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Álvaro Mutis

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 Por Diego Valverde Villena


El Escorial: cifra del mundo, piedra hecha cielo, espejo de reinos. Aquí se cruzan, para siempre, tiempos y espacios. La bien llamada octava maravilla es más, mucho más que el monumento a la victoria sobre el francés. Y es más que la mera figura enrejada de la parrilla para conmemorar al santo que preside la jornada de San Quintín. Es el centro del mundo, el lugar donde se detiene el sol en un imperio donde el sol nunca se pone. Es el trono del hombre más poderoso del mundo, el lugar a donde tienden todas las voces, el punto de donde nacen las palabras que rigen el Universo.

Un Aleph como éste no puede ser una construcción común. Se eligió con cuidado el sitio —uno de los ejes del mundo— y, por supuesto, la fecha, un equinoccio que contaba con los mejores augurios. El arquitecto al cargo no es un arquitecto cualquiera. El compás, la escuadra y la plomada de Juan de Herrera no son sólo la vanguardia de la arquitectura del momento, sino que también están en manos de un experto en astrología, magia, alquimia y todo tipo de saberes -que todo está relacionado en el Universo. Las proporciones del Escorial son mágicas y responden, superada la proporción áurea, a un arcano redescubierto por el feraz Herrera.

Tanto es así, que los planos del Monasterio son secretos, vedados a ojos extraños. Corre la especie de que Rodolfo II de Bohemia, el supersticioso y hermético emperador, ha mandado a España un espía: Philippus de Monte, el músico flamenco, con la secreta misión de discernir las claves del mágico edificio y llevárselas de vuelta a Praga. Quizá allí sirvan para ayudar a Johannes Kepler y a Tycho Brahe con sus mapas celestiales (ya se empieza a sospechar que el Universo todo no es sino alegoría y copia de la sede del monarca hispano).

Y no es Philippus de Monte un espía cualquiera. Es uno de los pocos iniciados en los misterios de la musica reservata: una tonalidad escondida que entronca con las armonías secretas del Universo.

Todo es en vano. El melancólico Kapellmeister de Malinas volverá a Praga sin haber conseguido su objetivo. Sólo se llevará el asombro y la extrañeza, la mirada que nos deja el trato con lo divino.

Cómo iba a saber Rodolfo, el rey-astrólogo de Bohemia, que había una clave para entender el misterio, un libro que es la guía cierta que nos abre el paso a las sendas secretas de la basílica escurialense. Es el libro de cabecera del rey Felipe II, el libro que le ayuda a entender el mundo y a entenderse a sí mismo. Ese libro tiene un nombre que ha tardado siglos en forjarse: se llama Crónica Regia y Alabanza del Reino. Su autor, como saben, es don Álvaro Mutis.

Es más: ese libro sólo lo podía escribir Álvaro Mutis, el que tiene poder sobre el tiempo y el espacio. Mucho se ha hablado hasta ahora de la planomanía maqrolliana; de ese fatigar las rutas terráqueas que aúna a Conrad, a Cendrars, a Larbaud... y los supera. Pero más osado, más audaz, más asombroso que el mero desplazamiento lineal es el viaje temporal, constante presencia en los avatares del Gaviero. Aparte de los visitantes antiguos de Ilona, aparte de las múltiples voces de todas las épocas que pueblan la Summa, están los acompañantes perpetuos del Gaviero: las lecturas de Chateaubriand, del Príncipe de Ligne, de las guerras de la Vendée que cruzan perpendicularmente todas las circunstancias del Gaviero: esté donde esté el errante Maqroll, allá donde le lleve su constante paso, siempre hay un viaje en el tiempo, a través de la lectura, que lo sustrae de la realidad cercana y lo acoge en la realidad verdadera.

Mutis nos regala ese continuum de tiempos y espacios que es lo más próximo que tenemos a la eternidad dentro de nuestra limitada capacidad humana. Más allá del The Ring and the Book browninguiano y de todos sus seguidores, ahora, gracias a Don Álvaro Mutis, hidalgo eterno de la Nueva Granada, podemos convivir con (y a veces ser) Pushkin, Bolívar, un soldado bizantino... podemos enamorarnos de las damas más hermosas que en el mundo han sido. Gracias a Álvaro Mutis, nada nos está vedado.

