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Los mejores comienzos

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En esta página encontrarán los comienzos de las obras finalistas en el concurso Lecturas del siglo XX. Pueden acceder también, si lo desean, a
algunas informaciones sobre estas creaciones y sobre sus autores.
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Cien años de soledad (1967), Gabriel García
Márquez |
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Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo
llevó a conocer el hielo. Macondo era entonces una aldea de veinte casas de barro y
cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por
un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos. El mundo era
tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que
señalarlas con el dedo. Todos los años, por el mes de marzo, una familia de gitanos
desarrapados plantaba su carpa cerca de la aldea, y con un grande alboroto de pitos y
timbales daban a conocer los nuevos inventos. Primero llevaron el imán. Un gitano
corpulento, de barba montaraz y manos de gorrión, que se presentó con el nombre de
Melquíades, hizo una truculenta demostración pública de lo que él mismo llamaba la
octava maravilla de los sabios alquimistas de Macedonia. Fue de casa en casa arrastrando
dos lingotes metálicos, y todo el mundo se espantó al ver que los calderos, las pailas,
las tenazas y los anafes se caían de su sitio, y las maderas crujían por la
desesperación de los clavos y los tornillos tratando de desenclavarse, y aun los objetos
perdidos desde hacía mucho tiempo aparecían por donde más se les había buscado, y se
arrastraban en desbandada turbulenta detrás de los fierros mágicos de Melquíades.Gabriel García Márquez, Cien años de soledad,
Edición de Jacques Joset, Madrid, Cátedra, 1996.
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Rayuela (1963), Julio Cortázar |
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¿Encontraría a la Maga? Tantas veces me había bastado asomarme, viniendo por la
rue de Seine, al arco que da al Quai de Conti, y apenas la luz de ceniza y olivo que flota
sobre el río me dejaba distinguir las formas, ya su silueta delgada se inscribía en el
Pont des Arts, a veces andando de un lado a otro, a veces detenida en el pretil de hierro,
inclinada sobre el agua. Y era tan natural cruzar la calle, subir los peldaños del
puente, entrar en su delgada cintura y acercarme a la Maga que sonreía sin sorpresa,
convencida como yo de que un encuentro casual era lo menos casual en nuestras vidas, y que
la gente que se da citas precisas es la misma que necesita papel rayado para escribirse o
que aprieta desde abajo el tubo de dentífrico.Julio
Cortázar, Rayuela, Barcelona, Edhasa, 1981.
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Pedro Páramo (1955), Juan Rulfo |
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Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo. Mi
madre me lo dijo. Y yo le prometí que vendría a verlo en cuanto ella muriera. Le apreté
sus manos en señal de que lo haría; pues ella estaba por morirse y yo en un plan de
prometerlo todo. «No dejes de ir a visitarlo me recomendó. Se llama de este
modo y de este otro. Estoy segura de que le dará gusto conocerte.» Entonces no pude
hacer otra cosa sino decirle que así lo haría, y de tanto decírselo se lo seguí
diciendo aun después que a mis manos les costó trabajo zafarse de sus manos muertas.
Todavía antes me había dicho:
No vayas a pedirle nada. Exígele lo nuestro. Lo que estuvo obligado a darme y nunca
me dio... El olvido en que nos tuvo, mi hijo, cóbraselo caro.
Así lo haré, madre.
Pero no pensé cumplir mi promesa. Hasta que ahora pronto comencé a llenarme de sueños,
a darle vuelo a las ilusiones. Y de este modo se me fue formando un mundo alrededor de la
esperanza que era aquel señor llamado Pedro Páramo, el marido de mi madre. Por eso vine
a Comala.Juan Rulfo, Pedro Páramo,
Edición de José Carlos González Boixo, Madrid, Cátedra, 1997.
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La colmena (1969), Camilo José Cela |
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No perdamos la perspectiva, yo ya estoy harta de decirlo, es lo único importante.
