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Lecturas del siglo XX InicioEnviar comentarios

Sobre las creaciones








Encontrarán a continuación una breve reseña de las obras ganadoras en el concurso Lecturas del siglo XX, con enlaces a los primeros párrafos de cada una de ellas. Si así lo desean, también pueden obtener algunos datos sobre sus autores.

Cien años de soledad
Rayuela
Pedro Páramo
La colmena
Romancero gitano
Luces de bohemia
La familia de Pascual Duarte
El Aleph
Veinte poemas de amor y una canción desesperada
Campos de Castilla
La ciudad y los perros
Platero y yo
Tiempo de silencio
Ficciones
Poeta en Nueva York
La casa de Bernarda Alba
Paradiso
El Siglo de las Luces
Doña Bárbara
Niebla
El señor presidente
Canto General
El túnel
Marinero en tierra
El Jarama

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Cien años de soledad (1967), Gabriel García Márquez

Con la publicación de Cien años de soledad, García Márquez alcanzó un éxito sin precedentes en la historia de la literatura. La novela funda un universo, el de Macondo, construido a partir de las imágenes obsesivas de la infancia que permanecen vivas en la memoria del autor. Lo que sorprende de la obra es su riguroso ordenamiento de la historia, que la sitúa al lado de libros como la Biblia o Las mil y una noches. Sin duda ese encanto que la ha llevado a la popularidad está, entre otras cosas, en las múltiples interpretaciones que pueden hacerse.

Primeros párrafos



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Rayuela (1963), Julio Cortázar

En Rayuela, Cortázar cuenta la historia de Oliveira, un argentino que se va a vivir a París y a su regreso a Buenos Aires revive la situación del extranjero. Así se convierte en un desterrado en su patria, para el que su tierra es precisamente el exilio. Cortázar medita sobre la extranjería, a través de Morelli, un personaje cuya mirada desde fuera es una reflexión sobre la novela como género. Esta especie de metanovela nos lleva necesariamente al mundo de Borges donde la literatura es una invención y la noción de realidad está en tela de juicio. Para reforzar esta idea de la novela como montaje y desmontaje, Cortázar le da elegir al lector varias posibilidades de lectura, obligándolo a asumir un papel activo en el proceso literario.

Primeros párrafos



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Pedro Páramo (1955), Juan Rulfo
 
Pedro Páramo empezó a tener éxito desde el momento de su publicación por sus sorprendentes innovaciones. Aunque trataba los temas tradicionales mexicanos y se inscribía dentro de la nómina de novelas de la revolución. Pero su ruptura de las secuencias de tiempo y espacio, que la convierten en un laberinto temporal, su ambigua frontera entre lo real y lo imaginario, así como el que la experiencia de la muerte se asocie con lo sexual y lo onírico, la hacen insuperable. Rulfo juega con paradigmas universales, como la búsqueda del padre que inicia Juan Preciado, evocando a Telémaco en la Odisea, o el viaje al Comala de los muertos, semejante al de Orfeo a los infiernos. La novela trasciende los temas sociales, ahondando en la terrible violencia de las fuerzas divinas, en la degradación del alma humana, acosada por la culpabilidad y los remordimientos.

Primeros párrafos



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La colmena (1969), Camilo José Cela

Tras ser censurada, La colmena (1951) se publicó por primera vez en Buenos Aires. Para la mayoría de los críticos esta obra es un ejemplo de precisión en el que Madrid representa a los vencidos. Como individuo social y colectivo, la ciudad es sujeto de la humillación y de la pobreza, del hastío y la amenaza que sólo se superan con la solidaridad. Con esta obra, Cela supera el realismo social y lo lleva hacia la experimentación formal, desarrollando al máximo sus posibilidades expresivas.

Primeros párrafos



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Romancero gitano (1928), Federico García Lorca

Romancero gitano funda un mundo que se hace visible, audible y palpitante de sensaciones, sin necesidad de recurrir a abstracciones filosóficas. Como sugiere Miguel García Posada, se trata de ese juego de identidades que en desenfadada combinación maneja el poeta, haciendo que el universo quepa en su corazón.

Primeros versos



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Luces de bohemia
(1920-24), Ramón María del Valle-Inclán

Luces de Bohemia es, entre las de Valle Inclán, la obra que con más acierto desarrolla la teoría del esperpento. En ella se refleja con crueldad, pero también con infinita piedad, el mundo del artista decimonónico. A través de su personaje Max Estrella, un ciego visionario que prefiere la bohemia antes que someterse a la sociedad burguesa, el autor define lo esperpéntico como la oscilación entre lo trágico y lo irrisiorio, evocando la imagen de los héroes de la tragedia griega. Los personajes se pasean por el «callejón del gato», un popular lugar madrileño donde se encuentra una galería de espejos deformantes.

