plácidos parajes, plenos de una belleza serena. El río Guadalquivir, seña de identidad de marcado simbolismo, articula el territorio y define en él diferentes ámbitos. En el oriente, la comarca de La Campiña continúa el espacio de la vecina Córdoba, con sus oscuros olivares y bravas ganaderías. Al norte, la Sierra de Cazalla constituye un segmento de Sierra Morena que termina descendiendo hasta el Guadalquivir. Tras cruzar las orillas de la hermosa ciudad de Sevilla, el río desemboca en Las Marismas, espacio de gran valor ecológico, cuyo cielo surcan miles de aves. Desde la antigua cultura tartésica, pasando por las influencias romana e islámica, hasta la Edad Moderna y la actualidad, Sevilla y su provincia siempre han sido un foco esencial de cultura, plasmada en sus muy numerosos testimonios artísticos y literarios. Allí nacieron los pintores Diego Velázquez (1599-1660) y Bartolomé Esteban Murillo (1618-1682), los poetas Gustavo Adolfo Bécquer (1836-1870), Luis Cernuda (1902-1963), Vicente Aleixandre (1898-1984) y Antonio Machado (1875-1939). Este último, cuya «infancia son recuerdos de un patio de Sevilla, y un huerto claro donde madura el limonero» (como él se retrata en Campos de Castilla), puede aproximarnos a la sensación poética que provoca la contemplación de los parajes sevillanos:

El sueño bajo el sol que aturde y ciega,
tórrido sueño en la hora de arrebol;
el río luminoso el aire surca;
esplende la  montaña;
la tarde es polvo y sol.

El sibilante caracol del viento
ronco dormita en el remoto alcor;
emerge el sueño ingrave en la palmera,
luego se enciende en el naranjo en flor.

La estúpida cigüeña
su garabato escribe en el sopor
del molino parado; el toro abate
sobre la hierba la testuz feroz.

La verde, quieta espuma del ramaje
efunde sobre el blanco paredón,
lejano, inerte, del jardín sombrío,
dormido bajo el cielo fanfarrón.

[Fragmentos de la canción XLV, de Canciones.]

Huelva expresa con gran elocuencia la conjunción de tres de los elementos naturales que la han modelado desde el principio de los tiempos: Huelva es el viento que imprime las huellas de sus pasos en las dunas del Parque Nacional de Doñana. Huelva es, también, agua. Cuando muere el gran río Guadalquivir en sus marismas, los pinares se desdoblan sobre el espejo de las aguas tranquilas, en el Rocío. Huelva se concreta también en tierra, tierra de sorprendente cromatismo que abre en las minas sus secretos desde la Antigüedad y que impregna el Río Tinto con su misma sustancia. Huelva es una combinación de elementos armónicamente entretejidos, en esta tierra que el poeta Juan Ramón Jiménez (1881-1958), premio Nobel y admirador de la gaditana Pilar Paz Pasamar (1933), sintió tan dentro de sí.

 

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