No se trata de la cicatera e indigente evasión del mundo, la que llevaba a Mia Farrow a inmolarse diariamente por un níquel en el altar de la pantalla en La Rosa púrpura del Cairo para poder sobrellevar su lamentable vida. No se trata de vivir amores vicarios para luego volver a una anodina cotidianeidad. Mutis, como todos los grandes amadores de la conjunción de arte y vida, propone y señala una comprensión, un abarcamiento de los tiempos y los espacios para sembrarlos y hacerlos florecer en cada instante de nuestra vida. La literatura (el cine, el arte en general) nos permite poder vivir en otro lugar, en otro tiempo, no «en vez de» sino a la vez de nuestra vida «real». Nuestro viaje no sólo es lineal, a través del espacio y el tiempo, sino también transversal, simultáneo, por las diversas moradas contiguas de los momentos coincidentes.

En el espacio, el viaje mutisiano nos acerca los sagrados nombres exóticos: Samburán, Marianao, Novgorod la Grande... En lo temporal, nos presenta en su mayor vitalidad y cercanía a los grandes personajes de la Historia. Y luego, el arte, claro. Un cuadro, una música, un libro, son puentes para acceder a otras realidades. Mutis hace su vigilia de leal amador al retrato de la Infanta Catalina Micaela, y la espera, palpitante de emoción, en los recodos del tiempo.

Yo, acólito agradecido, sigo sus pasos, y confío en encontrarme, escondida tras una mirada, a Manon Gropius, la hija encantadora, bellísima, y llena de talento de Gropius y Alma Mahler, que podría ser el último rostro de mis ojos, la verdadera cifra de mi vida, el reino que estaba para mí.

Pero volvamos a ese Escorial secreto al que sólo se accede con el libro de Mutis. Ese Escorial, más allá de su insólita grandeza (o, quizás, más adentro), esconde su verdadera esencia: es un caravanseray de tiempos y espacios. Hay una estancia secreta, de serena y austera elegancia, donde se reúnen varios comensales a departir sobre el mundo y sus engañosos avatares: allí preside Su Católica Majestad Felipe II, rex quondam rexque futurus; allá un ilirio comenta con el Rey Nuestro Señor algunos pasajes de Virgilio; a su lado Valéry Larbaud, que consulta a Axel Heyst sobre los matices del crepúsculo en Oriente; junto a ellos Billy Budd, no el que apareció como sailor, «marino», sino como foretopman, es decir, «gaviero»; en aquella silla Maqroll, que quiere que el Rey le firme una cédula de explotación de minas en el Alto Perú; a la vera del Rey su hija, Catalina Micaela, y frente a ella Álvaro Mutis, que la observa con embeleso cuando su pudor de enamorado se lo permite... y también estamos nosotros a esa mesa, invitados por Mutis desde cualquier página de cualquiera de sus libros.

De esa cámara parten pasadizos que llevan a estancias que sólo Mutis conoce, a las que sólo podemos llegar si nos toma de su mano. Una da a la región del Tolima y el Quindío, de la Tierra Caliente; otra nos mete de lleno en Victory, de Conrad; otra nos hace aparecer en el sueño de un Príncipe Elector; otra más nos deja en la habitación de un hotel, la 204; otra nos cruza en el camino de una mujer de «mirada fija y lento paso»; otra nos sitúa en una biblioteca donde cada libro es una nueva encrucijada; todas, nos llevan a un espejo de tinta que nos enseña nuestro verdadero rostro.

Mutis, para embromarnos, como dicen en una de mis tierras (porque ahí donde lo ven, además de ser el mistagogo que nos inicia en los secretos del mundo, y un escritor que bautiza con encanto cada palabra que toca, y un generosísimo donante de literatura para las almas sedientas de poesía, Mutis es chacotero, bromista y, como se ha dicho repetidas veces, el hombre más simpático del mundo), comenta en una entrevista que le hubiera gustado vivir en el siglo XVI, rodeado de enanos deformes, entregado a excesos de toda laya, y se imagina tratando con la Inquisición (vendiendo a conversos tras conseguir sus bienes a cambio de un trato de favor) y conversando durante horas con la Santa de Ávila.

Sabemos que eso no es cierto. Eso es pura chacota para ingenuos, una finta para que no vislumbremos su verdadero plan. En verdad, me lo imagino de otro modo. Lo veo siguiendo la estela de Maqroll, que se ha ido con Philippe de Monte a la corte del hipocondríaco y fantasioso Rodolfo de Bohemia con la idea de embaucarlo con algún extraño artilugio traído de uno de sus viajes, o con un críptico documento en lenguas ignotas (una venta de ganado en swahili, por ejemplo) que quiera hacer pasar por fórmula golemiana, o con un mapa de caminos anotado del puño y letra del Preste Juan. Maqroll sabe de la importancia de la música en la corte astrológica de Rodolfo, y quiere que el melómano y connoiseur Mutis deslumbre al melancólico emperador hablándole de Pärt y de Ligeti, de Sibelius, de Haendel y de Bach. Confía Maqroll, además, en convencer a Mutis de que invente historias para embaucar al rey de Bohemia y Hungría, y que las cuente —para darles realce— en el italiano inventado que se sacó de su inagotable chistera (que es el cuerno de la abundancia) en aquella memorable velada con Monica Vitti y Alida Valli.

