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El poeta colombiano
Gregorio Castañeda Aragón (1887-1960) era en los años treinta y cuarenta
una figura destacada de la vida intelectual de su país. Pertenecía a una
generación intermedia entre el modernismo y la vanguardia, habiéndose
dado a conocer en hacia 1910, en especial por medio de sus publicaciones
en la importante revista prevanguardista Voces que animaba en Barranquilla
el catalán Ramón Vinyes. A lo largo de los años, Castañeda Aragón viajó
por el Viejo Mundo y el Nuevo, desempeñó importantes cargos de ejecutivo
en empresas privadas o en entidades estatales de su país, y también asumió
varias veces empleos en la diplomacia, por ejemplo, ya en el umbral de
la ancianidad, el de cónsul en Belén de Pará (Brasil). Al principio de
los años cuarenta, representaba a Colombia en Ciudad de Guatemala, desde
donde enviaba con regularidad sus colaboraciones al suplemento literario
de El Tiempo de Bogotá. En Ciudad de Guatemala, donde mantenía
una intensa actividad intelectual, editando una revista cultural y literaria
que allí había fundado, tuvo la oportunidad de conversar con Pablo Neruda,
entonces cónsul general de Chile en México, quien efectuaba una visita
privada en el país vecino.
Las conversaciones
entre ambos poetas dieron lugar a la publicación que aquí presentamos,
aparecida en el suplemento de El Tiempo el día 13 de julio de 1941.
Tal vez sea de lamentar que Castañeda Aragón no restituyera en forma directa
las respuestas de Neruda, pero es cierto que en Colombia aún se desconocía,
o casi, el género de la entrevista. De modo que es una transcripción muy
mediatizada la que podemos conocer hoy, pero no por ello desprovista de
interés.
Desde luego, Castañeda
Aragón interrogó a Neruda con perspectiva muy colombiana, en particular
sobre lo que era entonces la poesía predominante en el país, la de los
piedracielistas. Hubiera valido la pena que el entrevistador no
se callara los nombres de los piedracielistas preferidos del poeta
chileno, aunque, dado lo que pensaba Neruda del influjo de Juan Ramón
Jiménez en América, la opinión global debía ser más bien negativa, y el
juicio nada más que reticente en los mejores casos individuales. Pero
también manifestó Castañeda Aragón curiosidad por otros temas y no carece
de interés el concepto que recogió, aunque en forma demasiado escueta,
sobre la poesía negrista de las Antillas. También merecen atención, si
bien nada tienen de propiamente nuevo, los juicios de Neruda sobre la
poesía en lengua española del siglo XX, su enfática
mención de la herencia rubendariana y su severa alusión a Juan Ramón Jiménez.
De la misma manera
conviene destacar la insistencia con que Neruda se refiere al necesario
compromiso del poeta en las circunstancias trágicas que vivía la humanidad.
Como se ve en la breve alusión que hace Castañeda Aragón a la lectura
de versos sacados de lo que llama «Canto de Chile», Neruda iba camino
de su Canto general, y lo hacía con base en una preocupación de
alcance universal. Tal vez no haya por qué subrayarlo demasiado, pero
al menos es útil ver que el poeta chileno recordaba en una Hispanoamérica
aún amodorrada y ensimismada el significado de los acontecimientos bélicos
que en ese mismo momento se estaban desarrollando en otra parte del mundo.
Y también es justo apuntar que Castañeda Aragón le reconocía a ese tema
la suficiente importancia como para dedicarle un párrafo de sus notas.
El
trasfondo de la vida intelectual colombiana era precisamente entonces
de indiferencia a los problemas de la guerra. Las semanas anteriores habían
sido ocupadas por una violenta polémica sobre nacionalismo literario,
en la que la mayoría de los escritores colombianos había optado por una
actitud de repliegue sobre realidades y valores supuestamente nacionales.
Y, precisamente en la misma entrega del suplemento de El Tiempo,
aparecía el artículo «Bardolatría», ataque del piedracielista Eduardo
Carranza contra la poesía de Guillermo Valencia. Era el punto de partida
de otra polémica interna, en la que nuevamente se perdió de vista el apremiante
entorno mundial del momento. El esfuerzo de Castañeda Aragón y las palabras
de Neruda cayeron por consiguiente en el vacío, al menos para el sector
más amplio y entonces encumbrado de la intelectualidad colombiana. Y ello
pese a que hubiera merecido bastante despliegue la conversación entre
ambos poetas, ya que se le atribuyó en el suplemento literario de El
Tiempo la primera columna de la primera página.