Doña Rosa va y viene por entre las mesas del café, tropezando a los clientes con su
tremendo trasero. Doña Rosa dice con frecuencia leñe y nos ha merengao. Para doña Rosa,
el mundo es su café, y alrededor de su café, todo lo demás. Hay quien dice que a doña
Rosa le brillan los ojillos cuando viene la primavera y las muchachas empiezan a andar de
manga corta. Yo creo que todo eso son habladurías: doña Rosa no hubiera soltado jamás
un buen amadeo de plata por nada de este mundo. Ni con primavera ni sin ella. A doña Rosa
lo que le gusta es arrastrar sus arrobas, sin más ni más, por entre las mesas. Fuma
tabaco de noventa, cuando está a solas, y bebe ojén, buenas copas de ojén, desde que se
levanta hasta que se acuesta. Después tose y sonríe. Cuando está de buenas, se sienta
en la cocina, en una banqueta baja, y lee novelas y folletines, cuanto más sangrietos,
mejor: todo alimenta.Camilo José Cela, La
colmena, Edición de Jorge Urrutia, Madrid, Cátedra, 1997.
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Romancero gitano (1928), Federico García Lorca |
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Baladilla de los tres ríosA Salvador Quintero
El río Guadalquivir
va entre naranjos y olivos.
Los dos ríos de Granada
bajan de la nieve al trigo.
¡Ay, amor
que se fue y no vino!
El río Guadalquivir
tiene las barbas granates.
Los dos ríos de Granada,
uno llanto y otro sangre.
¡Ay, amor
que se fue por el aire!
Para los barcos de vela
Sevilla tiene un camino;
por el agua de Granada,
sólo reman los suspiros.
¡Ay, amor
que se fue y no vino!
Guadalquivir, alta torre
y viento en los naranjales.
Darro y Genil, torrecillas
muertas sobre los estanques.
Federico García Lorca, Poema del cante jondo y
Romancero gitano, Edición de Allen Joseph y Juan Caballero, Madrid, Cátedra, 1984.
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Luces de bohemia (1920-24), Ramón María del Valle
Inclán |
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Hora crepuscular. Un guardillón con ventano angosto, lleno de sol. Retratos,
grabados, autógrafos repartidos por las paredes, sujetos con chinches de dibujante.
Conversación lánguida de un hombre ciego y una mujer pelirrubia, triste y fatigada. El
hombre ciego es un hiperbólico andaluz, poeta de odas y madrigales, MÁXIMO
ESTRELLA. A la pelirrubia, por ser francesa, le dicen en la vecindad MADAMA COLLET.MAX
Vuelve a leerme la carta del Buey Apis.
MADAMA COLLET
Ten paciencia, Max.
MAX
Pudo esperar a que me enterrasen.
MADAMA COLLET
Le toca ir delante.
MAX
¡Collet, mal vamos a vernos sin esas cuatro crónicas! ¿Dónde gano yo veinte duros,
Collet?
MADAMA COLLET
Otra puerta se abrirá.
MAX
La de la muerte. Podemos suicidarnos colectivamente.
MADAMA COLLET
A mí la muerte no me asusta. ¡Pero tenemos una hija, Max!
MAX
¿Y si Claudinita estuviese conforme con mi proyecto de suicidio colectivo?
MADAMA COLLET
¡Es muy joven!
MAX
También se matan los jóvenes, Collet.
Ramón María del Valle-Inclán, Luces de
bohemia, Edición de Alonso Zamora Vicente, Madrid, Espasa Calpe, 1994.
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La familia de Pascual Duarte (1942),
Camilo José Cela |
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Yo, señor, no soy malo, aunque no me faltarían motivos para serlo. Los mismos
cueros tenemos todos los mortales al nacer y sin embargo, cuando vamos creciendo, el
destino se complace en variarnos como si fuésemos de cera y en destinarnos por sendas
diferentes al mismo fin: la muerte. Hay hombres a quienes se les ordena marchar por el
camino de las flores, y hombres a quienes se les manda tirar por el camino de los cardos y
de las chumberas. Aquéllos gozan de un mirar sereno y al aroma de su felicidad sonríen
con la cara del inocente; estos otros sufren del sol violento de la llanura y arrugan el
ceño como las alimañas por defenderse. Hay mucha diferencia entre adornarse las carnes
con arrebol y colonia, y hacerlo con tatuajes que después nadie ha de borrar ya.Camilo José Cela, La familia de Pascual Duarte,
Barcelona, Destino, 1995.