Pero no sé si lo convencerá. Mutis está entretenido en otros quehaceres. Se esfuerza en descubrir la armonía de las esferas a través del billar, y ese afán científico ya lo apartó en su día del diploma del Liceo. Pero, más aún que ese menester, es la alquimia la que ocupa sus noches y sus días.

Álvaro Mutis trabaja incansablemente, en su austero gabinete, con los libros de Paracelso, Cornelio Agrippa y mi antepasado Enrique de Villena por almohada. Adereza esas lecturas con las intuiciones jeroglíficas de Athanasius Kircher, la visión del macrocosmos y el microcosmos de Robert Fludd y los tratados de Arias Montano, con quien comenta los capítulos dudosos. Una gran carta astrológica de John Dee preside su bitácora.

Trabaja todo el tiempo, y busca oro. Pero, como dice el proverbio alquímico y se nos cuenta en Amírbar, Aurum nostrum non est aurum vulgi, «Nuestro oro no es el oro del público». Se trata de otro oro, más cercano al oro de los tigres o a ese «otro oro», más allá del color, que nos describe Borges.

Mutis asume la prueba más fuerte, la piedra de toque de todo alquimista: crear oro a partir de los desechos, de los residuos. Toda su obra es —entre otras cosas— una creación constante de oro a partir de materiales deleznables; a partir de la herrumbre y el deterioro que afectan a todos los seres, a partir de la nada insaciable, del vacío que todo lo pretende.

No es sólo la natural decadencia de las cosas el material con el que trabaja Mutis. También se enfrenta con la cotidianeidad, con la rutina, con esa abulia de los puertos tropicales, con esa desidia que se instala en nuestras vidas enmascarada en el aparente éxito. De toda esa podredumbre y ruina saca oro; de un agujero negro saca luz renovadora.

¿Cuál es el secreto de Mutis para hacerlo? Son varios, y aún siento aquí un pudor jerónimo que hace que me cueste revelarlos. Pronunciémoslos con voz queda en este sancta sanctorum del Escorial, rodeados por las siete mil reliquias del Rey Felipe, y bajo el auspicio favorable de los reyes de la Antigua Alianza.

Uno es su conocimiento profundo, natural, intenso, de la música. Mutis conoce la respiración secreta del mundo, conoce su cadencia. Sabe que las estructuras que rigen secretamente el universo se repiten: están en la forma de la caracola que se dibuja en El Mar de Debussy; en la proporción secreta que levantó El Escorial y que refleja la idea del Arquitecto del Universo, del «poietés ouranou kai ges» que se canta en el Credo, cuya melodía se esparce por todo el orbe; en los cantos de Orfeo y del bardo Amergin para construir ciudades; en la Missa super Maria Zart de Obrecht, que se reproduce a sí misma en fractales; en el compás binario de los cantos de siega, que proviene del corazón.

Sí, Mutis sabe que la verdadera musica reservata está a la vista, como la carta robada de Poe. La albergan los ritos nupciales de las abejas, el golpear de la novena ola, el susurro del viento en las hojas. Mutis se une al canto de la tierra y desparrama su voz con el mundo, con el poderío heredado (y luego agrandado por el propio Mutis) de Aurelio Arturo.

La voz de Mutis hace resonar la cadencia profunda del mundo, tal como si toda la tierra fuera una gran viola d'amore que resonase e hiciese acorde por simpatía.

En la poesía de Mutis late el corazón del mundo. El ritmo secreto de su verso se determina, como bien dijo Ernesto Volkening, «por el sosegado aspirar y espirar del anima mundi».

Todo es música en Mutis. Ya sea la humana, la de los compositores, o la otra, la telúrica, la de la noche, la de las cosas. Una música que fluye por toda su obra como un río subterráneo y vivificador.

Otro de los secretos de la alquimia mutisiana son sus ingredientes. Atanores, redomas y alquitaras se pueblan de los más insospechados elementos. Por un lado los metales, esos metales extraños que «alargan la vida y conceden, a veces, la felicidad. No son el oro ni la plata, ni cosa que se les parezca». Pero existen.

