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Para Axel Heyst el asunto no es nuevo. Desde el suicidio de su padre, ocurrido cuando él era aún adolescente, su familiaridad con el tema había crecido con los años. Aprendió a ver la muerte en cada paso de sus semejantes, tras cada palabra, tras cada lugar frecuentado por los seres que cruzaron en su camino. Para Mister Jones la familiaridad había sido la misma, pero él prefirió participar de lleno en los designios de la muerte, ayudarla en su tarea, ser su mensajero, su hábil y sinuoso cómplice. En este relato en el que Mutis se dispone a soñar la sombra de su sombra, es decir, la figura del amigo, compañero y deus ex machina de Maqroll en muchas de sus andanzas, la máquina del eterno retorno que sustenta la saga del Gaviero empieza a dar muestras de fatiga por cargarse sus ruedas de un excesivo peso autorreferencial que le resta frescura y movilidad a cada nueva vuelta de su noria; y lo que pretendía ser un testimonio de la armonía y complicidad existente entre ambos personajes se convierte, a causa de sus divagaciones narrativas, en una serie de episodios deslabonados y sin brillo que resultan incapaces de adquirir el carácter circular que desea imprimirles su autor. Diseñado como una serie de seis fragmentos en los que Mutis actúa como cronista a partir de unas cartas y fotografías dejadas por Abdul Bashur a su hermana Fátima, entre las cuales sobresale la foto de un niño que observa con asombro el montón de hierros retorcidos en que ha quedado reducido un avión que acaba de caer, el relato empieza por mostrarnos los rasgos de conducta complementarios u opuestos que unen al Gaviero y a su amigo libanés, y que les permiten hermanarse de tal modo que los lleva incluso a compartir el amor de Ilona sin que su amistad sufra menoscabo alguno, para pasar luego a narrarnos sus vicisitudes, que van desde un insólito trafico de alfombras persas llevado a cabo en compañía de Ilona, entre Marsella, Marruecos y Suiza, hasta las extravagantes y exangües andanzas de Abdul en el Mediterráneo, con rateros y bribones ciegos que parecen una caricatura de la picaresca española del Siglo de Oro, y para arribar por fin al episodio más significativo de todos: el encuentro de Abdul Bashur con Jaime Tirado, apodado El rompe espejos, un señorito latinoamericano metido a narcotraficante que, por haber renegado de su origen, es, según Maqroll, un representante acabado del mal en estado puro y una especie de negativo de la imagen generosa y resuelta que nos hemos formado de Bashur. El encuentro se produce en pleno trópico, en la selva amazónica, y es el trasunto de otra cita entre dos desesperanzados célebres: Axel Heyst y Mister Jones, soñados por Conrad en su novela Victoria y recreados por Mutis en su poema «Cita en Samburán», que se juegan la vida durante una larga noche de burlas y veras pronunciadas con la mayor urbanidad. Solo que en esta oportunidad los antagonistas no se enfrentan por dinero, sino a causa de un sueño, de un viejo navío de diseño ideal que Abdul Bashur persigue por todos los puertos de la tierra y con el que Tirado intenta chantajearlo para ponerlo al servicio de sus malignos intereses. Pero lo importante del enfrentamiento entre estos dos desesperanzados de distinto cuño, el libanés que ha aprendido a ver la muerte «tras cada paso, tras cada gesto de sus semejantes» y el niño bien metido a maleante que ha decidido ser «su mensajero, su hábil y sinuoso cómplice», es que él mismo resume la esencia de la desesperanza que anima a los personajes de Mutis y que les permite elegir y configurar las condiciones morales y estéticas de su propia muerte hasta hacer de este objetivo una constante de su vida. Abdul es un desesperanzado de la misma estirpe de Maqroll y de los héroes que pueblan la geografía mutisiana, y, como el Gaviero, está obsesionado con los mismos temas del destino y de la muerte que los dos amigos recrean en esa suerte de colofón de sus empresas que es el diálogo sostenido en Belem do Pará, en el que Maqroll le dice a Abdul, recordando el encuentro que acaba de librar con Jaime Tirado en medio de la selva: «la muerte que llega de manos de alguien como El rompe espejos es una muerte que afrenta un cierto orden, una velada armonía que hemos tratado de imprimir al curso de nuestros días, una muerte así nos niega alevosamente a nosotros mismos y por eso nos es intolerable». Esa velada armonía de la muerte termina por revelarse finalmente ante Bashur en la isla de Madeira al dirigirse en busca del navío de sus sueños. El Gaviero, viendo en la cabecera de la pista de Funchal el montón de hierros retorcidos al que ha quedado reducido el avión donde viajaba su amigo exclamará, como una suerte de epitafio de sus empresas, «ésta sí era tu propia muerte; Abdul, alimentada durante todos y cada uno de los días de tu vida». Al ir en pos de un sueño que sin realizarse lo justifica, Abdul Bashur logra cumplir con la rilkeana proposición de escoger y moldear su fin característica de los héroes desesperanzados, aquellos que no han perdido nunca de vista que la muerte también está en el juego de la vida, y al tiempo que forma parte de él, secretamente lo conforma y lo guía. |
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