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El Aleph (1949), Jorge Luis Borges |
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O God, I could be bounded in a nutshell and count myself a King
of infinite space.
Hamlet, II, 2
But they will teach us that Eternity is the
Standing still of the Present Time, a Nunc-stans (as the Schools call it); which
neither they, nor any else understand, no more than they would a Hic-stans for an
infinite greatness of Place.
Leviathan, IV, 46
La candente mañana de febrero en que Beatriz Viterbo
murió, después de una imperiosa agonía que no se rebajó un solo instante ni al
sentimentalismo ni al miedo, noté que las carteleras de fierro de la Plaza Constitución
habían renovado no sé qué aviso de cigarrillos rubios; el hecho me dolió, pues
comprendí que el incesante y vasto universo ya se apartaba de ella y que ese cambio era
el primero de una serie infinita. Cambiará el universo pero yo no, pensé con
melancólica vanidad; alguna vez, lo sé, mi vana devoción la había exasperado; muerta,
yo podía consagrarme a su memoria, sin esperanza, pero también sin humillación.
Consideré que el treinta de abril era su cumpleaños; visitar ese día la casa de la
calle Garay para saludar a su padre y a Carlos Argentino Daneri, su primo hermano, era un
acto cortés, irreprochable, tal vez ineludible.
Jorge Luis Borges, El Aleph, Madrid,
Alianza / Emecé, 1991.
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Veinte poemas de amor y una
canción desesperada (1923), Pablo Neruda |
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Cuerpo de mujer, blancas colinas, muslos blancos,
te pareces al mundo en tu actitud de entrega.
Mi cuerpo de labriego salvaje te socava
y hace saltar el hijo del fondo de la tierra.Fui
solo como un túnel. De mí huían los pájaros
y en mí la noche entraba su invasión poderosa.
Para sobrevivirme te forjé como un arma,
como una flecha en mi arco, como una piedra en mi honda.
Pero cae la hora de la venganza, y te amo.
Cuerpo de piel, de musgo, de leche ávida y firme.
¡Ah los vasos del pecho! ¡Ah los ojos de ausencia!
¡Ah las rosas del pubis! ¡Ah tu voz lenta y triste!
Cuerpo de mujer mía, persistiré en tu gracia.
¡Mi sed, mi ansia sin límite, mi camino indeciso!
Oscuros cauces donde la sed eterna sigue,
y la fatiga sigue, y el dolor infinito.
Pablo Neruda, Veinte poemas de amor y una
canción desesperada, Barcelona, Seix Barral, 1990.
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Campos de Castilla (1912), Antonio Machado |
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RetratoMi infancia son
recuerdos de un patio de Sevilla,
y un huerto claro donde madura el limonero;
mi juventud, veinte años en tierra de Castilla;
mi historia, algunos casos que recordar no quiero.
Ni un seductor Mañara, ni un Bradomín he sido
ya conocéis mi torpe aliño indumentario,
mas recibí la flecha que me asignó Cupido,
y amé cuanto ellas pueden tener de hospitalario.
Hay en mis venas gotas de sangre jacobina,
pero mi verso brota de manantial sereno;
y, más que un hombre al uso que sabe su doctrina,
soy, en el buen sentido de la palabra, bueno.
Adoro la hermosura, y en la moderna estética
corté las viejas rosas del huerto de Ronsard;
mas no amo los afeites de la actual cosmética,
ni soy un ave de esas del nuevo gay-trinar.
Desdeño las romanzas de los tenores huecos
y el coro de los grillos que cantan a la luna.
A distinguir me paro las voces de los ecos,
y escucho solamente, entre las voces, una.
Antonio Machado, Campos de Castilla,
Edición de José Luis Cano, Madrid, Cátedra, 1984.
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La ciudad y los perros (1963), Mario Vargas
Llosa |
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Cuatro dijo el Jaguar.
Los rostros se suavizaron en el resplandor vacilante que el globo de luz difundía por el
recinto, a través de escasas partículas limpias de vidrio: el peligro había
desaparecido para todos, salvo para Porfirio Cava. Los dados estaban quietos, marcaban
tres y uno, su blancura contrastaba con el suelo sucio.
