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Esta temprana errancia dará a los recuerdos de su niñez el aspecto de un tapiz abigarrado, en el que se entreveran de manera indisoluble los lánguidos paisajes de la campiña europea con la pujante naturaleza de la Tierra Caliente que propicia la vida y la destrucción de una manera acelerada; las brumosas y frías llanuras de Flandes cruzadas por lentas barcazas, con el bochorno estridente de los puertos tropicales adonde llegan los barcos tras una larga travesía por los mares; la severa majestad de las catedrales y palacios de piedra que atestiguan el paso de los siglos, y los ríos torrentosos de los Andes que arrasan las montañas en tiempos de creciente; los hechos de guerreros y de reinos que tienen la pátina de los años, y el mundo sofocante de los trópicos que todo lo deslíe y lo desgasta con su hálito letal y destructor. Amalgama nutrida y poderosa a la que vendrá a sumarse la experiencia de desgarramiento y pérdida del exilio, que aparecería en su vida desde muy temprano para repetirse varias veces. Tenía tan solo nueve años cuando la muerte repentina de su padre obligó a la familia a abandonar Bruselas para establecerse definitivamente en Colombia. De esta manera, el primer luto grave de su vida va unido a la ausencia de un universo completo: el mundo de las ordenadas ciudades europeas y de las largas travesías en barco a las que se había acostumbrado y sin las cuales le resultaba difícil concebir la vida.
Porque, como señala Proust, los hombres no escriben sobre lo que ven, sino sobre lo que han leído de lo mismo que ven, y en las lecturas de Melville, de Conrad, de Perse, de Malraux y en sus devastadoras visiones de los trópicos malayos o en las idílicas estampas de la Martinica natal del poeta antillano francés, Mutis encontró un reflejo de sus vivencias en la Tierra Caliente colombiana y de los puertos tropicales del Atlántico y del Pacífico, donde recalaban los barcos en su larga travesía desde Amberes y donde la naturaleza desmesurada, seductora y avasalladora, a la vez, exalta el ciclo de la vida y la muerte. Estas imágenes, unidas al contrapunto entre la pesadumbre y el desafío que caracterizan al sentimiento del hombre en el exilio, irán apareciendo como telón de fondo de los lugares donde medita o delira Maqroll en busca del sentido de su vida.
La creciente es la voracidad del tiempo que todo lo arrastra y desquebraja en su torrente. Pero el agua en movimiento es también símbolo de la memoria que torna hacia una tierra feliz que existió en el pasado y que ahora se opone con la luminosidad de sus imágenes a la destrucción y a la muerte. De esta manera, el poeta asomado a la baranda del puente de los años viaja en dirección contraria a las aguas del río que crece y se desborda, y no ve ya la destrucción y el desastre, sino «el vaho que despiden los bueyes», es decir, el trabajo de los agricultores y «el humo de los alambiques», es decir, la destilación del aguardiente en los ingenios donde se macera la caña y se extrae el azúcar. Superar la degradación y la muerte por medio del conjuro poético, que reconstruye lo perdido en el crisol de las palabras y lo revela ante nosotros como una nueva realidad, más fuerte y perdurable, que ha derruido todo con el tiempo, es también la tarea que se ha propuesto Álvaro Mutis desde sus primeros versos; trabajo que en gran medida corresponde a su personaje Maqroll el Gaviero, cuyo nombre de sonoridad extraña no connota ningún lugar ni territorio conocido; su apodo, no menos misterioso, nos habla de su oficio de gaviero, es decir, del marinero que desde la gavia otea el horizonte lejano de los mares; y se convierte no solo en el personaje que concilia y da sentido a las orillas distantes y lejanas del universo mutisiano, sino también en la conciencia del poeta, en la figura que Mutis ha encontrado para expresar, con el recato que permiten las terceras personas, su pesadumbre existencial, su sentimiento de pérdida y caída, su experiencia del exilio, y su visión lúcida y desencantada de la vida. Como criatura surgida de los sueños, Maqroll se parece a su creador en sus obsesiones no en su edad ni en su figura, que además de ser la de un vagabundo está cerca de la vejez, pues su autor consideraba tan grandes las pérdidas sufridas en su juventud que no encontraba oportuno asociarlas en su imaginación a la figura de un hombre joven, sino a alguien viejo y perdulario que en el trascurso de la vida ha ido perdiendo mucho más. Maqroll, por esta causa, nace viejo, trashumante, desencantado, lleno de achaques y