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Pablo Neruda

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Por Osvaldo Rodríguez P.*

Situado en el límite de su vida, Neruda se prepara para dar el salto a lo desconocido, no sin antes plantear su propósito de ponerle cara a la muerte: «…a todos recomiendo mi claro tratamiento / (...) / veamos frente a frente lo invisible», dice en el poema «A plena ola» de Geografía infructuosa (1972); libro este que junto a La rosa separada (1972) constituye la antesala de su poesía póstuma. A propósito de este último poemario es necesario aclarar que Neruda, pese a la existencia de una edición parisina (99 ejemplares firmados), lo incluye entre los ocho libros de poemas y las Memorias con los que pretendía sorprender a sus lectores en el homenaje nacional que le preparaba Salvador Allende con motivo de la celebración de su 70 cumpleaños, el 12 de julio de 1974. Como sabemos, no pudo ser: el escritor muere el 23 de septiembre de 1973, a menos de dos semanas del golpe militar que acabaría con la democracia en Chile, no sin antes dejar el testimonio de su palabra poética frente al peligro en que se encontraba la patria, en un libro construido contra el tiempo que consumía su propia vida: Incitación al nixonicidio y alabanza de la revolución chilena (1973).

La serie de libros aludida está encabezada por La rosa separada y El mar y las campanas, ambos publicados por Losada a finales de 1973; los restantes, Jardín de invierno, El corazón amarillo, 2000, Libro de las preguntas, Elegía y Defectos escogidos, más sus Memorias. Confieso que he vivido, se editan en 1974. Como es obvio, el tema dominante en la poesía póstuma nerudiana es la muerte, pero lejos del «claro tratamiento» que recomienda en Geografía infructuosa, jamás se refiere explícitamente a ella como lo hace en Estravagario (1958), donde, con desenfadado humor, le dice a la mujer amada: «Que no nos separe la vida / y se vaya al diablo la muerte» («Testamento de otoño»). El tratamiento de la muerte es, por tanto, en la poesía póstuma de Neruda, elíptico, figurado, encubierto simbólica y metafóricamente como expresión del enigma impenetrable de la existencia humana que nace para morir. Tal universo lírico, presidido por el tema del devenir temporal y la muerte, se organiza en torno a un viejo motivo estructural en la poesía de Neruda: el viaje.

Pero ahora se trata de la inminencia de un viaje sin retorno a lo desconocido que el poeta asume como esencial experiencia indagatoria, no precisamente en términos de especulación metafísica, sino como una realidad inaceptable no por sí misma como entidad abstracta, sino por sus efectos concretos que se traducen en despojo, en ausencias irrecuperables. Así, desde la precariedad de su presente inmóvil, el poeta emprende el viaje simbólico, un viaje circular que lo conduce tanto al pasado como al por-venir y que en definitiva lo deja donde mismo, en su propia circunstancia de hombre ya mineralizado. Su primer derrotero será el viaje iniciático a Isla de Pascua en La rosa separada, donde acude con un propósito explícito: «para cavar con mis pobres manos sangrientas el destino» (XII: «La Isla»). Si nos introducimos en la poesía póstuma, teniendo en cuenta el tiempo de la escritura más que la fecha de publicación, nos encontramos con que en el libro póstumo titulado 2000 (1974) se desplaza en el eje temporal para instalarse en el futuro y convertirse así en testigo de excepción del tiempo venidero, del decurso histórico de la humanidad y de su propio fin: «Hoy es también mañana, y yo me fui / con algún año frío que se fue, / se fue conmigo y me llevó aquel año» («Celebración»). El viaje al por-venir tiene en esta obra una dimensión fantástica: «Quiero salir de mi tumba, ya muerto, por / qué no?», se pregunta el yo en su afán por trascenderse a sí mismo en el poema «Los invitados». La inutilidad de tal viaje indagatorio sobre su propia realidad agónica y la agonía del siglo se manifiesta con irónico humor en la visión extrañada del poeta ajeno a ese tiempo: «He llegado a este año 2000, y / qué saco, / con qué me rasco, qué tengo yo que ver / con los tres ceros que se ostentan / gloriosos / sobre mi propio cero, sobre mi / inexistencia… («Los hombres»).

En su libro póstumo titulado Elegía, Neruda cambia el curso de su viaje. Ahora regresa al pasado en un reencuentro con la muerte, la cual es representada por el símbolo material de las estatuas. No son éstas las imágenes primordiales de Isla de Pascua, admiradas por el poeta en La rosa separada, sino las del tiempo detenido, rígido, petrificado por la muerte: «En verdad son amargas las estatuas: / porque el tiempo se queda / depositado en ellas, oxidado…» («Poema IX») Este libro, producto del viaje real que realiza el poeta, acompañado por Matilde, desde París a Moscú en diciembre de 1971, con la esperanza de que la medicina soviética detuviera el avance de su  enfermedad, es una auténtica autoelegía del escritor que se despide de Moscú, ciudad en la que constata la definitiva ausencia de los amigos que se fueron con el tiempo. La conciencia de la progresiva pérdida de su vida en la muerte de otros hace del poeta un ser extraviado en el espacio antes familiar donde compartió la vida con los que ahora no están:  presencias «que eran nosotros mismos y no están, / y no es porque estén muertas, / sino porque no están, y no hay remedio» (Poema XX).