Cuatro repitió el Jaguar. ¿Quién?
Yo murmuró Cava. Dije cuatro.
Apúrate replicó el Jaguar. Ya sabes, el segundo de la izquierda.
Cava sintió frío. Los baños estaban al fondo de las cuadras, separados de ellas por una
delgada puerta de madera, y no tenían ventanas. En años anteriores, el invierno sólo
llegaba al dormitorio de los cadetes, colándose por los vidrios rotos y las rendijas;
pero este año era agresivo y casi ningún rincón del colegio se libraba del viento, que,
en las noches, conseguía penetrar hasta en los baños, disipar la hediondez acumulada
durante el día y destruir su atmósfera tibia. Pero Cava había nacido y vivido en la
sierra, estaba acostumbrado al invierno: era el miedo lo que erizaba su piel.Mario Vargas Llosa, La ciudad y los perros, Barcelona,
Seix Barral, Biblioteca de bolsillo, 1986.
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Platero y yo (1914), Juan Ramón Jiménez |
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Platero es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de
algodón, que no lleva huesos. Sólo los espejos de azabache de sus ojos son duros cual
dos escarabajos de cristal negro.
Lo dejo suelto, y se va al prado, y acaricia tibiamente con su hocico, rozándolas apenas,
las florecillas rosas, celestes y gualdas... Lo llamo dulcemente: «¿Platero?», y viene
a mí con un trotecillo alegre que parece que se ríe, en no sé qué cascabeleo ideal...
Come cuanto le doy. Le gustan las naranjas, mandarinas, las uvas moscateles, todas de
ámbar, los higos morados, con su cristalina gotita de miel...
Es tierno y mimoso igual que un niño, que una niña...; pero fuerte y seco por dentro,
como de piedra. Cuando paso sobre él, los domingos, por las últimas callejas del pueblo,
los hombres del campo, vestidos de limpio y despaciosos, se quedan mirándolo:
Tienasero...
Tiene acero. Acero y plata de luna, al mismo tiempo.Juan
Ramón Jiménez, Platero y yo, Edición de Michel P. Predmore, Madrid, Cátedra,
1995.
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Tiempo de silencio (1962), Luis Martín Santos |
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Sonaba el teléfono y he oído el timbre. He cogido el aparato. No me he enterado
bien. He dejado el teléfono. He dicho: «Amador». Ha venido con sus gruesos labios y ha
cogido el teléfono. Yo miraba por el binocular y la preparación no parecía poder ser
entendida. He mirado otra vez: «Claro, cancerosa». Pero, tras las mitosis, la mancha
azul se iba extinguiendo. «También se funden estas bombillas, Amador.» No; es que ha
pisado el cable. «¡Enchufa!» Está hablando por teléfono. «¡Amador!» Tan gordo, y
tan sonriente. Habla despacio, mira, me ve. «No hay más.» «Ya no hay más.» ¡Se
acabaron los ratones! El retrato del hombre de la barba, frente a mí, que lo vio todo y
que libró al pueblo ibero de su inferioridad nativa ante la ciencia, escrutador e
inmóvil, presidiendo la falta de cobayas. Su sonrisa comprensiva y liberadora de la
inferioridad explica comprende la falta de créditos. Pueblo pobre, pueblo
pobre. ¿Quién podrá nunca aspirar otra vez al galardón nórdico, a la sonrisa del rey
alto, a la dignificación, al buen pasar del sabio que en la península seca, espera que
fructifiquen los cerebros y los ríos? Las mitosis anormales, coaguladas en su cristalito,
inmóviles ellas que son el sumo movimiento. Amador, inmóvil primero,
reponiendo el teléfono, sonriendo, mirándome a mí, diciendo: «¡Se acabó!». Pero con
sonrisa de merienda, con sonrisa gruesa.Luis
Martín Santos, Tiempo de silencio, Madrid, Barcelona, Seix Barral, 1993.