Luego están los frutos: frutos escondidos, frutos desconocidos, frutos en descomposición... Todo lo que vio y describió su pariente Celestino Mutis, y más, tiene cabida en los crisoles literarios de los que surgen las pociones que nos cambian la vida.

Otros elementos son más difíciles de aislar: sustancias capitosas, olores, el tacto «polvoso» de una hoja, colores sin mezcla que el ojo humano apenas descifra...

Y luego, el gran aglutinador, la base de todos los experimentos: el agua. Desde La creciente hasta Visita de la lluvia, toda la obra de Mutis está ungida por la continua presencia lustral del agua. Y no sólo me refiero al omnipresente mar de las andanzas del Gaviero. También están los ríos: «Los ríos han sido y serán, hasta mi último día, patronos tutelares, clave insondable de mis palabras y mis sueños», dice Mutis.

No me resisto a citar un poema, Si oyes correr la lluvia, que habla de revelaciones, de la secreta armonía del universo y de palabras arcanas pero nunca antes pronunciadas:

es bueno que sepas que allí van a llamarte
con un nombre nunca antes pronunciado.
Toda la ardua armonía del mundo
es probable que entonces te sea revelada,
pero sólo por esa vez.
¿Sabrás, acaso, descifrarla en el rumor del agua
que se evade sin remedio y para siempre?

Aún queda un aspecto fundamental en la alquimia de Mutis, ese giro que le hará vencer a la rutina de los días, el peor, el más despiadado enemigo. Y es una fórmula secreta, que le es dado conocer a pocos; una visión virginal, candorosa, lustral del mundo, y se resume en la frase de Cansinos-Asséns: «¡Dios mío, que no haya tanta belleza!».

Detrás de esos «Nada nuevo» de Batallas hubo (en Los trabajos perdidos), y de los «Lo de siempre» de Caravanseray, se esconden, dichas como al descuido, las historias más maravillosas. Eso nos lleva a la ruta contigua y complementaria: la de saber buscar —y encontrar— lo asombroso dentro de lo cotidiano, o lo escondido. Siempre hay algo interesante en las vidas mutisianas, porque la mirada de Mutis sabe llegar a la veta más preciada de cada rostro vivido.

Detiene por un momento Mutis su preciso trabajo alquímico. Un amigo llama a la puerta, y por un amigo Mutis lo deja todo. Estamos en 1898, y llega al Escorial, en uno de sus viajes, Valéry Larbaud, el millonario heredero de un manantial en Vichy, ya marcado por el insaciable estigma literario. (A nadie se le escapa la influencia de Conrad sobre su amigo Mutis, pero muchos soslayan la relación entre Larbaud y Mutis, tan fuerte como la que uniera a Borges y a Marcel Schwob).

Llega Valéry Larbaud al Escorial, y ya se han asentado en su imaginación los reales del libro Le secret de Mr. Synthèse, de Louis Boussenard. Ahí está el germen de Barnabooth (que también es Larbaud) y, más adelante (y con otras derrotas, en el doble sentido de la palabra), Maqroll. Larbaud nos habla de sí mismo a través de Barnabooth, y luego Mutis, en su excelente y delicioso artículo «¿Quién es Barnabooth?», nos habla de sí mismo y de su relación con Maqroll al hablar de la relación entre Larbaud y Barnabooth. Libros de libros de libros que engendran libros.

Larbaud y Mutis conversan apaciblemente de los temas que los unen: «el culto sereno y agudo de la belleza, el respeto a la persona como individuo y como misterio insondable, el confort de los grandes expresos, un cordial humanismo paneuropeo y un perpetuo homenaje sin medida hacia las mujeres hermosas o dignas de serlo». Todo esto lo hablan en un compartimiento de tren que, sin salir de los recovecos del Escorial, recorre toda Eurasia conducido por Blaise Cendrars. En el vagón de al lado, Rogovine, judío de Varsovia, comenta con un diplomático portugués de nombre Alvar de Mattos no sé qué asunto de unos diamantes, entre trago y trago de zubrówka y wyborowa.

Volvamos al cuarto escondido del alquimista Mutis. Está concentrado en el otro asunto que llena sus horas. Antes buscaba el oro de la vida —y lo encontraba, y nos lo regalaba— a partir de los más insospechados ingredientes. Ahora se encomienda al azar para encontrar las claves, el sentido de nuestra errancia terrena.

