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Pablo Neruda

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Por José Montero Padilla*

En lejana ocasión, Pablo Neruda escribió, con palabras de sentido autobiográfico:

...me detengo, los ojos cerrados, enervado en un aroma de lejanía que yo mismo he ido conservando, en mi lucha pequeña contra la vida. Sólo he vivido ayer.

A ese ayer vivido corresponde la relación amorosa que Neruda tuvo con Albertina Rosa Azócar, durante los años 1923, 1924, 1925..., hasta 1929 probablemente, o, acaso, durante más tiempo aún.

Tal como escribió Albertina Rosa, «es una antigua historia...», y cuando comenzó ella tenía diecinueve años, él uno menos. Eran compañeros en el Instituto Pedagógico de Santiago de Chile. De aquella antigua historia la misma Albertina Rosa evocaría preciosos, entrañables detalles:

El Instituto era un viejo edificio de dos plantas, con una sala de actos en la que celebrábamos reuniones los sábados. Había estudiantes que componían poesías. Pablo estaba entre ellos y recitaba con aquel tono suyo lento y grave. (:..)
Caminábamos por la Alameda; salíamos a andar y andar, no más. Nos sentábamos en alguna parte para conversar y fuimos algunas veces al cine, muy pocas, a un cine que estaba en la calle República, cerca de la casa.
Nuestras relaciones en Santiago duraron un año y medio, más o menos. Me habría casado con él, pero volví a Concepción para terminar los estudios, hacer mi Memoria y trabajar...

Testimonio tan revelador como expresivo de esta historia sentimental son las numerosas cartas —cartas de amor— conservadas (más de cuarenta), escritas por Pablo Neruda a su compañera en el Instituto Pedagógico de Santiago de Chile. Están escritas en los papeles más diferentes e inesperables: en el sobrante de una carta de Juana de Ibarbourou, en los reversos de impresos de la Compañía del Telégrafo Comercial; en hojas con el membrete del Ministerio de Instrucción Pública de Chile, de la revista Claridad, del diario La Montaña; en tarjetas postales italianas, en otra postal con fotografía de la casa de El Greco en Toledo, y, por supuesto, en cuartillas normales...

Estas cartas contienen desde giros y frases coloquiales hasta poéticas y apasionadas expresiones de amor. En una de ellas, ¿acaso la última?, escrita el 18 de diciembre de 1929, dice:

«¿Es verdad que aún me quieres? (...) ¿Verdad que nos hemos amado, querido, adorado, como nadie? ¿Verdad que nuestro amor ha sido grande? Yo pienso en ti, con tanta pasión, casi con dolor. Y me parece que es la primera vez que te confieso que te he querido tanto».

Y, junto a las cartas, los versos. Se cree que hasta once de los Veinte poemas de amor y una canción desesperada tuvieron una raíz en Albertina, si bien Neruda, en la Pequeña historia que escribió en 1960 acerca de su libro más popular, indicará: «Cuando recuerdo los rostros amados en mi juventud, pienso que es más de una la inspiradora del libro». En fechas posteriores, la propia Albertina contará: «Era tan joven, tan enamoradizo... No sé, a muchas chiquillas les gustaban los poetas. Cuando me escribía, por ejemplo, tenía acá dos, tres, cuatro amores...». En todo caso, de aquella historia antigua permanecen, con la emoción de los amores lejanos pero nunca olvidados, con una fragancia de melancolía, los versos del poeta:

Me gustas cuando callas porque estás como ausente,
y me oyes desde lejos, y mi voz no te toca.
Parece que los ojos se te hubieran volado
y parece que un beso te cerrara la boca.
Como todas las cosas están llenas de mi alma
emerges de las cosas, llena del alma mía.
Mariposa de sueño, te pareces a mi alma,
y te pareces a la palabra melancolía.

Y es que, en verdad, sólo hemos vivido ayer...

* Catedrático de Literatura Española.

 

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