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Ficciones (1944), Jorge Luis Borges |
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Tlön, Uqbar, Orbis TertiusDebo
a la conjunción de un espejo y de una enciclopedia el descubrimiento de Uqbar. El espejo
inquietaba el fondo de un corredor en una quinta de la calle Gaona, en Ramos Mejía; la
enciclopedia falazmente se llamaba The Anglo-american Cyclopaedia (New York, 1917)
y es una reimpresión literal, pero también morosa, de la Encyclopaedia Britannica
de 1902. El hecho se produjo hará unos cinco años. Bioy Casares había cenado conmigo
esa noche y nos demoró una vasta polémica sobre la ejecución de una novela en primera
persona, cuyo narrador omitiera o desfigurara los hechos e incurriera en diversas
contradicciones, que permitieran a unos pocos lectores a muy pocos lectores la
adivinación de una realidad atroz o banal. Desde el fondo remoto del corredor, el espejo
nos acechaba. Descubrimos (en la alta noche ese descubrimiento es inevitable) que los
espejos tienen algo monstruoso. Entonces Bioy Casares recordó que uno de los heresiarcas
de Uqbar había declarado que los espejos y la cópula son abominables, porque multiplican
el número de los hombres.
Jorge Luis Borges, Ficciones, Barcelona,
Seix Barral, 1986, p. 11.
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Poeta en Nueva York (1940), Federico García Lorca |
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Vuelta de paseoAsesinado
por el cielo.
Entre las formas que van hacia la sierpe
y las formas que buscan el cristal,
dejaré crecer mis cabellos.
Con el árbol de muñones que no canta
y el niño con el blanco rostro de huevo.
Con los animalitos de cabeza rota
y el agua harapienta de los pies secos.
Con todo lo que tiene cansancio sordomudo
y mariposa ahogada en el tintero.
Tropezando con mi rostro distinto de cada día.
¡Asesinado por el cielo!
Federico García Lorca, Poeta en Nueva York,
Edición de María Clementa Millán, Madrid, Cátedra, 1996.
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La casa de Bernarda Alba (1936), Federico
García Lorca |
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Acto primeroHabitación
blanquísima del interior de la casa de Bernarda. Muros gruesos. Puertas con cortinas de
yute rematadas con madroños y volantes. Sillas de anea. Cuadros con paisajes
inverosímiles de ninfas o reyes de leyenda. Es verano. Un gran silencio umbroso se
extiende por la escena. Al levantarse el telón está la escena sola. Se oyen doblar las
campanas. Sale la CRIADA.
CRIADA
Ya tengo el doble de esas campanas metido entre las sienes.
LA PONCIA. (Sale
comiendo chorizo y pan.)
Llevan ya más de dos horas de gori-gori. Han venido curas de todos los pueblos. La
iglesia está hermosa. En el primer responso se desmayó la Magdalena.
CRIADA
Es la que se queda más sola.
LA PONCIA
Era la única que quería al padre. ¡Ay! ¡Gracias a Dios que estamos solas un poquito!
Yo he venido a comer.
CRIADA
¡Si te viera Bernarda!...
LA PONCIA
¡Quisiera que ahora, como no come ella, que todas nos muriéramos de hambre! ¡Mandona!
¡Dominanta! ¡Pero se fastidia! Le he abierto la orza de los chorizos.
CRIADA. (Con tristeza, ansiosa.)
¿Por qué no me das para mi niña, Poncia?
LA PONCIA
Entra y llévate también un puñado de garbanzos. ¡Hoy no se dará cuenta!
VOZ. (Dentro.)
¡Bernarda!
LA PONCIA
La vieja. ¿Está bien cerrada?
CRIADA
Con dos vueltas de llave.
LA PONCIA
Pero debes poner también la tranca. Tiene unos dedos como cinco ganzúas.
VOZ
¡Bernarda!
Federico García Lorca, La casa de Bernarda
Alba, Edición de Allen Josephs y Juan Caballero, Madrid, Cátedra, 1997.
