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Pablo Neruda

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Por Samuel Serrano Serrano*

En su libro de memorias Confieso que he vivido, comenta Pablo Neruda que al regresar a Chile, luego de su apasionante periplo por la India y el Oriente y de haber experimentado durante la guerra civil española la metamorfosis que lo llevó del hermetismo surrealista de Residencia en la tierra a la poesía social de España en el corazón, sintió como una obligación urgente la tarea de crear una poesía que agrupara «las incidencias históricas, las condiciones geográficas, la vida y las luchas de nuestros pueblos». Esta empresa poética de dimensiones colosales culminaría años más tarde con la aparición de su Canto general (1950), libro de carácter enciclopédico agrupado en torno a un núcleo común, América, su origen y su devenir histórico, y cuyo tema, sin dejar de ser el mismo a lo largo de sus casi 15.000 versos, tendría dos enfoques radicalmente opuestos que estarían condicionados por las distintas miradas del poeta que lo canta.

Canto general es, por tanto, una crónica, una epopeya del vasto mundo americano que se inicia con una cosmogonía telúrica, «La lámpara en la tierra», y culmina con una acuática, «El gran océano». Pero la mirada del poeta, que celebra las grandezas o deplora las miserias del continente a lo largo de las quince secciones y 231 poemas que conforman el libro, no recorre el paisaje de su tierra ni la historia de su gente de manera cronológica, sino a través de mudas y de saltos, de adelantos y de retrocesos en el tiempo, y en algunos poemas podría decirse que sus ojos, al igual que los del bifronte Jano de la mitología romana, se encuentran encajados en dos rostros opuestos que contemplan, de manera simultánea, el pasado y el futuro, el pretérito y el porvenir, el útero nutricio y germinal de los primeros versos que se hunden en las raíces del origen —«El hombre tierra fue, vasija, párpado / del barro trémulo, forma de la arcilla, / fue cántaro caribe, piedra chibcha, / copa imperial o sílice araucana»—, y el futuro radiante y venturoso del epinicio final que aspira a conquistarse después de la revolución social —«este tiempo, esta copa, esta tierra son tuyos: / conquístalos y escucha cómo nace la aurora».

Se trata, por tanto, de un gran orbe conformado por hemisferios poéticos opuestos que contiene visiones utópicas enfrentadas, pues al mismo tiempo que pondera al adamita silvestre y virginal —«como la copa de la arcilla era / la raza mineral, el hombre / hecho de piedras y de atmósfera, / limpio como los cántaros, sonoro»—, celebra el esfuerzo del hombre por dominar la naturaleza —«sombra de espinas, sombra de cardo y cera, / el español reunido con su seca figura, / mirando las sombrías estrategias del suelo»— y a la par que menosprecia el desarrollo tecnológico y la civilización urbana —«la ciudad en la esperma del cerote / fermentó, bajo los paños negros, / y de las raspaduras de la cera / elaboró manzanas infernales»—, alaba la ciencia, la planificación a gran escala y la utopía racionalista —«en la primavera / del mundo, amaneció la maquinaria. / La técnica elevaba su dominio / y el tiempo fue velocidad y ráfaga / en la bandera de los mercaderes»—; un orbe cosmogónico y ritual que es a la vez conjuro y profecía, y que resultaría antagónico y contradictorio si el poeta, con sus versos y su propia militancia en un partido revolucionario, no ejerciera como puente tendido entre el mito y la historia, entre la evocación nostálgica de un pasado de plenitud y el combate fervoroso por un mundo venidero de justicia universal.

Estas concepciones poéticas opuestas se encuentran mezcladas de forma intrincada y resulta difícil a veces discernir sus vertientes porque el pueblo, a lo largo de los miles de versos que conforman el canto, se convierte para Neruda en un brote surgido de la propia naturaleza, un retoño robusto que tendrá la misma fertilidad y la misma capacidad transformadora de la tierra que lo engendra: «aquí viene el árbol, el árbol / de la tormenta, el árbol del pueblo. / De la tierra suben sus héroes / como las hojas por la savia, / y el viento estrella los follajes / de muchedumbre rumorosa, / hasta que cae la semilla / del pan otra vez a la tierra». Pero hay un conjunto de poemas esenciales que jalonan como un hito el torrente de imágenes que conforman este canto y cuya importancia cardinal en el cambio de registro del poeta ha sido agudamente vista por Saúl Yurkievich; se trata de «Alturas de Macchu Picchu» en los que el poeta, luego de celebrar la grandeza del pasado americano ante las ruinas de la ciudadela incaica, desciende desde la cúspide de esa «alta ciudad de torres escalares» a la base subyugada de sus constructores esclavizados para hacer suya la voz del oprimido y dejarnos escuchar su queja: «habladme toda esta larga noche / como si yo estuviera entre vosotros anclado, / contadme todo, cadena a cadena, / eslabón a eslabón, y paso a paso, / afilad los cuchillos que guardasteis, / ponedlos en mi pecho y en mi mano, / como un río de rayos amarillos, / como un río de tigres enterrados».

Neruda, habitante de un continente expoliado por la rapacidad capitalista, no puede conformarse con el papel de cronista que exhuma la grandeza o señala la miseria del suelo americano y poseído de esa enorme solidaridad humana que ha sentido crecer dentro de sí desde que escribiera los poemas de España en el corazón, busca consubstanciarse con el sufrimiento del pueblo para que su poesía pase de la leyenda a la historia, del individualismo a la colectividad, del mito de una edad de oro perdida en los anales del tiempo al combate por la conquista venidera de la justicia y la igualdad, en un descenso bautismal a las aguas del dolor que lo hará emerger regenerado y limpio para emprender la lucha al lado de su pueblo. La epifanía vivida ante las imponentes ruinas de Machu Picchu se torna, de esta manera, semejante a la revelación vivida por el poeta durante la guerra civil española cuando una misma sensación de caída y de desastre, cerniéndose sobre los cimientos del mundo que había amado, lo hizo sentir que de las ruinas de todo paraíso perdido, irrecuperable, debía alzarse la palabra poética que restableciendo el sueño sirviera de guía a los hombres en su lucha infatigable por la conquista del porvenir.

* Poeta y ensayista colombiano.

 

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