Sin embargo, la poesía
de Neruda no dejaba de suscitar una gran admiración en Colombia, especialmente
entre los piedracielistas, como se pudo ver dos años después, cuando
el poeta chileno visitó largamente el país en el viaje de regreso a su
patria. Se concluyó su estancia por la publicación de sus «Tres sonetos
punitivos para Laureano Gómez» (suplemento de El Tiempo, 17 de
octubre de 1943, p. 1), que causaron una gran conmoción, si bien no se
puede estar seguro de que en esa oportunidad los intelectuales colombianos
captaran mejor que antes el sentido del compromiso que Neruda se exigía
a sí mismo y les exigía a los demás: parece que nuevamente predominó una
interpretación excesivamente local de ese compromiso. Al menos sí habían
sabido los colombianos recibir con admiración al gran poeta que los visitaba.
La entrevista realizada por Castañeda Aragón había surtido efectos muy
limitados, pero tenía el mérito de señalar un derrotero por el que abogaban
con insistencia otros intelectuales colombianos y que eran capaces de
ver algunos jóvenes que sólo se expresarían después de 1945.
Los
maestros americanos: Pablo Neruda y los Piedracielistas
Por Gregorio
Castañeda Aragón
El encuentro en
Guatemala con Pablo Neruda ha sido para mí una ocasión para volver a
temas ya un tanto olvidados. El gran poeta chileno que reside ahora
en México, donde desempeña el cargo de cónsul general de su país, acaba
de pasar una semana en esta capital, no en función de turista, sino
con el deseo de sumergirse en el magnífico paisaje que la cursilería
del vizconde de Fleury descubrió bajo el título de Guatemala azul.
En varias conversaciones
con el autor de Residencia en la tierra, he recogido opiniones,
puntos de vista, conceptos sobre diversos temas actuales, con el entendido
de que ellos estaban destinados a El Tiempo en su totalidad y
en parte a la revista Colombia Gráfica que aquí he fundado y
dejaré algún día en buenas manos.
Neruda siente una
profunda simpatía por Colombia, la que no conoce —me dice— porque nuestro
país no está en las rutas que él habitualmente ha recorrido. Le complace
que estas cosas que me ha dicho se publiquen en una tierra «de gente
letrada» como Colombia.
Pero, como Neruda
viene ahora de México, empiezo por pedirle su opinión sobre el movimiento
literario mexicano de los últimos tiempos y sobre la influencia que
en ese movimiento tenga ya la inmigración intelectual española llegada
a ese país en los tres años anteriores.
El
poeta de España en el corazón encuentra muy interesante ese movimiento,
sobre todo por lo que él tiene de actual, de humano, y considera que
no sólo para México sino para los demás países del continente, de habla
española, será de extraordinario valor esa inmigración. Hay más: cree
que la intelectualidad española, el pensamiento español, mejor dicho,
experimentará una gran transformación en su contacto con nosotros y
que esa mutua influencia se hará sensible hasta en aquellos países que,
como Guatemala, no han recibido ese valioso aporte de la tragedia de
España.
El español —piensa
Neruda— tiene la gracia, el donaire, la elegancia, el gusto por la aventura,
mientras que nosotros tenemos cierta fuerza desordenada, cierta áspera
grandeza que es la naturaleza misma infundida en el individuo. Le he
anotado el hecho de que en América estábamos ya, de tiempo atrás, más
o menos influidos por los grandes valores españoles, a través de los
libros que copiosamente derramaban las editoriales de la península en
América, mientras que de nosotros allá no llegaba nada, en nuestra pobreza
editorial, y acaso también por cierto desdén que por nosotros sentían
los españoles, en materias literarias, aunque ya un poeta americano
hubiera gloriosamente ganado la otra orilla y luego, muy después, poetas
como el propio Neruda hayan sido escuchados allá con cariño y admiración.
Las influencias
—dice el poeta— nos vienen, a veces, con toda una época de por medio,
en el estilo de escritores a los que suponemos no debemos nada. Y añade:
Muchos creerán que no tienen nada que ver con Darío y sin embargo, si
escriben como lo hacen, lo deben a aquel fulgor de Rubén, que modificó
de modo tan trascendental la lengua castellana. Este elogio de Darío
nos presenta a Neruda desprovisto de esa «pose» frecuente entre los
jóvenes que desdeñan al maestro insigne.
Cierro mis preguntas
sobre México con una que se refiere a la antología de poetas mexicanos
que publicó el año pasado Manuel Maples Arce y que he recibido recientemente
de Roma, enviada por el autor, y Neruda me dice que en México ha sido
mal recibido este libro porque en él Maples ha querido molestar a sus
compañeros y vengarse de algunos malquerientes. Y esto es así. Hace
poco vi que Gorostiza se expresaba en esos términos, a pesar de que
de este poeta sólo hay en la antología unos poemas escogidos de sus
libros.