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Paradiso (1966), José Lezama Lima |
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La mano de Baldovina separó los tules de la entrada del mosquitero, hurgó
apretando suavemente como si fuese una esponja y no un niño de cinco años; abrió la
camiseta y contempló todo el pecho del niño lleno de ronchas, de surcos de violenta
coloración, y el pecho que se abultaba y se encogía como teniendo que hacer un potente
esfuerzo para alcanzar un ritmo natural; abrió también la portañuela del ropón de
dormir, y vio los muslos, los pequeños testículos llenos de ronchas que se iban
agrandando, y al extender más aún las manos notó las piernas frías y temblorosas. En
ese momento, las doce de la noche, se apagaron las luces de las casas del campamento
militar y se encendieron las de las postas fijas, y las linternas de las postas de
recorrido se convirtieron en un monstruo errante que descendía de los charcos,
ahuyentando a los escarabajos.
Baldovina se desesperaba, desgreñada, parecía una azafata que, con un garzón en los
brazos iba retrocediendo pieza tras pieza en la quema de un castillo, cumpliendo las
órdenes de sus señores en huida. Necesitaba ya que la socorrieran, pues cada vez que
retiraba el mosquitero, veía el cuerpo que se extendía y le daba más relieve a las
ronchas; aterrorizada, para cumplimentar el afán que ya tenía de huir, fingió que
buscaba a la otra pareja de criados. El ordenanza y Truni, recibieron su llegada con
sorpresa alegre. Con los ojos abiertos a toda creencia, hablaba sin encontrar las
palabras, del remedio que necesitaba la criatura abandonada. Decía el cuerpo y las
ronchas, como si los viera crecer siempre o como si lentamente su espiral de plancha
movida, de incorrecta gelatina, viera la aparición fantasmal y rosada, la emigración de
esas nubes sobre el pequeño cuerpo. José
Lezama Lima, Paradiso, Edición de Eloísa Lezama Lima, Madrid, Cátedra, 1980.
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El Siglo de las Luces (1962), Alejo Carpentier |
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Detrás de él, en acongojado diapasón, volvía el Albacea a su recuento de
responsos, crucero, ofrendas, vestuario, blandones, bayetas y flores, obituario y réquiem
y había venido éste de gran uniforme, y había llorado aquél, y había dicho el
otro que no éramos nada... sin que la idea de la muerte acabara de hacerse lúgubre
a bordo de aquella barca que cruzaba la bahía bajo un tórrido sol de media tarde, cuya
luz rebrillaba en todas las olas, encandilando por la espuma y la burbuja, quemante en
descubierto, quemante bajo el toldo, metido en los ojos, en los poros, intolerable para
las manos que buscaban un descanso en las bordas. Envuelto en sus improvisados lutos que
olían a tintas de ayer, el adolescente miraba la ciudad, extrañamente parecida, a esta
hora de reverberaciones y sombras largas, a un gigantesco lampadario barroco, cuyas
cristalerías verdes, rojas, anaranjadas, colorearan una confusa rocalla de balcones,
arcadas, cimborrios, belvederes y galerías de persianas siempre erizada de
andamios, maderas aspadas, horcas y cucañas de albañilería, desde que la fiebre de la
construcción se había apoderado de sus habitantes enriquecidos por la última guerra de
Europa. Alejo Carpentier, El siglo de
las luces, Edición de Ambrosio Fornet, Madrid, Cátedra, 1982.
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Doña Bárbara (1929), Rómulo Gallegos |
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Un bongo remonta el Arauca bordeando las barrancas de la margen derecha.
Dos bogas lo hacen avanzar mediante una lenta y penosa maniobra de galeotes. Insensibles
al tórrido sol los broncíneos cuerpos sudorosos, apenas cubiertos por unos mugrientos
pantalones remangados a los muslos, alternativamente afincan en el limo del cauce largas
palancas, cuyos cabos superiores sujetan contra los duros cojinetes de los robustos
pectorales y encorvados por el esfuerzo le dan impulso a la embarcación, pasándosela
bajo los pies de proa a popa, con pausados pasos laboriosos, como si marcharan por ella. Y
mientras uno viene en silencio, jadeante sobre su pértiga, el otro vuelve al punto de
partida reanudando la charla intermitente con que entretienen la recia faena, o entonando,
tras un ruidoso respiro de alivio, alguna intencionada copla que aluda a los trabajos que
pasa un bonguero, leguas y leguas de duras remontadas, a fuerza de palancas, o
coleándose, a trechos, de las ramas de la vegetación ribereña.Rómulo Gallegos, Doña Bárbara, Edición de José
Carlos González Boixo Madrid, Espasa Calpe, 1993.