Primeros párrafos



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La familia de Pascual Duarte (1942), Camilo José Cela

En La familia de Pascual Duarte (1942), la terrible historia del criminal inocente es una tragedia que sitúa al protagonista dentro de unas coordenadas sociales y temporales. Cela ha utilizado una anécdota que entronca el relato con una tradición popular de historias y crímenes y con la literatura de Baroja, pero que en la estructura narrativa se aleja de éste. Escrito en primera persona, el relato interioriza el drama humano en la voz del acusado. El protagonista, que también es el narrador, adquiere perfiles contradictorios que se ponen en evidencia en las incoherencias de su confesión. El lirismo de la obra se inscribe dentro de la tradición gallega, en la que se aprecia una íntima relación entre el paisaje y sus gentes.

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El Aleph (1949), Jorge Luis Borges

Entre los libros de relatos, El Aleph es quizás el que mejor sintetiza el universo de Borges, compuesto por espejos, talismanes, laberintos, desdichas y obsesiones, como la búsqueda del nombre de Dios y de espacios donde se rompen las coordenadas lógicas a las que estamos habituados. El relato que da nombre a este libro es una de las fantasías de su autor. En él especula sobre la posibilidad de ver en una esfera todas las cosas del mundo, de percibir el inconcebible universo y, al mismo tiempo, de experimentar la sensación del vértigo, al constatar su incesante paso y no poder distinguir el adentro ni el afuera. La percepción del Aleph rompe todas las categorías y provoca el llanto del narrador.

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Veinte poemas de amor y una canción desesperada
(1923), Pablo Neruda

Veinte poemas de amor y una canción desesperada es quizás la obra más popular de Pablo Neruda. En sus versos predomina una atmósfera de melancolía y de sombra, que aún guarda cierta relación con el modernismo. El poeta lamenta el momento fugaz del amor, y evoca la imagen de la amada ausente cuya presencia es más intensa en la nostalgia, pero también quiere trascenderse a sí mismo, identificándose con lo elemental, con su ser primitivo, salvaje y natural. A pesar de la aparente sencillez de estos poemas, hay una abundancia de símbolos, como el fuego, que es un elemento activo, creador y fecundo; y la tierra, que se relaciona siempre con la mujer.

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Campos de Castilla (1912), Antonio Machado

En Campos de Castilla, Machado explora ese espacio geográfico tan emblemático para los de su generación: el paisaje castellano que integra a los seres humanos que lo habitan. Este fue un intento de poesía civil, derivada de Rubén Darío. Hay en estos poemas una hermosa elegía continuada, donde la imagen de la esposa muerta se une al recuerdo del paisaje, con notas personales de afectuosa ironía y retratos de escritores, que reflejan su interés por interpretar el momento histórico en que vive.

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La ciudad y los perros (1963), Mario Vargas Llosa

En La ciudad y los perros, Vargas Llosa nos ofrece una cruda visión del Perú, conjugando las más modernas técnicas narrativas con el realismo. Ese microcosmos que es el Colegio Militar Leoncio Prada se convierte en el centro de gravitación de una historia donde un grupo de adolescentes, que interiorizan la disciplina castrense, dan rienda suelta a sus más brutales instintos. La ciudad de Lima, con sus conflictos sociales, es el escenario de esta novela formativa que lanzó a la fama a su autor.

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Platero y yo (1914), Juan Ramón Jiménez

Platero y yo, publicada en 1913, rompe con los anteriores trabajos de Juan Ramón Jiménez. La obra es una reflexión sobre la naturalidad y la sencillez poética, en la que se manifiesta el desdén por el énfasis y se denuncia la crueldad. En definitiva, se trata de un libro sensible al dolor y a la injusticia. De un gran virtuosismo formal, Platero y yo abunda en descripciones de inigualable belleza, matices, colorido en las más variadas tonalidades, pero sin ninguna pretensión por parte de su autor.

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Tiempo de silencio (1962), Luis Martín-Santos

Tiempo de silencio, la obra más difundida de Luis Martín-Santos, transcurre en Madrid durante el otoño de 1949. Con una mirada irónica, su autor nos muestra el panorama completo de los estratos sociales de la ciudad durante el periodo de la posguerra, ahondando en los complejos conflictos de los individuos. No obstante, lo significativo en esta obra es su empeño por alcanzar una renovación artística a partir del realismo de la novela española.

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Ficciones (1944), Jorge Luis Borges

Ficciones, sin duda la obra más conocida de Borges, reúne en una primera parte ocho excelentes cuentos que había publicado con anterioridad bajo el título de El jardín de los senderos que se bifurcan. Las páginas de este libro son la mejor síntesis de los procedimientos borgianos (ironía, paradoja, parodia y ambigüedad), con los que crea un universo perturbador y poético de radical originalidad. Su aparición marca un hito en la narrativa de lengua española, que desde entonces hace de la reflexión sobre el lenguaje y de sus limitaciones el centro de su preocupación.

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Poeta en Nueva York (1940), Federico García Lorca

Poeta en Nueva York es la denuncia del empobrecimiento del ser humano en la ciudad moderna, a raíz de la experiencia neoyorquina de Lorca. Esta experiencia fue tan decisiva, que todo lo anterior y lo posterior a ella se reordena a partir de ese centro de gravitación que fue el contacto con la ciudad de los rascacielos. En general, su universo es una síntesis de drama y poesía, rico en formas y tonalidades sorprendentes.

