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En estos tres cuentos breves, recogidos dentro de un mismo libro, se hacen palmarios los signos de agotamiento de la figura de Maqroll que Mutis había dejado percibir en las líneas finales de Amirbar y que pese a las conocidas resurrecciones de su personaje tenían algo de despedida final, de réquiem melancólico y definitivo. Pero antes de despedirse completamente del Gaviero, Mutis quiere rendir homenaje por medio de él a algunos amigos y familiares entrañables que, según sus propias palabras, le permiten prolongar sus nostalgias que a esta altura de sus días «representan una porción muy grande de las razones que le asisten para continuar su camino». Para conseguir este objetivo realiza una sencilla amalgama de la realidad con la ficción que ya había iniciado en Amirbar, dejando a Maqroll que narre los descalabros de su vida de minero en casa de su hermano Leopoldo en Los Ángeles durante una serie de agradables veladas. Este artificio le permite trascender a la literatura a algunos amigos entrañables de la vida real y hacer que Maqroll se entreviste con el pintor Alejandro Obregón en Cartagena de Indias, que conozca por medio de Gabriel García Márquez una nueva versión de su propia muerte ahogado en los esteros de la ciénaga grande del Magdalena y que, finalmente, se encuentre con el mismo Mutis y con su mujer Carmen Miracle en la isla de Mallorca para narrarles su encuentro con Jamil, el hijo de su amigo Abdul Bashur, que, como lo dice el mismo narrador, «significó un cambio esencial en el desorden de sus andanzas y vino a traerle en la etapa final de sus días una especie de serena conformidad con la encontrada suerte de su destino». «Jamil» es, sin duda, el relato más significativo de la serie, no sólo porque nos revela en la etapa postrera de la vida del Gaviero un rasgo inédito de su alma, la ternura, que hasta entonces había permanecido oculto bajo el duro caparazón de su cuerpo trabajado por el arduo clima de los trópicos, sino también porque nos narra un drama permanente de nuestro tiempo: el paso de los inmigrantes africanos que arriban a Europa en busca de mejores perspectivas laborales y de vida y se encuentran muchas veces con una realidad hostil que resulta muy distinta de la que habían soñado. En las instalaciones del astillero abandonado donde trabaja como celador en el puerto de Pollensa, Maqroll recibe la visita de su albacea Álvaro Mutis y de su esposa Carmen, a quienes narra, en una serie de veladas típicamente mallorquinas, acompañadas de pan tumaca, boquerones fritos y vino de la tierra que les ha ofrecido el sacerdote catalán Mosén Ferrán, lo que significó su encuentro con Jamil luego de sus innumerables desplazamientos y descalabros, a una edad tan avanzada en la que creía haber recorrido todos los matices de las relaciones humanas. El drama de Jamil, hijo de Abdul Bashur y de Lina Vicente, una bailarina de la danza del vientre que su amigo conoció en uno de sus viajes por el Mediterráneo, radica en que su madre, que había quedado viuda y desamparada a la muerte de Abdul, debe ir a trabajar a Alemania con el fin de obtener los fondos económicos necesarios que le permitan regresar a establecerse de manera independiente en el Líbano, y no tiene a quién dejar encargado de la custodia del pequeño, así que acude al Gaviero en virtud de la antigua amistad que lo unía con Bashur y éste se ve empujado a una prueba que nunca había imaginado en sus años postreros: oficiar como padre de una criatura que despierta a la vida y descubrir cómo de su mano inocente «se abría una puerta a un vasto territorio hasta entonces inexplorado lleno de las más desconcertantes maravillas». El Gaviero logra pasar clandestinamente a Jamil desde Túnez a Mallorca y durante la estancia compartida con el niño en los astilleros abandonados de Pollensa, el viejo marino, que creía haberlo agotado todo en su errancia por los mares, redescubre el mundo, su complejidad y su asombrada maravilla a través de las preguntas cosmológicas que le formula el niño y para las cuales carece de respuesta: «¿quién manda más en el barco: el jefe de máquinas o el contramaestre?»; «¿cómo pueden los barcos cambiar de bandera tan fácilmente y las personas, en cambio, no pueden cambiar de país?». El diáfano y sencillo razonamiento del niño torna evidente el carácter retorcido de las leyes que el hombre ha tejido para preservarse del hombre y, de esta manera, el descubrimiento del mundo se convierte en una aventura compartida por el anciano que aporta su experiencia y el niño desprovisto de malicia que le revela el revés escondido de las cosas. El niño y el poeta son las dos caras de un mismo vidente cuyo ojo trasciende la apariencia de las cosas y es esta íntima relación la que hace que Maqroll afirme en determinado momento del relato: «sentí como si lo hubiera tenido a mi lado desde el momento de nacer. Formaba parte de mi vida». Jamil es el niño que Maqroll ha llevado dentro desde su propio nacimiento y que ahora se revela ante sus ojos agigantado por la nostalgia de los años como la luz postrera de una lámpara que se aviva en el momento previo de su extinción definitiva. |
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