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Cuando en 1935 Neftalí Ricardo Reyes Basoalto, conocido para la posteridad como Pablo Neruda, funda en Madrid su revista Caballo Verde para la Poesía, está justo en el ecuador cronológico de su vida y quehacer literario. No es entonces de extrañar que fuese en este momento y no en otro cuando se detenga a reflexionar, no solo sobre su propia poética y dirección creativa, sino también sobre una nueva senda para sus contemporáneos y venideros. Ya en 1923 aparecía su primer libro, Crepusculario, suma en realidad de dos poemarios independientes e inéditos: Las ínsulas extrañas y Los cansancios inútiles. Cuando dos años después, en 1925, aparece su libro Veinte poemas de amor y una canción desesperada, Neruda se convierte en un referente, a pesar de su juventud, para la poesía latinoamericana. Tanto es así que le piden que explique en una extensa carta literaria el proceso de creación de este libro en el prestigioso diario La Nación de Buenos Aires. A partir de este momento, Neruda dirige varias revistas literarias, como Caballo de Bastos; colabora en la prensa nacional de Chile y de muchos otros países, y cobra relevancia tomando contacto con los grandes escritores latinoamericanos y españoles del momento. No es casual que en 1926 apareciese un nuevo poemario, El habitante y su esperanza, al tiempo que se reeditaban en segunda edición sus dos libros anteriores. Su notabilidad va tan en aumento que en 1927 lo nombran cónsul de honor en Rangún, Birmania, hacia donde parte, iniciando así su carrera diplomática. Así comienza su deambular cosmopolita como cónsul en Colombo, Ceilán, en 1928; como participante en el encuentro panhindú en Calcuta en 1929; luego otra vez cónsul en Batavia, Java, 1930; y en Singapur en 1931; hasta que vuelve a Santiago de Chile en 1932 para ver cómo aparece otra edición de sus Veinte poemas de amor y una canción desesperada. Una de las amistades más estrechas que entabla Neruda es con el poeta Federico García Lorca, en Buenos Aires, a raíz de la presentación de otra edición del famosísimo libro amoroso del poeta chileno. Es Lorca quien lo presenta en la Residencia de Estudiantes de Madrid, en 1935, una vez destinado Neruda a España como cónsul, primero en Barcelona en 1934, y luego en Madrid en 1935. Es en este momento, y ya en España, cuando aparece por primera vez su libro Residencia en la tierra. Está ya pergeñada parte de su obra más importante hasta lo que sería su culmen, Canto general, en 1951, y Los versos del capitán, en 1952. Su sintonía con los poetas del 27, encabezados por Federico, es tanta como su empatía con los jóvenes más receptivos de aquel momento. Esta es la razón de que fundara en ese mismo año de 1935 la fugaz e importantísima revista Caballo Verde para la Poesía, truncada de forma trágica como tantas vidas y proyectos por la guerra civil española. Impresa por Concha Méndez y Manuel Altolaguirre, sus escasos seis números son imprescindibles para entender ese periodo de la poesía en castellano, cuyos frutos tienen aún pervivencia en nuestros días. Una intensa polémica literaria estaba teniendo lugar por aquellos momentos en el panorama de las letras hispánicas. Por un lado los poetas que apostaban por una poesía denominada «pura», cuyo pope y máximo representante era el maestro Juan Ramón Jiménez; y otros que pretendían rehumanizar la poesía, cargarla de contenido y temas cercanos al hombre. Aunque Juan Ramón no participara directamente de ella, su magisterio y ámbito de influencia era tan importante y respetado que comenzaba a imponerse esta tendencia como la única posible. La conmoción que supone la aparición sucesiva de sus libros Diario de poeta y mar, versión primera del que sería Diario de un poeta recién casado, en 1917, Eternidades, en 1918, y Piedra y cielo, en 1922, hacen que esta búsqueda del maestro por la desnudez más rica de la expresión poética, la abstracción de los motivos cotidianos, apostando por los grandes temas como la eternidad, la muerte, la poesía, parezca la única posible y respetable. La devoción que sentían la mayoría de los integrantes del 27 por el maestro Juan Ramón, y los primeros presupuestos surrealistas todavía tan arraigados en ellos los sitúa en una difícil encrucijada: la poesía pura o la nada. Es en este punto en el que interviene Pablo Neruda de una manera decisiva. Frente a esta opción luego solitaria de Juan Ramón, Neruda aboga por la humanización de la poesía, pero no de una forma simple o reduccionista. En realidad Neruda toma el testigo de Ortega cuando señalaba en su obra La deshumanización del arte, que apareció en 1925, las causas que han ido alejando de los temas tradicionales la poesía desde el simbolismo y el parnasianismo, de los que bebe innegablemente Juan Ramón Jiménez, hasta las últimas vanguardias estéticas. Es más, Ortega apuntaba que esta era la razón y no otra por la que las manifestaciones