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Álvaro Mutis

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 Por Reina Roffé
No resulta azaroso que el destacado ensayista Blas Matamoro calificara a Alvaro Mutis como «el gran impertinente» de los escritores latinoamericanos que surgieron en la segunda mitad del siglo XX, por estar a contracorriente en materia literaria y política. Si en la poesía de los años cincuenta se ejercita «un coloquialismo sembrado de experimentos verbales a la sombra de un maestro: César Vallejo», señala Matamoro, o, por el contrario, se sigue la propuesta nerudiana de «americanismo telúrico», Mutis hará foro aparte decantándose por una «poesía versicular», con atisbos cultos y cierta exuberancia contenida y trabajada hasta el paroxismo. Ilustraciones tomadas del dossier de la «Revista Atlántica» dedicado a Mutis

Más tarde, a la hora de narrar, y cuando el boom impone una línea de experimentación formal y la mirada atenta a la especificidad geopolítica de los distintos países de América Latina, el siempre desmarcado Mutis se afianza en la tradición y compone «una larga saga en clave de aventura caballeresca» presentando a su héroe, Maqroll, como un personaje errático, desencantado, una especie de exiliado natural que vaga por el mundo sin destino ni objeto. Un Maqroll que nace cuando Mutis escribe su primer verso para luego proyectarse en varias novelas y encarnar esa tremenda experiencia que golpea la vida de todo adulto después de recorrer algunos callejones hostiles y oscuros: la desesperanza ante la puerta cancelada que simboliza el imposible regreso al utópico paraíso de la infancia.

Nada fue en este autor de acuerdo con el modelo al uso. Ni la revolución cubana ni figuras carismáticas como el Che, que tanto entusiasmo despertaron en sus amigos más próximos, comprometieron personalmente a Mutis y, mucho menos, a su escritura. En vez de la urgencia, a veces irreflexiva, que impone la actualidad, prefirió hacerse cargo de la reposada memoria del pasado y revisar los pormenores de la caída de Bizancio en 1453 o la leyenda negra que rodeó la figura del monarca español Felipe II.

En su obra, el peso de lo real y de lo inmediato se asienta más que en ningún otro texto en su Diario de Lecumberri, con el que inicia en 1960 un lento viraje hacia la prosa que culminará en las siete novelas reunidas bajo el título genérico de Empresas y tribulaciones de Maqroll el Gaviero. Se trata de un diario que escribe en la cárcel mexicana, donde Mutis estuvo encerrado durante quince meses. Allí conoció todo tipo de gente, desde líderes obreros y sindicalistas de izquierda a delincuentes y asesinos que mataban por unas monedas.

Pero el diario que el autor colombiano presenta a sus lectores resulta algo más que un documento donde se consignan datos o algún episodio del discurrir cotidiano con el objeto de registrar la pesadilla propia o el infierno vivido por un grupo de hombres en la crujía carcelaria. Su Diario de Lecumberri es una obra de ficción con historias desarrolladas y personajes que Mutis retrata con el preciosismo de un estilo original en el que opera la síntesis de la poesía. Solo dice o narra lo esencial, creando una tensión emotiva y un ritmo de expectación crecientes, además de un efecto de revelación total que prueba la eficacia de sus dotes de narrador.

Más que hablar de sí mismo, el poeta relata las miserias de un ambiente de por sí degradado y de unas criaturas que no cesan hasta el final de mostrar los rasgos más penosos de su condición humana. Un diario en el que cuenta los pasos que llevan a muchos de los presos a quedar «libres por defunción». El Señas, el Ford, el Jarocho, el Tiñas, el Tintán, Pedro el de la tienda y algunos más, todos tecateros, adictos a la heroína, mueren por la droga mala, la tecata balín, una heroína falsificada que acaba con ellos de una manera humillante.

Ya sea a causa de la droga, por una venganza personal o un ajuste de cuentas, la muerte se torna una presencia frecuente en los reducidos espacios del presidio y una forma de despertar a la opresiva realidad del día. Cierta mañana Mutis se entera de que Palitos ha sido apuñalado. El muchacho tiene 22 años. Su historia es mínima y no por ello menos intensa: se ha criado en la calle, durmiendo debajo de una mesa de billar en un café de chinos. Siendo todavía un niño prueba la marihuana y se hace carterista. Toda su breve vida estará dedicada a procurarse, de cualquier forma, su cuota diaria de estupefaciente existencia. El poeta, al recordarlo tendido como «un legionario del Greco», rodea su previsible muerte de un valor y una trascendencia que le fueron negados durante su efímero paso por la tierra.

La lectura de Mallarmé y los momentos gozosos y purificadores bajo el agua de la ducha, donde parece posible invocar los buenos recuerdos de amores y viajes, hacen que «el fantasma de la libertad», que envenena con su deseo inalcanzable todas las horas del presidio, ofrezca su cara amable, su razón de ser, que mantiene a flote a los reclusos y al propio Mutis, que redacta su diario, sus líneas de fuerza, como un sonámbulo que disfruta el trance. Un trance, la escritura del diario, que es antídoto contra la locura, acto de normalidad para burlar la violencia de la reclusión, el odio de los hombres y la injusticia que, muchas veces, «se esconde en códigos y leyes», permitiendo fabular y fabularse, construir una realidad alternativa que sirve como testimonio, pero también como invención autobiográfica, como recomposición de sí mismo y de los otros.

 

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