Hay algo que nos espera, escondido, emboscado. Es la clave de nuestra breve dicha sobre la tierra. Puede que sólo en el último instante encontremos esa luz que explica nuestra vida. Puede que desgranemos nuestros días buscando esos metales inciertos que nos llaman desde algún lugar lejano y se nos alejan al doblar cada esquina. Nada nos garantiza el éxito, pero debemos buscarnos a nosotros mismos en algo que está fuera de nosotros, pero que es la piedra que cierra nuestro arco, la pieza que completa la serie y le da sentido. No hay certidumbre, pero hay que seguir buscando ese lugar sobre la tierra del que podamos sentirnos dueños, o ese reino que está para nosotros desde siempre, esperando.

Y aquí surge esa terrible paradoja. Es la palabra la que nos consuela, nos ayuda y nos sirve para encauzarnos hacia ese destino que nos espera. Es la palabra la moneda con la que pagamos los peajes de la vida, el signo que nos hace superar los ritos de paso para intentar llegar a nuestro destino. Pero, si el misericordioso azar nos permite alcanzar nuestra meta, entonces, las palabras no son bastante para expresarlo. Se quedan cortas, vencidas, sobrepasadas.

La descarnada verdad de nuestras limitaciones se plantea en varios poemas mutisianos: en Una palabra, en Cada poema, en los versos de su Trilogía (Del campo):

si estas y tantas otras cosas suceden por encima de las palabras,
por encima de la pobre piel que cubre el poema,
si toda una vida puede sostenerse con tan vagos elementos,
¿qué afán nos empuja a decirlo, a gritarlo vanamente?
¿en dónde está el secreto de esta lucha estéril que nos agota y lleva mansamente a la tumba?

o en Los trabajos perdidos:

El metal blando y certero que equilibra los pechos de incógnitas mujeres
es el poema
El amargo nudo que ahoga a los ladrones de ganado cuando se acerca el alba
es el poema
El tibio y dulce hedor que inaugura los muertos
es el poema
La duda entre las palabras vulgares, para decir pasiones innombrables y esconder la vergüenza
es el poema

La esencia vital supera al poema. En el mismo momento, en el mismo hecho de intentar la creación (o la recreación, o el reflejo) ya nos vemos superados. Octavio Paz, en su prólogo a Los hospitales de ultramar lo expresaba muy lúcidamente: «Necesidad de decirlo todo y conciencia de que nada se dice. Amor por la palabra, desesperación ante la palabra, odio a la palabra: extremos del poeta.»

Ese es el final que espera a la siempre insatisfecha alquimia de la palabra. Así lo reconoce Mutis, desde su incansable laboratorio: «Saber... que la palabra, ya, en sí, es un engaño, una trampa que encubre, disfraza y sepulta el edificio de nuestros sueños y verdades, todos señalados por el signo de lo incomunicable.»

Entonces, ¿para qué la poesía?, ¿por qué, si lo esencial queda siempre fuera de nuestro alcance, vislumbrado pero inaccesible, prometido pero negado?

La respuesta está en la explicación de su hijo, Santiago Mutis Durán, que nos muestra que Mutis «pretende no crear poesía, sino señalar el momento en que ésta pasa entre la vida de las gentes, como el eco de algo sagrado, anónimo —flores que se evaporan, naciendo tal vez para nadie—, capaz de nombrar en toda su verdad la belleza y el tremendo desatino de los actos de una criatura que ha extraviado o no ha encontrado aún —y ya va siendo tarde para ello— su lugar en la tierra, entre las otras criaturas y entre sus semejantes».

Así surge la poesía. Así es su extraño e inesperado paso. Así es su luz queda, que atraviesa por un instante el dombo de sombras que nos opaca, y de un fogonazo ilumina toda nuestra existencia. Mutis sigue trabajando incansable en su cubículo, buscando una y otra vez la Rosa como su colega Paracelso. Una corriente de aire, un pequeño error de cálculo, y la creación se desvanece, como el Golem del rabino de Praga cuando le quitan una letra de su nombre. Pero cuando se nace, como Mutis, tocado por el don, no queda otra cosa que entregarse al propio destino. Buscar sin descanso la palabra que roza la esencia, girar como derviche para entrar en comunión con la rotación de la tierra, entonar la música que es la melodía secreta del Universo.

Mutis nos regala sus saberes en cada página. Nos entrega la palabra mágica. Pero, como en Undr, el cuento de Borges, la palabra es distinta en cada caso. Como en el Peregrino Querubínico de Angelus Silesius, aquí se acaba el libro, y ahora cada uno debe seguir leyendo dentro de sí mismo. El camino (de la flecha, de la serpiente) es individual. Pero hay un consejo del maestro Mutis que sí vale para todos y que nos puede abrir las puertas del mundo y de nosotros mismos para hacer el viaje más poderoso sin siquiera salir de la habitacion de un hotel: Escucha. Escucha. Escucha.

 

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