artísticas se desligaban cada vez más de la gente no integrada en el debate artístico. Por esta cuestión, desde el primer número de la revista Caballo Verde para la Poesía, aparecida el 1 de octubre de 1935, Neruda aborda la polémica estética en sus primeras páginas con una poética que es casi una declaración de principios éticos más que formales, bajo el título«Sobre una poesía sin pureza». Fueron otros los que enfrentaron las posturas de Juan Ramón y Neruda. Ambos tenían en realidad muchas cosas en común, ideológicamente, desde las fuentes de la espiritualidad hindú hasta el panteísmo y el animismo, que ambos conocían a la perfección. Tanto es así que la poeta Cocha Méndez se convierte en editora y amiga íntima de Neruda, alentándole en sus búsquedas estéticas y participando de ellas, a la vez que sus libros aparecían prologados por su adversario Juan Ramón Jiménez. Tal vez sus diferencias en los discursos, agitadas más por los ajenos que por ellos mismos, tenían más que ver con el carácter de ambos que por disidencias teóricas. Juan Ramón prefería la torre de marfil del poeta, por una timidez enfermiza, por su dificultad para relacionarse con el mundo, y Neruda optaba por «el contacto con el hombre», por su naturaleza sensual y telúrica. De esta forma dice Neruda en su manifiesto: «La confusa impureza de los seres humanos se percibe en ellos, la agrupación, uso y desuso de los materiales, las huellas del pie y los dedos, la constancia de una atmósfera humana inundando las cosas desde lo interno y lo externo». Es en realidad una apuesta por la materia sobre el espíritu, pero sin desterrar éste. Neruda no era un teórico excluyente sino más bien un heterodoxo. Frente a la diatriba socrática del cuerpo frente al espíritu, él elegía la amalgama de ambos. Nada de esencias destiladas y puras sino, por el contrario, la mezcla de las dos para fundirlas en el todo que es el hombre. Por eso dice también en su texto:
Y termina recalcando casi al final del texto:
Sin darse cuenta estaba plasmando una poética que imbricaba la creación en la vida de una forma irrenunciable. Era no solo una apuesta estética, sino ética; una forma de vida y de entender el mundo. Además, estaba preconizando y abriendo la puerta a todos los movimientos literarios que sobrevolarían el siglo XX hasta nuestros días. No es una casualidad que en ese mismo primer número de la revista, y tras su poética de «la poesía impura», dicho con sus palabras, aparezcan dos poetas hasta el momento inéditos llamados Miguel Hernández y Leopoldo Panero, además de otros conocidos como Federico García Lorca y Vicente Aleixandre, a los que se sumarían en números posteriores Concha Zardoya, Luis Cernuda, Rafael Alberti, Rosa Chacel y Jorge Guillén, entre otros muchos. Neruda no está dispuesto a renunciar a nada en su idea de la creación, ni siquiera a la cursilería o a lo supuestamente de mal gusto, y por eso apostilla:
Esta es la estrofa lapidaria con la que Neruda evidencia su necesidad de calidez, de calor en la creación. Una necesidad de insuflar vida y humanidad en las palabras como el aliento divino en el barro, según el Génesis, pero sin mojigatería ni poquedad.
Pero donde cobra peso específico es a partir de la posguerra, cuando se convierte en la base de muchos de los poetas considerados sociales como Celaya o Blas de Otero, con su Ángel fieramente humano, de 1950, en el que los ecos de este Neruda impuro son evidentes. Pero las ramificaciones de esta apuesta llegarían a nuestros días, jalonando los autores de todo el siglo. Carmen Conde con Mujer sin edén, por ejemplo; José Hierro con Tierra sin nosotros; Félix Grande en Blanco spirituals; hasta los últimos versos de nuestro contemporáneo Jorge Riechman. Claro que si observamos de nuevo la exposición teórica de Neruda, cualquier camino, incluso el menos aferrado a lo humano, a la materia, podría ser incluido dentro de su tentativa porque lo asume todo, sin exclusiones. Acabada la guerra
civil española, tanto Neruda como Juan Ramón se exilian, llevando además
de la derrota, el peso en el corazón de la muerte de su común amigo Lorca.
También en esto aúnan posturas y razones. Tal vez sean los padres de la
poesía moderna en castellano y su pervivencia es más que evidente en nuestros
días, pero para ser justos, Pablo Neruda sintetiza y aglutina en El resto de la producción poética de Pablo Neruda, ya desde las páginas de los siguientes números de la revista Caballo Verde para la Poesía, serían la praxis de la teoría impura, y una constante de su obra. La lección de esta poética, el regalo de este Neruda Impuro sea tal vez la pureza de considerarlo todo como material para la poesía, como camino de búsqueda y de encuentros. Su Canto general es en este sentido la culminación de esta teoría; y una enseñanza aún vigente. Recorrerla desde hoy es una forma de descubrir su pervivencia. *
Poeta español. |
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