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En especial me resulta interesante el caso de Larbaud, porque al inventar a ese poeta apócrifo que se convierte en un heterónimo suyo, Barnabooth, crea un personaje que se incorpora a su población de seres novelescos. Y tal es el caso de Mutis cuando hace surgir a Maqroll el Gaviero de un libro de versos para echarlo a andar, o mejor dicho a flotar, muchos años más tarde, en una serie de novelas que promete no tener conclusión. O, por mejor decir: que no debe tener conclusión, que no la admite. Por la cercanía de las lenguas, habría que recordar también a Antonio Machado, cuya lírica antecede a esa suerte de narración fragmentaria de sus heterónimos, con Juan de Mairena y Abel Martín a la cabeza. Y, desde luego, también está al alcance de la mano la ciudad que pueblan las máscaras, las pessoas de Fernando Pessoa, que no flota pero sí anda por media docena de calles de la Baixa lisboeta, enmarañándolas hasta convertirlas en una suerte de laberinto de la identidad. Maqroll flota, subido a su gavia, que es el lugar más alto del navío, la cofa desde donde se ve más lejos y, a la vez, un punto privilegiado para disparar contra los enemigos, en cuanto se pongan a tiro. Maqroll vagabundo pero providencialista, confiado en que hay un orden oculto en las cosas que hará de su deriva un itinerario. No un viaje prefijado, con puntos de partida y de llegada, sino una revelación, paciente y crédula, de un camino que se borra al trazarse, como siempre ocurre en el agua, pero que permite articular una historia, más de una historia, una guirnalda de historias. Maqroll, aparente anarquista del mar, que ve, como Conrad, en el mar un espejo de la vida humana, un espejo que se mueve y cancela todo rastro del paso de los hombres, lo torna espuma quebradiza y bella, hasta que el cronista, en su cuaderno de bitácora, convierte tanto revuelo efímero en saga perdurable. Hay una palabra que, por su ambigüedad semántica -eso que ciertos especialistas designan con un feo vocablo: polisemia- sintetiza admirablemente las empresas de Maqroll: derrota. En efecto, derrota es singladura pero también resultado negativo de una tarea, especialmente de una lucha. Todo viaje es una derrota y Maqroll la asume en su doble vertiente: sin proclamarlo, quiere trazar un camino sin trazos y fracasar. No por el gusto dolorido de la malandanza sino por la sabiduría que la derrota propicia. Una sabiduría estética, ya que no filosófica ni científica. Todo viaje es instructivo, normalmente por lo que el viajero adquiere en su decurso. Maqroll, al revés del paradigma, aprende por lo que va perdiendo y no por lo que va acumulando. El suyo es un camino de perfección que se cumple en contra del tópico, un aprendizaje atribulado de la vida como despojamiento, una suerte de sendero ascético que remata en finales para llegar al Gran Final del tiempo personal, un ars moriendi. Por eso la derrota es bella, porque se constituye en o resulta ser un arte, el arte de morir, en ese bel morir que denomina una de sus hasta ahora siete historias o historietas maqrollianas que apuntan sin dar del todo hacia el blanco inmóvil de la consumación. Vivir es perder el tiempo, perderlo como presente, fuga del instante en esa inmovilidad infinita y definitiva que a nadie pertenece y que llamamos eternidad. Ya lo dijeron algunos escritores edificantes de la Edad Media y lo recoge, como desafío, una de las grandes cosas que han hecho las letras del siglo XX, la novela o lo que sea de Marcel Proust. Vivir es perder el tiempo, escribir es ir en busca del tiempo perdido y hacer con sus ruinas y residuos un objeto hermoso e inmarcesible. Maqroll, proustiano a su manera, cumple el viejo encargo.