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Niebla (1914), Miguel de Unamuno |
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Al aparecer Augusto a la puerta de su casa extendió el brazo derecho, con la mano
palma abajo y abierta, y dirigiendo los ojos al cielo quedóse un momento parado en esta
actitud estatuaria y augusta. No era que tomaba posesión del mundo exterior, sino era que
observaba si llovía. Y al recibir en el dorso de la mano el frescor del lento orvallo
frunció el entrecejo. Y no era tampoco que le molestase la llovizna, sino el tener que
abrir el paraguas. ¡Estaba tan elegante, tan esbelto, plegado y dentro de su funda! Un
paraguas cerrado es tan elegante como es feo un paraguas abierto.
«Es una desgracia esto de tener que servirse uno de las cosas pensó Augusto;
tener que usarlas. El uso estropea y hasta destruye toda belleza. La función más noble
de los objetos es la de ser contemplados. ¡Qué bella es una naranja antes de comida!
Esto cambiará en el cielo cuando todo nuestro oficio se reduzca, o más bien se ensanche,
a contemplar a Dios y todas las cosas en Él. Aquí, en esta pobre vida, no nos cuidamos
sino de servirnos de Dios; pretendemos abrirlo, como a un paraguas, para que nos proteja
de toda suerte de males».Miguel de
Unamuno, Niebla, Edición de Mario J. Valdés, Madrid, Cátedra, 1996.
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El señor presidente (1946), Miguel Ángel
Asturias |
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...¡Alumbra, lumbre de alumbre, Luzbel de piedralumbre! Como zumbido de oídos
persistía el rumor de las campanas a la oración, maldoblestar de la luz en la sombra, de
la sombra en la luz. ¡Alumbra, lumbre de alumbre, Luzbel de piedralumbre, sobre la
podredumbre! ¡Alumbra, lumbre de alumbre, sobre la podredumbre, Luzbel de piedralumbre!
¡Alumbra, alumbra, lumbre de alumbre..., alumbre..., alumbra..., alumbra, lumbre de
alumbre..., alumbra, alumbre...!
Los pordioseros se arrastraban por las cocinas del mercado, perdidos en la sombra de la
Catedral helada, de paso hacia la Plaza de Armas, a lo largo de calles tan anchas como
mares, en la ciudad que se iba quedando atrás íngrima y sola.
La noche los reunía al mismo tiempo que a las estrellas. Se juntaban a dormir en el
Portal del Señor sin más lazo común que la miseria, maldiciendo unos de otros,
insultándose a regañadientes con tirria de enemigos que se buscan pleito, riñendo
muchas veces a codazos y algunas con tierra y todo, revolcones en los que, tras escupirse,
rabiosos, se mordían.Miguel Ángel
Asturias, El señor presidente, Madrid, Alianza, 1989.
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Canto General (1940), Pablo Neruda |
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Amor
América
(1400)Antes de la peluca y la casaca
fueron los ríos, ríos arteriales:
fueron las cordilleras, en cuya onda raída
el cóndor o la nieve parecían inmóviles:
fue la humedad y la espesura, el trueno
sin nombre todavía, las pampas planetarias.
El hombre tierra fue, vasija, párpado
del barro trémulo, forma de la arcilla,
fue cántaro caribe, piedra chibcha,
copa imperial o sílice araucana.
Tierno y sangriento fue, pero en la empuñadura
de su arma de cristal humedecido,
las iniciales de la tierra estaban
escritas.
Nadie pudo
recordarlas después: el viento
las olvidó, el idioma del agua
fue enterrado, las claves se perdieron
o se inundaron de silencio o sangre.
Pablo Neruda, Canto general, Edición de
Enrico Mario Santí, Madrid, Cátedra, 1997.
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El túnel (1948), Ernesto Sábato |
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Bastará decir que soy Juan Pablo Castel, el pintor que mató a María Iribarne;
supongo que el proceso está en el recuerdo de todos y que no se necesitan mayores
explicaciones sobre mi persona.