La profunda reflexión sobre la muerte en Elegía, sorprendentemente adquiere un registro muy diferente en El corazón amarillo (1974). Ahora el poeta se decanta por el humor, un humor de signo quevedesco, teñido de irracionalismo, próximo al viaje fantástico de 2000. Pero el humor no es suficiente antídoto contra el dolor y la inquietud sobre su propio destino y el destino humano («Enigma para intranquilos»). En apariencia este poemario tiene un carácter misceláneo porque en él se mezclan anécdotas humorísticas próximas al esperpento («Situación insostenible»), autorretratos irónicos («Uno», «Sin embargo me muevo», «Piedra fina»), la sátira social («Suburbios») y lúdicos poemas amorosos («Canción de amor»), con textos de profundo registro reflexivo. Sin embargo, una lectura atenta muestra que este poemario posee una estructura bien definida fundada en el tema de la muerte. Así, el humor inicial con que se trata este tema («Piedrafina») progresivamente se decanta por el grave tono reflexivo de los poemas siguientes, aunque tengan títulos graciosos como «El pollo jeroglífico» y otros tales como «Enigma para intranquilos», «Mañana con aire», «El tiempo que se nos perdió» y «Otra cosa».

Si El corazón amarillo nos sorprende por el aparente distanciamiento irónico con el que Neruda expresa su radical incertidumbre sobre su propio fin, más sorprendente aún resultan las más de 300 interrogantes que conforman el Libro de las Preguntas (1974) formuladas en breves dísticos eneasílabos. La  heterogeneidad de las preguntas contenidas en los 72 textos del poemario, en el que se incluyen chistes, paradojas, greguerías, adivinanzas, sólo adquiere unidad desde la orientación autorreflexiva del discurso poético que encauza interrogantes esenciales paradójicamente formuladas a través de preguntas en apariencia intrascendentes. En realidad, el poeta no busca una respuesta en el Libro de las preguntas, porque la interrogante sobre el absurdo de la existencia humana se proyecta al infinito. Entre los pliegues del discurso irónico persiste la esencial inquietud nerudiana sobre la muerte, cuya expresión lírica se resuelve en imágenes de signo quevedesco, tales como «polvo», «gusanos», «huesos disgregados»; o bien, en visiones de profundo contenido melancólico, como la solitaria figura del tren detenido —igual que el yo en su estación invernal—, expuesto a la oscuridad y la lluvia que desrealiza: «Hay algo más triste en el mundo / que un tren inmóvil en la lluvia?» («Poema III»).

En Jardín de invierno (1974) el poeta emprende el viaje al pasado en un intento frustrado por reencontrarse con lo que fue. La muerte, dominante en todo el poemario, no es designada de forma directa sino que se la representa por sus efectos depredadores. Tal es el caso de la fábula que muestra al yo-niño que, como un animal acorralado, se oculta inútilmente en el bosque de la infancia para huir de su acoso, poema que termina con la resignada constatación: «El hombre se acomoda a su destino» («Animal de luz»). Reflexión sobre la condición perecedera del hombre similar al siguiente enunciado poético: «No hay albedrío para los que somos / fragmento del asombro...» («La estrella»). La tentativa del viaje de regreso a las vidas del poeta se revela en todos sus términos imposible; sólo queda  la temida regresión al no-ser y la despedida: «...adiós, por un terrible viaje / en que me voy sin llegar a parte alguna: / mi único tranvía es un regreso...» («Regresos»).

Similar registro lírico al de Jardín de invierno es el de la obra póstuma nerudiana titulada El mar y las campanas (1973); pero ahora la voz del poeta se manifiesta como canto sumergido, como rumor de olas en la inmensidad marina. El recurso utilizado por Neruda de objetivar su propio fin hablando de sí mismo como si fuera de otro, es de notable rendimiento poético. Él es «el señor oxidado», el que «no se murió», al que «se le endurecieron los ojos», al que «le creció una yedra en la mirada». Reaparece también la metáfora residenciaria del «traje vacío» que ahora es un traje «lleno de agujeros», así como la visión de la muerte representada como un «volver al pozo de sí mismo». La red en este poemario está asociada al poder envolvente de la muerte («Hay cuantas horas») y el símbolo del metal se convierte ahora en metal caído y derruido por el tiempo («Esta campana rota»). Tal recurrencia simbólico-metafórica converge en el viaje final representado por la nave funeraria: «Parece que un navío diferente / pasará por el mar, a cierta hora...» («Parece que un navío»).

Por último, algunas palabras sobre Defectos escogidos (1974), libro cuyo aparente registro humorístico es desmentido por la recurrencia simbólica que representa al poeta en el momento límite de su propio fin. La imagen de la muerte como caída y la del yo fosilizado presiden la dantesca visión sobre el más allá que aparece en «Parodia del guerrero». La muerte es hundimiento en el pozo de sí mismo («Orégano») y la vida, en su progresivo deterioro, es «un gastarse dentro de un vestuario», «una medalla que se va oxidando» («Otro castillo»). El poeta hace gala de su arte aun en la zona límite de su vida para representar formal y figuradamente en la ficción poética el trance de su de viaje a lo desconocido («Repertorio»). En definitiva, si hubiera que inferir una poética póstuma de Neruda habría que decir que en esta se traduce el esencial intento del poeta por penetrar el misterio de la muerte constitutiva de la vida a través del viaje indagatorio en el tiempo. Al final del viaje, el poeta se acomoda a su destino de hombre perecedero, dejándonos lo que él define quevedescamente como «un porfiado esqueleto de palabras» («Celebración»: 2000).

* Catedrático de Literatura Hispanoamericana, Universidad de La Laguna.

 

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