Si invoco la novela de caballerías es porque me parece ser el género que inaugura la narrativa moderna. Cuando los escritores de Europa, de esa literatura que fue la única propiamente europea, abandonan el latín y el verso, y se entregan a la prosa de las lenguas romances o nacionales o como se las quiera llamar, nace la novela contemporánea, sin olvidar, porque es imposible hacerlo, que toda novela repite y repetirá a la novela fundadora de nuestro imaginario, la homérica Odisea. Todo personaje novelesco es Ulises, el astuto desafiante de dioses y fuerzas de la naturaleza, que volverá a su isla natal tras salir del laberinto de su vida, siempre joven y dispuesto a recuperar a Penélope y el trono de Ítaca. Otro dato que aproxima a Maqroll y al caballero andante es la posición de la mujer en la historia. Siempre la amada está lejos, ha sido perdida como todo en la vida del Gaviero, ha muerto o se la busca donde no se la puede hallar. Ilona, las hermanas Vacaresco, Flor Estévez, mujeres, mujercitas, mujerzuelas, son la Oriana paródica, la Dulcinea de reemplazo de nuestro Amadís o nuestro Quijote flotante. Esta subversión maqrolliana de la novela clásica propende a la parodia y lo paródico es un rasgo esencial en la más significativa novelística del siglo anterior. Ya recordamos a Proust, que intenta recuperar el pasado hasta entender que no existe, mientras anhela ser invitado a la fiesta del gran mundo que tampoco existe, hasta aceptar, como Maqroll, la romántica y sabia enseñanza de la desilusión. Musil arma una novela educativa en la cual los maestros nada tienen que enseñar al discípulo. Thomas Mann arrincona a su educando en un sanatorio de tuberculosos. Kafka somete a sus atormentados personajes al imperio de una ley hermética e inaccesible. Maqroll parodia la novela de aprendizaje y el viaje entretenido e iniciático. Desde luego, el gran antecedente de la parodia contemporánea está en Cervantes. Como Maqroll, Alonso Quijano tiene un origen enigmático. Proyecta unas hazañas caballerescas en un siglo equivocado, donde ya no hay caballeros, suma episodios inconcluyentes y sólo la muerte es capaz de rematar la serie. Y, al igual que en Cervantes, el personaje ficticio acaba adueñándose del autor supuestamente real y convirtiéndolo en personaje de la ficción. Cervantes es el autor de la primera parte del Quijote, ese libro que don Quijote ha leído y que se incorpora a la segunda parte de la novela. Mutis acaba convertido en un personaje de Maqroll, envuelto en sus andanzas y sometido a su lenguaje, de modo que no sepamos de quién es dicho lenguaje, si de un personaje ficticio que ha condicionado la vida de Mutis o de un momento de la vida de Mutis transfigurado en personaje novelesco. Quizá la conciliación de ambos términos pueda ser la siguiente fórmula: si tenemos una vida, en el sentido de vida personal, más que por haberla vivido la tenemos porque la podemos narrar como una novela, porque nos admitimos como personajes de una fábula. Dicho más campanudamente: porque hemos adquirido una historia, porque vivir nos ha concedido el derecho a tener una historia. Ejemplo al caso: cuando Mutis intenta novelar a Simón Bolívar, un señor cuya existencia histórica no admite dudas, le sale un capítulo de Maqroll el Gaviero. Tanto es así que Bolívar concluye haber arado en el mar, labrado el agua donde las huellas se borran, seguramente porque ha leído alguna novela de Mutis donde Maqroll dice que es una invención de Mutis y Mutis actúa como personaje de una novela maqrolliana. Más cervantina deriva, imposible. Me detengo un momento en el hecho del origen enigmático que, según dije, acerca a Maqroll y a don Quijote. Diversas lecturas se han practicado en torno al olvido o borramiento cervantino sobre la génesis de su personaje. ¿Por qué a lo largo de cientos de páginas Cervantes elude contarnos de dónde proviene su invento, cómo se llama precisamente, ni siquiera cuál es el nombre del lugar manchego de donde parte en sus salidas? ¿Qué oculta este minuciosa desmemoria del escritor? No es el tema de estas páginas. Pero sí me inquieta que la obra cervantina sea contemporánea de la conquista de América, esas Indias a las que quiso emigrar Cervantes y a las que nunca llegó. El personaje cuyo origen es enigmático tiene que ver con la empresa americana y es un rasgo, no evidente pero sí esencial, del carácter americano de Maqroll. Las novelas de Mutis no resultan obviamente americanas, si por americanos entendemos los tópicos de los trópicos del realismo mágico y lo real maravilloso, del indigenismo y el regionalismo. Escasean o faltan en ellas las palmeras y los guerrilleros, las noticias castizas, los localismos, no hay niños con rabo de cerdo ni muchachas que salen volando entre murallas de sábanas. Por decirlo rápidamente, son