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Pablo Neruda

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Por Juan Gustavo Cobo Borda*

«Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido». Solo que el énfasis dramático con que los poetas enriquecen sus pasiones cobra con el tiempo un reverso irónico. Al llegar a su decimoséptima edición en 1972, Veinte poemas de amor y una canción desesperada (1924) había vendido dos millones de ejemplares y había logrado confundir sus orígenes en una vasta leyenda. Leyenda que también confirmaba la infinita volubilidad de los poetas.

No se trataba de una sola inspiradora, sino de dos musas, que Neruda prefirió ocultar como Marisol y Marisombra. El idilio de provincia entre los bosques de Temuco y el salvaje litoral del Pacífico y, de otra parte, el amor de estudiante por las calles y pensiones llenas de chinches de Santiago. Todo ello envuelto en la noche propicia a la añoranza y a la necesidad de crearse a sí mismo como poeta. Ya se había auto bautizado como Pablo Neruda y ahora se colocaría dos de sus primeras mascaras: el labriego que horada la tierra y el capitán que surca ese mar femenino.

Flaco, fúnebre y con la capa gris que su padre recibió como ferrocarrilero convertida en uniforme de poeta, Pablo Neruda había logrado dar voz a los enamorados silentes de nuestra lengua y transfomar la música de Rubén Darío en algo más próximo y explícito. En la intimidad coloquial de quien no vacila en confesar ni su hambre genésica ni la furia envenenada de sus celos. Todo ello dentro de un romanticismo adelgazado de buena cepa. «Me gustas cuando callas porque estás como ausente, / y me oyes desde lejos, y mi voz no te toca».

Sus palabras se dirigen, cómo no, a la ausencia. Al vacío que se agranda en la remembranza poblada de pinos y crepúsculos, de besos y rosas muy seguramente inmortales.

Hay también la tensión creativa para que la voz de la musa ocupe, con su melodía o su silencio, la suya que avanza entre balbuceos. Una voz donde se mezclan melancolía y deseo. Impugnación y ruego.

Hembra y esclava a la vez; y mediadora capaz de tocar lo absoluto sin por ello dejar de convertir todo en naufragio, Neruda había logrado fusionar estos elementos tan disímiles en una nueva retórica, fresca y oportuna. Tan conturbadora como patética. «Es la hora de partir, ¡Oh abandonado!»: así se fuga, envuelto ya en la eternidad de sus versos, que todavía nos punzan y nos conmueven. Son tan de todos como muy nuestros. En el prólogo a la edición conmemorativa revivió aquel 1924 preguntándose asombrado: «Por un milagro que aún no comprendo, este libro atormentado ha mostrado el camino de la felicidad a muchos seres. ¿Qué otro destino espera el poeta para su obra?».1

Residencia en la tierra, que abarca toda una década de escritura, entre 1925 y 1935, es uno de los más grandes libros de poesía en lengua española.

La totalidad es tan intensa y lograda como el oscuro fulgor que emana de tantos poemas únicos. Allí están «Galope muerto», «Diurno doliente», «Caballero solo», «Ritual de mis piernas», «Tango del viudo», «Walking Around», el tríptico sobre el vino, el apio y la madera; su premonitoria y fulgurante oda a Federico García Lorca, y tantos, tantos otros poemas. Todo Neruda en pleno.

Su densa materia poética podría desconcertar, en un primer momento, como le pasó a Juan Ramón Jiménez, quien lo llamaría «gran mal poeta» de la desorganización y quien no vacilaría ya en 1939 en calificarlo como «realista májico» (con la j que le gustaba emplear a Juan Ramón). Pero se trataba de un tono y un mundo que nadie había explorado antes, muy consciente, a su vez, de la renovación que traía consigo.

Ya Neruda pedía una poesía sin pureza, que penetrara la vida y la volviera profética. Para él, el destino de la poesía no era otro que «consolar y hacer soñar». En una carta al cuentista argentino Héctor Eandi le había dicho: «¿Pero, verdaderamente, no se halla usted rodeado de destrucciones, de muertes, de cosas aniquiladas?... ¿Verdad que sí? Bueno, yo he decidido formar mi fuerza en este peligro, sacar provecho de esta lucha, utilizar estas debilidades. Sí, ese momento depresivo, funesto para muchos, es una noble materia para mí».

Solo en Rangoon, Colombo, Singapur y Batavia como insignificante y ad-honorem cónsul de su país, había amado y perdido. Una mujer intentó acuchillarlo.

Leyó a Lautréamont como a Quevedo. A Proust como a D.H. Lawrence. Pero nada de esto explica el asombroso logro. Con lo inerte, con lo desgastado, con la agonía y el caos, con todo aquello que se pudre en el tiempo y es enterrado en vida, él buscaba restablecer el erguido canto de una materia vuelta hombre: que habla, sueña y canta. «Absorción física del mundo» y su metamorfosis, no en ideas, sino en versos encendidos y tajantes. Allí donde la muerte, perpetuamente verde, nos aguarda muy cerca vestida de almirante.

Pero lo importante es perderse (y recobrarse) en ese oleaje mediúmnico de revelación y asombro, que apenas si alcanza a decirnos, en fatigada enumeración, el censo del mundo y el arrebato enfebrecido de pasiones que decaen, entre el polvo: «Si me preguntáis de donde vengo / tengo que conversar con cosas rotas, / con utensilios demasiado amargos, / con grandes bestias a menudo podridas, / y con mi acongojado corazón».

El hijo de la lluvia y los bosques descendía en busca de los metales más recios. Ya nuestra poesía no sería nunca la misma. Se situaba a ras del hombre y se enaltecía con el desgaste con que somos molidos y trajinados cada día. Su aún insuperado biógrafo, Emir Rodríguez Monegal, llamo a Neruda «el viajero inmóvil». Nunca perdería esa patria: la poesía.

NOTA
1. Pablo Neruda: Prólogos, Barcelona, Lumen, 2000, p. 57.

* Poeta colombiano.

 

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