dolencias, rememorando siempre experiencias lancinantes de su pasado o brevísimos instantes en los que la felicidad fue posible. Sabemos de su escepticismo, su ironía, sus trabajos anómalos y su intuitivo carácter, que lo lleva a romper repentinamente con sus empresas para embarcarse al pronto en nuevas aventuras que no conducen a ninguna parte. Pero no conocemos su rostro, su pasado o su lugar de origen, pues el autor nos va entregando su silueta con moderada y sabia contención, como los trazos de un sueño recurrente que torna cada tanto a nuestra vida sin que sus sombras lleguen nunca a revelarnos su secreto. Maqroll es un símbolo del desarraigo y de la pérdida del hombre en nuestro tiempo, un emblema del exilio vivido por Mutis que hace su aparición en la extraña oración-poema de su nombre incluida en Los elementos del desastre (1953) e inicia un dilatado tránsito por la poesía que incluye numerosas apariciones en varios libros, como Reseña de los hospitales de ultramar (1959), Caravansary (1981) y Los emisarios (1984), antes de echarse a andar definitivamente en la novela, años más tarde, en La nieve del almirante (1986), y extenderse hasta Tríptico de mar y tierra (1993), formando una saga de siete novelas que parece no tener fin. Hablar de Maqroll es, entonces, hablar de Mutis, solo que en el plano poético; quizás por eso desde su irrupción en el mundo de las letras la biografía del poeta colombiano comienza a carecer de importancia, pues aunque se trata de una criatura que emerge de una zona muy profunda de Mutis y puede manifestarse solo a través de la literatura, su fuerza es tan grande que poco a poco va apoderándose de ese espacio hasta adueñarse de él casi completamente. No resulta entonces procedente señalar en estas páginas, como lo hemos hecho en la cronología que acompaña a este trabajo, que desde su llegada a México Mutis conoció la cárcel, el exilio, el amor y por último el reconocimiento literario, y que antes realizó una cantidad de trabajos extraños, como locutor de una serie policíaca o vendedor de películas de una multinacional norteamericana para todo el continente; pues lo importante es que Maqroll ha sabido transmutar a través de sus andanzas esos padecimientos y acogerse al amparo de ciertos bálsamos como la memoria, la música y el amor, que lo redimen y colman su vida de sentido. La errancia de Maqroll por la poesía y la novela es, en verdad, muy dilatada: el mar y los desiertos, las minas y la selva, las tierras altas y las tierras bajas, el páramo y los puertos, el río torrentoso que enlaza estos lugares; pero, aunque su aventura se refiera a atravesar la selva en busca de unos enigmáticos aserraderos que se desvanecen en el aire o a escarbar la grieta de una mina que no logra desentrañar jamás, su desafío es siempre el mismo: enfrentarse a la inminencia de la muerte, previendo sus signos e intentando adivinar su forma, porque el Gaviero sabe que hay una esencia de destrucción oculta en toda empresa humana, aunque es imposible de adivinar; y su lucidez consiste, precisamente, en descifrar esa esencia y aceptarla con serenidad sin retroceder ante su devastación. En su largo tránsito por los mares y los sitios más escabrosos de la tierra Maqroll ha sufrido la enfermedad, las plagas, la fiebre, la malaria, la locura e incluso la propia muerte lo que no le ha impedido aparecer vivo nuevamente y proseguir su errancia, su subversión de las costumbres, su defensa de la libertad a ultranza que lo convierte en un autoexiliado del paraíso de seguridad y confort anhelado por los hombres. Porque lo que realiza el Gaviero con la expiación de sus males, con el padecimiento de sus plagas y el desarrollo de sus desatinadas empresas no es otra cosa que un sorprendente proceso alquímico que, como señala Martha Canfield, termina por extraer el oro de la escoria al trocar los sórdidos materiales de su miseria en el oro luminoso de la sabiduría que nos ofrece en cada uno de sus poemas y relatos. Además de la figura del Gaviero existen en la poesía de Mutis otros signos cohesionadores como el agua, la música y la noche que aparecen al final de su obra en libros como Los emisarios (1984) y Un homenaje y siete nocturnos (1986), que representan un ideal de pureza capaz de poner en orden nuestros sueños y que nos sumen en la espiritualidad de un recorrido místico que viene a serenar la imaginación enfebrecida del Mutis personificado en el Gaviero, a rescatarlo del tiempo y sus argucias, y a reconciliarlo con la eternidad y con el orden de lo trascendente. |
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