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Álvaro Mutis

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«Todo irá desvaneciéndose en el olvido / y el grito de un mono, / el manar blancuzco de la savia / por la herida corteza del caucho, / el chapoteo de las aguas contra la quilla en viaje, / serán asunto más memorable que nuestros largos abrazos».

Ilustración de Helena Martínez

Si, como lo afirma Adolfo Castañón, una de las mayores originalidades de Mutis como artista es el eficaz montaje de una máquina del tiempo circular que le permite a sus personajes «vivir plenamente el instante a la par que se adentran cada vez más en el mundo de los recuerdos, y a su autor reescribir una y otra vez a la sombra del tiempo sus poemas», no cabe duda que la novela Un bel morir, en la que Maqroll, más viejo y desesperanzado que nunca, regresa a los paisajes de su infancia para vivir en los picos de la cordillera y bajo la verde cúpula de los cafetales su última aventura y su postrer amor, es uno de los relatos en que puede apreciarse de manera más evidente el sistema de engranajes de esta máquina del eterno retorno que sustenta la creación del poeta colombiano.

Situada en los tibios valles de Los Andes, en la zona de Tierra Caliente entre la húmeda frescura de los cafetales, las flores encendidas de los cámbulos y la insólita arquitectura de las construcciones de guadua que ya habían aparecido en sus poemas, la novela nos muestra a un Gaviero más viejo y hastiado de la vida que de costumbre, que sin razón claramente definida decide suspender su vagabundeo por la tierra y establecerse en el caserío de La Plata, un pueblecito perdido a orillas del gran río por donde antaño había subido en busca de unos fabulosos aserraderos que finalmente acabaron siendo un espejismo. En ese caserío anodino y monótono el Gaviero se instala en casa de Doña Empera, una anciana ciega, vigilante y sagaz, mezcla de sibila y alcahueta que le proporciona informes certeros sobre la zona, y le ayuda a relacionarse con las mujeres campesinas del lugar que cada tanto bajan de la montaña y que constituyen la única fuente de alivio al examen cada vez más radical de sus asuntos que se ha propuesto realizar en completo aislamiento y soledad.

Maqroll ha traído como únicos compañeros de viaje dos libros, Las cartas del Príncipe de Ligne y La vida de San Francisco de Asís, del danés Joergensen, y en el ambiente soporífero de aquel pueblo ribereño se entrega a su lectura buscando la aceptación que predicara el santo, en un dilatado ejercicio de introspección del que viene a sacarlo la peregrina empresa propuesta por van Branden, un contrabandista belga o irlandés que, fingiendo contratarlo para llevar herramientas de precisión a un grupo de ingenieros que trabajan supuestamente en la construcción de un ferrocarril en las cumbres del Páramo, termina enredándolo en un peligroso negocio de tráfico de armas en el que el Gaviero volverá a arrastrar esa cadena de desastres y pequeños momentos de dicha indescifrable que es su vida, y a entregarse a lo fortuito con la lúcida aceptación de los desesperanzados, es decir, «detectando los primeros signos de la muerte y ordenándolos dentro de una particular secuencia que conviene a una determinada armonía que él conoce desde siempre».

La noria del eterno retorno, que permite al Gaviero tornar sobre los mismos temas y transitar los mismos territorios, hace, como lo ha señalado Cobo Borda, «que los personajes que lo acompañan en sus aventuras adquieran igualmente un carácter esquemático»; los listos son siempre los mismos, no importa que se llamen Ivar o van Branden, los capitanes que lo interrogan en este relato obedecen a un arquetipo de militar mutisiano severo, imparcial y frío que ya había aparecido bajo la figura del mayor en La nieve del almirante, y Amparo María, la joven muchacha que hará sentir por postrera vez al Gaviero esa «sensación en el diafragma de mariposas desencadenadas» que anuncian la llegada del amor, es la personificación campesina de dos figuras femeninas protectoras y fraternas que habían aparecido antes, Ilona y Flor Estévez, y que ahora se presenta nuevamente en la vida de Maqroll para hacerle sentir el irremediable paso del tiempo. Pero este juego especular de sombras y fantasmas que regresan con distinto ropaje en las andanzas del Gaviero no atenta contra su grandeza, pues su figura siempre fragmentaria se encuentra sustentada por un sistema de autorreferencias que se nutre de sus propias apariciones y que añade círculos nuevos de misterio a medida que nos va revelando sus secretos.

Cansada, desmedrada, hastiada de ver a los hombres enfrascados en el ejercicio insensato de convocar la muerte, la figura de Maqroll se nutre más del exuberante paisaje andino que la rodea que de sus relaciones con los campesinos, los arrieros, los contrabandistas y los hombres de armas que encuentra en su camino. No obstante, el paisaje social que nos revela es terrible: una violencia demencial y gratuita desencadenada por los guerrilleros, los militares y los contrabandistas que convierte a los campesinos en sus víctimas, dibujando una parábola desgarrada de esa Colombia atenazada por una guerra insensata y secular.

La verdadera tragedia de envejecer, dice Maqroll en determinado momento en una de esas reflexiones que le son tan caras, «consiste en que allá, dentro de nosotros, sigue un eterno muchacho que no registra el paso del tiempo» y que nos engaña con el espejismo de una juventud sin mácula. Este reconocimiento de sus debilidades y de las asechanzas del camino en momentos en que otros se aferran a falaces ilusiones es el que hace de la derrota del Gaviero algo bello porque la convierte en un arte, en el arte de morir que da título a este relato.

 

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