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Pablo Neruda

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Por Piedad Bonnett*

Cuando pienso en la obra poética de Pablo Neruda, el término que de inmediato viene a mi cabeza es torrencial: su vastedad, su fuerza, sus versos de superficie luminosa y corazón oscuro, me hacen pensar en una catarata, en una densa masa de agua que cae y brilla con un sonido grave que nos remonta a los orígenes. Quizá esta imagen no sea sino resultado de las que el mismo poeta tantas veces produjo, unas veces en el Canto general, otras en Residencia en la tierra, cuyos primeros versos, («Como cenizas, como mares poblándose / en la sumergida lentitud, en lo informe...») nos remiten a un mundo primigenio y en perpetuo movimiento.

Siempre he pensado que esa condición impetuosa de su lenguaje, capaz de las metáforas más osadas y los quiebres más abruptos sin dar la sensación de artificio, revela en Neruda un poeta nato, cuyo verso nace más de impulsos de la intuición, de iluminaciones repentinas, de analogías misteriosas, que de la creación racionalista, fría y calculada, que pule y lima buscando la perfección. Me parece en este sentido antitético a Borges, escritor sereno y mesurado, cuyos poemas poseen una belleza distinta, casi siempre más clásica y medida. No quiero decir con esto que Neruda sea, ni mucho menos, un espontaneísta, ni un trabajador que desdeñe la corrección. Mas sí un hombre del que la poesía brota con fluidez, como un lenguaje casi tan natural como el lenguaje cotidiano.

Debo a Neruda buena parte de mi vocación poética y de mi aprendizaje del oficio. A su obra llegué muy joven, como casi todos los escritores de mi generación, a través de su poesía amorosa. El poema XX hace parte, por supuesto, de mi educación sentimental, y también La canción desesperada, poema que me sigue pareciendo extraordinario, con sus alejandrinos que combinan tan bien la voz desolada del perdedor con la ferozmente apasionada del que vuelve a amar mientras rememora. Los Veinte poemas de amor... fueron el comienzo de un viaje que me iba a llevar, desordenadamente, a sus otros libros: al Canto general, a las Odas elementales, a Los versos del capitán, y sobre todo a Residencia en la tierra, el libro que me dio, a los 17 años, las claves de la poesía contemporánea en lengua española.

Lo que encuentro extraordinario en la forma de poetizar de Neruda es su asombrosa capacidad de encontrar el tono, la sintaxis y el ritmo para expresar, de la manera más rigurosa y precisa, un sentimiento o una idea determinados. Puede perfectamente crear un tono menor para hablar de lo cotidiano, de lo pequeño o de lo aparentemente insignificante, como en sus Odas elementales, escritas en verso corto, a veces cortísimo, ágiles y de tono festivo: «Andando en un camino / encontré el aire / lo saludé y le dije / con respeto: / Me alegro / de que por una vez / dejes tu transparencia, / así hablaremos» («Oda al Aire»). O transmitir la serena tristeza de la evocación amorosa en el verso amplio, cadencioso: «La misma noche que hace blanquear los mismos árboles. / Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos» («Poema XX»). O cantar con voz de tono épico, llena de potencia, casi grito, casi arenga: «Ramona Parra, flor ensangrentada / amiga nuestra, corazón valiente, / niña ejemplar,  guerrillera dorada: / juramos en tu nombre continuar esta lucha / para que así florezca tu sangre derramada».

Pero en donde con mayor maestría la forma poética se adecua a lo dicho es sin duda en Residencia en la tierra. Allí, con lenguaje expresionista, Neruda da cuenta, desde el fondo de un yo conmovido, del sitio que ocupa el hombre en medio de una realidad móvil, cambiante, donde todo es confuso, puro rumor o signo desdibujado, y donde la materia es tan contundente como inestable. Lo paradojal está en la esencia misma de estos poemas, de modo que lo rápido es también acción detenida, y el galope es un galope muerto, y las voces de la naturaleza son  silencio original o vacío. En medio de «materias desvencijadas» la voz poética trata, con desesperación, casi vencida, de nombrar todo lo que lo rodea, pero sólo alcanza a testimoniar la precariedad de la palabra, que debe acudir a la analogía, la cual también resulta impropia, insuficiente: «como un camarero humillado, como una campana un poco ronca, / como un espejo viejo... / posiblemente de otro modo aún menos melancólico...». Con palabra rota, reiterada, que vuelve y otra vez sobre sí misma, en profundo ensimismamiento, Neruda demuestra en Residencia en la tierra que la pobreza de la poesía es, sin embargo, un instrumento capaz de develar lo más hondo de la condición humana.

Para los poetas que fueron sus contemporáneos resultó fácil amarlo u odiarlo. Lo difícil fue sustraerse a su influencia. Durante años, muchos fueron los hispanoamericanos que lo imitaron con mayor o menor servilismo, con más o menos talento. Finalmente, como suele suceder, el marcado carácter de su poesía, su estilo singular, se revelaron como inimitables. El tiempo, que termina por poner las cosas en su sitio, como dice Úrsula Iguarán, ha depurado de ripios la vastísima obra del chileno. Ha evidenciado sus momentos retóricos y sus debilidades, causadas a veces por su fervor ideológico. Pero casi toda ha permanecido: nos sigue conmoviendo, con su vitalismo rotundo, con sus modulaciones infinitas, con su versatilidad. Si su nombre se borrara de la poesía en lengua española, la  estructura de su historia en el siglo XX temblaría en sus cimientos: tan poderosos y definitivos son sus versos.

* Poeta colombiana, Universidad de los Andes, Bogotá.

 

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