Aunque ni el diablo sabe qué es lo que ha de recordar la gente, ni por qué. En realidad,
siempre he pensado que no hay memoria colectiva, lo que quizá sea una forma de defensa de
la especie humana. La frase «todo tiempo pasado fue mejor» no indica que antes
sucedieran menos cosas malas, sino que felizmente la gente las echa en el
olvido. Desde luego, semejante frase no tiene validez universal; yo, por ejemplo, me
caracterizo por recordar preferentemente los hechos malos y, así, casi podría decir que
«todo tiempo pasado fue peor», si no fuera porque el presente me parece tan horrible
como el pasado; recuerdo tantas calamidades, tantos rostros cínicos y crueles, tantas
malas acciones, que la memoria es para mí como la temerosa luz que alumbra un sórdido
museo de la vergüenza. ¡Cuántas veces he quedado aplastado durante horas, en un rincón
oscuro del taller, después de leer una noticia en la sección policial! Pero la verdad es
que no siempre lo más vergonzoso de la raza humana aparece allí; hasta cierto punto, los
criminales son gente más limpia, más inofensiva; esta afirmación no la hago porque yo
mismo haya matado a un ser humano: es una honesta y profunda convicción. ¿Un individuo
es pernicioso? Pues se lo liquida y se acabó.Ernesto
Sábato, El túnel, Edición de Ángel Leyva, Madrid, Cátedra, 1984.
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Marinero en tierra (1925), Rafael Alberti |
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Sueño del marineroYo,
marinero, en la ribera mía,
posada sobre un cano y dulce río
que da su brazo a un mar de Andalucía,
sueño en ser almirante de navío,
para partir el lomo de los mares,
al sol ardiente y a la luna fría.
¡Oh los yelos del sur! ¡Oh las polares
islas del norte! ¡Blanca primavera,
desnuda y yerta sobre los glaciares,
cuerpo de roca y alma de vidriera!
¡Oh estío tropical, rojo, abrasado,
bajo el plumero azul de la palmera!
Mi sueño, por el mar condecorado,
va sobre su bajel, firme, seguro,
de una verde sirena enamorado,
concha del agua allá en su seno oscuro.
¡Arrójame a las ondas, marinero:
Sirenita del mar, yo te conjuro!
Rafael Alberti, Marinero en tierra,
Edición de Robert Marrast, Madrid, Castalia, 1982.
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El Jarama (1956), Rafael Sánchez Ferlosio |
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Describiré brevemente y por su orden estos ríos, empezando por Jarama: sus
primeras fuentes se encuentran en el gneis de la vertiente Sur de Somosierra, entre el
Cerro de la Cebollera y el de Excomunión. Corre tocando la Provincia de Madrid, por La
Hiruela y por los molinos de Montejo de la Sierra y de Prádena del Rincón. Entra luego
en Guadalajara, atravesando pizarras silurianas, hasta el Convento que fue de Bonaval.
Penetra por grandes estrechuras en la faja caliza del cretáceo prolongación de la
del Pontón de la Oliva, que se dirige por Tamajón a Congostrina hacia Sigüenza. Se une
al Lozoya un poco más abajo del Pontón de la Oliva. Tuerce después al Sur y hace la
vega de Torrelaguna, dejando Uceda a la izquierda, ochenta metros más alta, donde hay un
puente de madera. Desde su unión con el Lozoya sirve de límite a las dos provincias. Se
interna en la de Madrid, pocos kilómetros arriba del Espartal, ya en la faja de arenas
diluviales del tiempo cuaternario, y sus aguas divagan por un cauce indeciso, sin dejar
provecho a la agricultura. En Talamanca, tan sólo, se pudo hacer con ellas una acequia
muy corta, para dar movimiento a un molino de dos piedras. Tiene un puente en el mismo
Talamanca, hoy ya inútil, porque el río lo rehusó hace largos años y se abrió otro
camino. De Talamanca a Paracuellos se pasa el río por diferentes barcas, hasta el Puente
Viveros, por donde cruza la carretera de Aragón-Cataluña, en el kilómetro diez y seis
desde Madrid...»Rafael Sánchez Ferlosio, El
Jarama, Barcelona, Ediciones Destino, 1996.
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