¿Pablo Neruda se
encuentra en México contento? Quizás sí, quizás no. No me ha dicho nada
en concreto. Pero es seguro que este hombre que ha cultivado su angustia,
la suya propia y la que le viene del dolor de los otros, no se encontrará
bien en ninguna parte mientras el mundo gire al revés y la justicia
no se haya hecho sobre la tierra.
Hace
el poeta desfilar por el recuerdo algunos colombianos de México y se
fija particularmente en Alberto Acuña, nuestro pintor, en quien encuentra
un temperamento artístico poco común. Habla de él con cariño y admiración.
Interrogo ahora
a Neruda —que responde con ese tono de madurez que le es característico—
sobre nuestros poetas jóvenes y particularmente sobre los que se agrupan
en «Piedra y Cielo», y me dice que no los conoce a todos y que a los
que conoce sólo es por cuadernos aislados o poemas sueltos, leídos en
alguna revista colombiana. Pocas revistas de Colombia ha recibido y
no sabía, por ejemplo, que en la última entrega de la revista Universidad
Católica Bolivariana y en la inmediatamente anterior, se han publicado
unos trabajos sobre su obra poética, de Clarence Finlayson, los cuales
sí debe conocer por haberse quizá publicado antes en Chile.
Su concepto sobre
los jóvenes de mi país es, en general, que no han arraigado aún; que
hacen una poesía demasiado pura, demasiado sin contacto con las realidades
del momento. Cree el poeta que en estos tiempos no puede pensarse en
deshumanizar la poesía; que hay que intervenir de todas maneras en los
problemas que agitan el mundo y que sobre todo el poeta tiene en el
presente las más graves responsabilidades. Neruda recuerda que desde
tiempos remotos los poetas no se desentendieron jamás de las cuestiones
de ese orden, incluso aquellos genios de la poesía como Virgilio, Dante,
etc., que no por ello dejaron de hacer arte purísimo e inmortal.
Entre los jóvenes
«piedracielistas» aprecia a dos o tres cuyos nombres me da y yo me callo
para no provocar controversias. Encuentra en ellos verdadera esencia
poética. Querría que ellos no se guiaran por lo que él llama la «crítica
capitalista» que en todas partes está empeñada en elogiar esa cosa ilógica
que es el arte por el arte. Dice Neruda que esos críticos no quieren
que el poeta interprete las cuestiones sociales por considerarlo peligroso
para los intereses de la comunidad que representan. Mas éstas son consideraciones
que Neruda hace desprovisto de toda animadversión. Es él bondadoso y
amplio y como arriba lo hemos dicho simpatiza grandemente con nuestro
país.
Anoche
terminó sus vacaciones de Guatemala con un recital para un corto número
de amigos, dado en la sala de recepciones del hotel Palace. Leyó tres
poemas, extraídos de sus libros que informan las tres etapas de su obra
literaria, comenzando por los de la época de Crepusculario, siguiendo
con la de Veinte poemas de amor y una canción desesperada (la
más amplia etapa de su poesía) y finalizando con poemas de sus libros
Residencia en la tierra, España en el corazón y el «Canto
a Chile», en preparación.
Hablamos sobre
la obra de los poetas españoles antes de la revolución y al preguntarle
si cree que volverá España a tener un gran poeta de la categoría de
García Lorca, se torna escéptico. En España, no, al menos por ahora.
En América, quizás surja otro genio español entre los emigrados. Me
pregunta si en Colombia hay muchos españoles y le hablo de los dos o
tres que conozco, entre ellos don Luis de Zulueta. Luego, de los que
conozco en La Habana. Y al llegar a éstos y sonar el nombre de Juan
Ramón Jiménez, Neruda se detiene para decirme que el poeta de Platero
y yo ha hecho y está haciendo mucho mal a los jóvenes de América
que le han tomado de modelo, cuando en realidad Jiménez se ha desviado
de su verdadero camino, que es el viejo camino aquel por donde él y
Platero caminaban a la luz de los atardeceres, que tan bien describió
en sus primeros versos. Su poesía actual no vale nada. Como hombre,
además —añade Neruda—, Juan Ramón Jiménez es un español indiferente
que salió de su patria precisamente cuando comenzaba el peligro.
Deseo saber qué
piensa Pablo Neruda de la poesía negra, antillana, y él me dice que
en la actualidad esa poesía carece de fondo. La poesía negra norteamericana
ha ido más a la raíz de lo negro. Admira a Ballagas, a Guillén, etc.,
pero ve que su poesía reside únicamente en los sonidos de las palabras,
imitativas de la música negra. ¿Es eso lo que debe ser una poesía negra?
Y es ésta la síntesis
de las conversaciones con Pablo Neruda, quien ha regresado esta mañana
a México.
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Catedrático de Literatura Latinoamericana, Universidad
de Toulouse.
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