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Álvaro Mutis

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«Aquí me quedé, al cuidado de esta mina y ya he perdido la cuenta de los años que llevo en este lugar, deben ser muchos, porque el sendero que llevaba hasta los socavones y que corría a la orilla del río ha desaparecido ya entre rastrojos y matas de plátano».

Ilustración de Helena Martínez

Quizás ninguna imagen ilustre mejor el laberinto de historias enlazadas que es la obra de Mutis que la de Cocora, esa vieja mina abandonada en la que Maqroll aparece trabajando como velador en un poema de Caravansary (1981) y que ahora retorna nuevamente en Amirbar con su conjunto de galerías y voces fantasmales para llevarnos en una travesía por la soledad y el miedo en busca de ese oro secreto del conocimiento que el Gaviero obtiene a fuerza de fracasos en cada una de sus descabelladas empresas.

Para Maqroll, viejo lobo de mar, adentrarse en tierra y trabar comercio con sus hombres son pruebas que equivalen a un descenso a los infiernos, descenso que, sin embargo, es necesario afrontar no por el gusto de la malandanza, sino por la sabiduría que la derrota proporciona; por eso en este relato el Gaviero vuelve a aceptar las emboscadas del destino, y atendiendo a las alucinadas palabras de un gambusino canadiense que le habla en Vancouver de las grandes posibilidades que existen de encontrar ricas vetas de oro en las minas abandonadas que perduran aún en medio de los Andes, decide suspender por un tiempo su errancia marinera y adentrarse por los tortuosos caminos de la cordillera y por los laberintos de la tierra en busca de un oro escurridizo y fatal que no acabará nunca de revelarle sus secretos.

La técnica de la narración es la de la muñeca rusa, y es la misma de sus relatos anteriores, solo que en esta oportunidad Mutis cede la voz de una manera más directa a Maqroll, y luego de rescatar a su personaje de un hotelucho infecto de Los Ángeles, en donde se encontraba agonizando a causa de un ataque de malaria, lo lleva a casa de su hermano Leopoldo para que se recupere, y luego de pasar revista a sus andanzas anteriores —navegaciones por el Xurandó, montaje de un burdel en Panamá con pupilas disfrazadas de azafatas, trapicheos de todo tipo en el Caribe y el Mediterráneo, etc—, narre, como un actor consagrado en primera persona y en medio de amenas veladas, lo que fueron sus días de fiebre, de fatiga y desconsuelo en la mina de Amirbar.

Amirbar es una suerte de conjuro o mantra que repite el viento en la mina abandonada adonde finalmente arriba el Gaviero, luego de remontar la cordillera desde los malsanos puertos lacustres del Pacífico hasta los tibios valles de Tierra Caliente, para iniciar su empresa aurífera, y cuyo eco insistente y lúgubre va cargando los socavones de un ámbito ritual y abscóndito que el Gaviero se empeña en descifrar y que adquiere su clímax de misterio con la llegada a la caverna de Antonia, una mujer montañera de rasgos mongoloides que, a causa de una desviada relación de sodomía, se apega al Gaviero con fidelidad perruna y llega incluso a planear su muerte para evitar que éste la abandone y prosiga su errancia y su vagabundeo por la tierra. La búsqueda del oro en la mina abandonada, según palabras del propio Gaviero, se va fundiendo poco a poco en Amirbar con el hecho de sodomizar a una mujer hasta que ambos actos llegan a ser las dos caras de un mismo ritual, de un misterio oscuro en el que Antonia, como una Ariadna perversa, trata de perder a Maqroll cada vez más en su laberinto.

Pero a pesar del ambiente esotérico que reina en la caverna donde el Gaviero se entrega a la búsqueda de un oro maligno y de las maquinaciones de Antonia que intenta perderlo, la aventura de Maqroll, como suele ocurrir cuando este arriba a Tierra Caliente, se nutre más de la exuberante naturaleza del lugar y de las lucubraciones de su mente que de los sucesos que lo rodean y que tienen siempre como telón de fondo un panorama social terrible: voladuras de oleoductos, combates permanentes entre guerrilleros de la CAF y el ejército regular que asolan la región y condenan a los campesinos a una violencia secular e insensata, y en fin, todos los trazos de ese desgarrado carnaval de sangre que constituye la parábola desolada de Colombia que dibuja el Gaviero en cada una de sus apariciones.

Antonia, sin embargo, no es la única mujer del relato; está también su contraparte luminosa representada en Dora Estela, la regidora, una mujer campesina de austera belleza y sobria conducta que cumple con el prototipo amante y protector que tiene la mujer en las empresas de Maqroll, y que sirve de puente entre la edad dorada del mito y la miseria del tiempo actual. La regidora ampara al Gaviero, lo pone en contacto con su hermano Eulogio, que le sirve de guía en los vericuetos de la montaña, y le aconseja que aparte de su mente las fantasmagorías del oro inalcanzable y falaz que amenaza arruinarlo con su influjo.

El oro de la mina se desvanece pronto hasta convertirse en un espejismo más que deja únicamente detrás de sí el desastre y la desolación. Maqroll comprende entonces que su error ha estado en alejarse del mar y de su aura protectora y eleva una estrambótica oración a Amirbar, el jefe del mar, cuyo nombre estaba implícito en el aullido del viento que penetraba por la mina y cuyo conjuro le ayuda a salir con bien de su empresa y de las asechanzas de Antonia, que despechada por su pronta partida intenta incinerarlo vivo mientras duerme.

«Nuestro oro no es el oro del público», dice en determinado momento el desesperanzado Maqroll citando un viejo proverbio de los alquimistas; y, en efecto, el oro que este busca no corresponde de manera alguna con una forma de enriquecimiento material; se trata de la sabiduría destilada en el alambique de la experiencia que nos entrega en cada una de sus empresas fracasadas.

 

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