narraciones más bien cosmopolitas y urbanas, tanto por lo que tienen de ciudad como por la urbanidad, por las buenas maneras del escritor. Como Maqroll, Colón buscaba las costas de Cipango y Catay allí donde no podía encontrarlas y se dice que murió sin haberse dado cuenta de que había chocado con las Indias, luego americanizadas por Américo, es decir por Vespucci. Vista a la distancia, su historia, o si se quiere, las dos historias americanas, la del navegante real del siglo XV y la del navegante ficticio del siglo XX, se tienden entre dos enigmas y por eso dan lugar a esas construcciones novelescas, los viajes de Colón y Las Casas, la saga de Mutis. Nuestro escritor es americano, se sabe tal y por eso no necesita estar diciéndolo a cada rato. Su interés por ciertos momentos de la historia europea es un interés americano, porque revela una visión de Europa como conjunto que no es corriente en los escritores de los diversos países europeos, atados a unas fuertes tradiciones nacionales. La obviedad de los rasgos locales no interesan al lugareño sino al viajero que los halla exóticos. Por eso al escritor Mutis lo atraen más los detalles del monasterio de El Escorial o las memorias de Chateaubriand o la vida de Federico de Hohenstaufen que los matorrales de la sabana o los saltos del Orinoco. Ya Borges señaló que, por ejemplo, el Corán es un libro que solo pudo ser escrito por un árabe y por eso mismo no hay en él dromedarios ni desiertos de arena, que a los árabes no les llaman la atención, al igual que en el Martín Fierro no menudean las descripciones de las pampas porque a los gauchos les resultan algo obvio. Ni siquiera se alude a la llanura como pampa, que es una palabra técnica, propia de puebleros, de hombres de ciudad. Este rodeo me apartó del cervantismo de Mutis, antes apuntado. Me quedó por señalar que la similitud entre Maqroll y Don Quijote se redondea por la aparición del personaje opuesto y complementario, Sancho Panza en un caso y Abdul Bashur en el otro. En efecto, a un ser fascinado por las empresas inútiles le corresponde la atracción hacia el hombre práctico y listo, conocedor de esos ambientes cutres y hampones que Maqroll, insensiblemente, busca para su extrañamiento en el mundo innoble que le ha tocado en suerte habitar a él, un gaviero altivo, solitario y señorial. La atracción es mutua y cuando se encuentran por casualidad en un cafetucho indiferente, basta una mirada para reconocerse y aceptar el flechazo. Así es como Bashur se ve maqrollizado por su amigo y compinche, al igual que Sancho se va quijotizando a medida que deja de ver a Don Quijote como un pirado y empieza a tomar sus fantasías como parte de su vida. Los dos protagonistas tienen un especial talento seductor. Seducen a sus dobles, a sus autores, a sus lectores. Aunque no compartamos el esquema de vida de Maqroll, nos sentimos arrastrados por sus derivas, simpatizamos con su noble distancia ante las contingencias de un mundo que no le pertenece aunque el tiempo de la historia lo obligue a compartirlas; acabamos aceptando su ética de la impertinencia, que ha convencido también al propio Álvaro Mutis. Alguna vez se me ocurrió forjar la fórmula de Don Álvaro o la fuerza del Mutis, parodiando el título del duque de Rivas, porque mutis, en el lenguaje teatral, señala el momento en que el actor desaparece de la escena. En efecto, el escritor desaparece cuando da lugar a la escritura, hace mutis por el foro de la identidad personal. Y hasta es posible que la escritura lo haga reaparecer, convertido en un ente de ficción. Mutis como personaje de las novelas de Maqroll es un ejemplo expresivo. Y asimismo Cervantes como personaje del Quijote, según queda dicho. No es extraño, pues, que la historia de estos días alcance, por momentos, ribetes mutisianos. Hemos visto que los demoledores del muro de Berlín reconstruyeron la catedral del Salvador en Moscú e inhumaron con monárquica solemnidad los imperiales huesos del último zar y su familia, que habían fusilado sus antecesores, los revolucionarios del Octubre proletario de 1917. Mutis deplora la caída de Constantinopla ante las huestes del sultán turco en 1453 pero mucho me temo que habrá de presenciar la caída de Estambul ante las huestes del Banco Central Europeo de Frankfurt. Y si bien es impensable el restablecimiento del Sacro Imperio Romano Germánico, es verosímil la aglomeración de una Europa administrada por la Comisión de Bruselas. Maqroll el Gaviero bajará de su cofa en Amberes, Barcelona o Génova para comprar cigarrillos y los pagará en euros. Y, como buen caballero flotante, emprenderá nuevas derrotas en busca de bellas inconclusiones que lo mantendrán vivo, sobre un fondo extraño y atrayente, terrible y despiadado, la historia humana. |
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