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Son hombres que se niegan a escriturar porque saben que en la repetición de lo contado está el engaño o la muerte. Vivifican e inventan, se remontan al caudaloso envite del idioma, más por vencer a su corriente que por miedo al naufragio, rastrean, vuelan, bucean bajo las aguas y, sobre todo, buscan un camino perdido, una señal oculta, una voz silenciada que les invite a aventurar el existir. Álvaro Mutis pertenece a esta especie desde el comienzo de su carrera literaria. ¿Carrera literaria o trasposición de las esferas que cada hombre asume como un destino irremediable? La obra de Mutis tiene más que ver con el ímpetu del buscador que con la propia literatura, entendiendo esta como una sucesión canónica de signos más o menos convencionales. Tan solo una hojeada por sus libros se convierte en una invitación al descoloque. El orden de las cosas es distinto. Como si las inmediatas referencias de la realidad no le bastara para aprehenderla y husmease todos sus rincones, tiene la necesidad de cambiarlas de lugar, de contexto, de tiempo y de gente. Así, la imaginación fluye por los caminos de la fantasía, no como derrochadora de sus propios recursos, sino como mirada vigilante que intuye, analiza y desea, impulsando la construcción de un mundo que trasciende lo puramente literario. Es difícil, diríamos que imposible, crear una línea divisoria entre los diferentes géneros literarios cultivados por el autor colombiano. Su novela, narración breve, ensayo o poesía, pertenecen a una misma preocupación y se proponen un mismo objetivo. La forma, entonces, son distintas intuiciones del laberinto para llegar a la raíz del hombre, por un personaje inventado, que es el propio poeta, que a su vez lo inventa, y se inventa a sí mismo, hasta el punto de no poder vivir el uno sin el otro. Maqroll el Gaviero es esa voz que canta detrás de la escritura de Álvaro Mutis y, a su vez, se anticipa a ella. Desde la gavia, el marinero registra todo cuanto puede alcanzar a ver antes que el capitán. De él y de la trascripción de los hechos depende en verdad el rumbo de la nave. El gaviero relata espacios y paisajes antes de llegar a contemplarlos, divisa los destellos de luz antes que el sol renazca, y conoce la noche por un rugido extraño que solo él oye. Mutis recurre a la palabra poética a sabiendas de que es el único espejo capaz de acercarnos a la realidad de Maqroll. Una realidad marcada por el desastre, por la desesperanza, por el destino irremediable del ser humano. Pero a través de su propio desencanto crea en sí misma una esperanza que paradójicamente nos invita a vivir. Desde un paisaje frondoso, cálido, caribeño, recreado por la nostalgia de cuanto existió en el paraíso de los sueños y la infancia, Mutis nos invita de nuevo a soñar. Nos invita a sentir el pulso interno de una palabra, la única palabra que puede iniciar la danza de nuestra existencia. |
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