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La casa de Bernarda Alba (1936), Federico García Lorca

La casa de Bernarda Alba es quizás la obra de Lorca más lograda entre las dramáticas, por su teatralidad, gestualidad, color, movimiento y discurso. Llena de dobles fondos, de escenarios exteriores que gravitan sobre un espacio cerrado, la casa deja oír las voces de María Josefa, los gritos de angustia de la mujer linchada y los golpes del caballo garañón.

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Paradiso (1966), José Lezama Lima

Paradiso es una novela de aprendizaje en la que se nos muestra un itinerario externo, pero también el devenir que conduce a la formación del yo poético. Así, la vida de Cemi, el protagonista, se nos muestra como un proceso de iniciación que va fraguándose en el seno de su familia, que se consolida posteriormente en las relaciones con los amigos y, tras la muerte del padre, se consolida con Opiano Licario.

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El Siglo de las Luces (1962), Alejo Carpentier

El siglo de las luces es en esencia la historia de Víctor Hughes, personaje real que vivió a finales del siglo XVIII. Se trata de un comerciante antillano que se estableció en la isla de Guadalupe con sus ideas sobre la revolución y la guillotina. A su lado aparecen otros personajes imaginarios en los que se reflejan la grandeza y las miserias del protagonista. La novela recrea así el pasado colonial y la traición del ideal revolucionario.

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Doña Bárbara (1929), Rómulo Gallegos

Doña Bárbara desarrolla un tema paradigmático en la literatura hispanoamericana: el conflicto entre civilización y barbarie. Para el autor, dicha barbarie puede ser superada mediante la educación y el control del instinto. Al lado del colombiano Rivera, Gallegos explora esa intensa y compleja relación del ser humano con el paisaje, mostrando de qué manera los seres pueden llegar a la degradación, por la ambición, la avaricia y el ansia del poder. El escenario de este drama es el llano venezolano, que el autor pinta con una plasticidad magistral, tanto en sus descripciones como en la construcción de personajes.

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Niebla (1914), Miguel de Unamuno

En Niebla, Unamuno plantea el tema de la independencia de los personajes con relación al autor. Augusto Pérez se encara con su creador, sin saber si está despierto o dormido. Así, el problema de la identidad cede el paso al de la libertad, por parte del personaje, de decidir su propio destino. La obra es también la denuncia de la superioridad del ser de carne y hueso sobre el de la ficción, pues quizás aquel no sea más que un sueño de Dios.

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El señor presidente (1946), Miguel Ángel Asturias

En El señor presidente, Asturias se inspira en la figura del dictador guatemalteco Manuel Estrada Cabrera. La obra es un descenso a los infiernos, a través de la reconstrucción de una atmósfera de pesadilla y de degradación moral por el ejercicio abusivo del poder, la delación, la tortura, la miseria y el horror a los que se somete a la población civil. Asturias ofrece una visión esperpéntica de la realidad hispanoamericana, recurriendo a un lirismo descarnado que combina los elementos autóctonos con las técnicas vanguardistas.

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Canto General (1940), Pablo Neruda

Canto General es un gran relato que intenta abarcar la realidad americana desde la formación de los elementos, pasando por las antiguas culturas, sin dejar de cantarle a los conquistadores. En este poema épico Neruda fija un espacio idílico antes de la llegada de los españoles, un escenario cósmico a partir del cual funda también un tiempo histórico donde armonizan la naturaleza y la cultura con el ser humano.

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El túnel (1948), Ernesto Sábato

En El túnel, Sábato aborda la crisis espiritual de nuestro tiempo, descalificando de manera rotunda el conocimiento científico y el dogma del progreso. La obra, que expresa su radical escepticismo sobre las posibilidades del lenguaje, es también una historia de amor y de muerte en la que se manifiestan de manera dolorosa la soledad y la incomunicación del hombre contemporáneo.

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Marinero en tierra (1925), Rafael Alberti

La originalidad de Marinero en tierra consiste en mostrar la dimensión épica del mar como un tesoro de sugestiones breves, aladas y graciosas, y de cantares marineros en los que el verso fluye con flexibilidad y elegancia. Despojado de toda retórica, este poemario retoma las poéticas de los siglos XVI y XVII, infundiéndoles una sangre nueva, para devolverlos de nuevo a la corriente de donde Alberti los recoge.

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El Jarama (1956), Rafael Sánchez Ferlosio

Con El Jarama, Sánchez Ferlosio obtuvo el Premio Nadal en 1956. Se trata de un relato en tercera persona, fundamentalmente objetivo, pero con unas descripciones impregnadas de gran lirismo y belleza. La historia se sitúa justamente en un enclave del río Jarama, el Puente Viveros. El tiempo comprende dieciséis horas de un domingo veraniego. Los personajes son jóvenes trabajadores de Madrid que llegan en pandilla y lugareños que frecuentan la venta cercana al baño. Destaca en esta novela el contrapunto entre el habla castiza de los hombres del pueblo y la empobrecida e impersonal de los madrileños. Cargada de trágica ironía, la obra llega a ser, como sugiere la crítica, una auténtica epopeya de la vulgaridad.

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