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Álvaro Mutis

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 Por Sergio León Gómez

Con la La mansión de la Araucaíma, en 1973, Álvaro Mutis inaugura un mundo narrativo en el que se tejen densas vegetaciones que ponen en evidencia la fatalidad del deseo y, al mismo tiempo, celebran el ciclo de destrucción y muerte al que está condenado lo que vive. Sin embargo, este mundo narrativo, como ha señalado la crítica en repetidas ocasiones, no puede desligarse de ninguna manera de su mundo poético. Ricardo Cano Gaviria, por ejemplo, señala esa duda genérica a la que se enfrenta quien se sumerge en la prosa de Mutis, con una anécdota en la que el autor pone en evidencia la difusa frontera entre el verso y la prosa, desde textos tan tempranos como «El viaje», considerado uno de su primeros poemas, y escrito, al parecer, con la intención «de hacer algo en prosa por
Ilustraciones para la primera edición de «La balanza»
invitación de un amigo, quien tras leerlo le comentó: “eso es poesía, no prosa”».1 Así, la obra se va armando a partir de los elementos de esa poética de imágenes de la vida la muerte propia del autor y que emergen desde los versos incluidos en La balanza (1948), donde el poema «El miedo» evoca olores y vegetaciones tropicales: el ahorcado de Cócora, el anciano minero muerto de hambre en la playa, cubierto inexplicablemente por brillantes hojas de plátano, los huesos de una mujer hallados en una cañada, fantasmas que volverán a sorprendernos casi veinticinco años más tarde en La mansión. Y es que el título del poema prefigura de algún modo la atmósfera de la novela, la de una decadente morada habitada por las tinieblas del deseo más recóndito y por la más diabólica voluntad de destrucción. Este deseo (de muerte) se va apoderando de los moradores hasta convertirlos en fantasmas, es decir, hasta volverlos a su verdadera condición a su origen mismo: la poesía. Poesía, diría yo, de las esencias, del clima que se respira: el vaho de tierra caliente como algo vivo que trasciende la humana naturaleza y la hace parte del todo. No en vano Mutis le asigna cualidades vegetales a personajes que en el trópico se abandonan a la voluptuosidad de la muerte. Esa región equinoccial se nos presenta como el espacio donde acaso se percibe con mayor claridad la dialéctica a la que el destino somete a los seres humanos.

Lo que se ha dado en llamar «relato gótico de Tierra Caliente» es una parodia del propio miedo que despiertan los fantasmas que llevan dentro de sí los personajes (el mismo poeta), una incursión en los designios de la fría naturaleza, que como una maquinaria secreta, mueve los hilos de la intriga desde el momento en que la muchacha, empujada por la fatal curiosidad de la juventud, se atreve a traspasar la reja que separa aquella mansión del mundo que hasta entonces había sido el suyo. Mutis nos plantea un juego de relaciones que se cierran en un círculo de deseo, de desasosiego y muerte; y todo esto es posible gracias a la atmósfera que nos transmite: olores que emanan de esa mezcla de sustancias que el alquimista/poeta macera hasta reducir a una materia densa como el deseo e infame como la muerte; rumores amenazantes de ríos turbulentos que arrastran cadáveres en su creciente, enseñando la faz de la destrucción en cuyas orillas se realiza la fúnebre ceremonia de la despedida. En la mansión entra y sale de las oscuras habitaciones la ansiedad de las cópulas frenéticas que avanzan por un callejón sin salida desviadas por el instinto.

Mutis Como sugiere Julio Olaciregui, en La mansión de la Araucaíma no hay horror ni atmósfera de misterio sino erotismo delirante, trópico y herejía.2 Y esto es así porque la parodia le permite al lector tomar distancia del horror y del misterio para enseñarle otros aspectos de la condición humana, la perturbadora fuerza del instinto. Todo ello a causa de la belleza y juventud de una muchacha cuya inconsciencia desata las fuerzas oscuras del deseo en unos personajes que son metáforas del escritor, como don Graci, frío
oficiante de una ceremonia de seducción, que mueve a su antojo las piezas de una escenografía hecha a la medida de sus fantasías; o el fraile que asiste a la muchacha y satisface sus demandas, pero la deja a merced de las maquinaciones de la Machiche, esa hembra agria y desconfiada que envidia su perturbadora juventud. Porque al entrar en aquella casa, la muchacha se introduce en un laberinto que la lleva del guardián al piloto, del piloto al fraile, de este al sirviente, para acabar siendo exprimida por la Machiche, quien la arroja de su lecho como un bagazo de caña. Se trata de un peligroso juego cuya finalidad es su destrucción. Así, la muchacha es engullida con la misma ferocidad por la maquinaria cuyo mecanismo activa al suscitar la voracidad de los habitantes.

Y es que personajes y lectores formamos parte de una materia vegetal que al descomponerse nos despoja de nuestra humanidad y nos integra para siempre en el ciclo vital, como el cadáver de aquella muchacha que el fraile y don Graci lavan con infusión de hojas de naranjo y depositan a la orilla del río, junto al de la Machiche (igual que el cuerpo del anciano y los huesos de la mujer en la cañada del poema «El miedo»). Y sin embargo, ya es poesía aquel cuerpo que no puede seducir con su mirada felina, y que muestra junto con los primeros síntomas de la rigidez, la madura ostentación de sus atributos femeninos tristemente condenados a la disolución. Pero la mirada que así lo describe se nos antoja de una frialdad tan inhumana como la naturaleza.

Las ancestrales leyendas maya-quichés indican que los seres humanos fueron hechos de maíz, que ellos son el maíz. Hechos del maíz o de todos los frutos de la tierra, la sabia e imperecedera enseñanza de los antepasados recuerda que somos la naturaleza misma. Y a una conclusión similar nos lleva este relato de deseo y de muerte que busca lo esencial más allá de lo humano, en la crueldad natural de ese ciclo vida/muerte, o en el horror que se oculta tras la efímera belleza. De algún modo, la creciente que arrastra las materias de que estamos hechos, origen y destrucción de cuanto existe, desata en lo más recóndito de la humana condición la misma turbulencia, cuando la empujan la fuerza del deseo y el instinto, igual que les sucede a los personajes de esta mansión tropical. Y así, el poeta de «El miedo», árbol espeso de ardientes raíces, se funde con los fantasmas que habitan la mansión porque es parte de ellos, como los recuerdos que desde antes de nacer habitan la materia de que estamos hechos.

Notas:

1. En Álvaro Mutis -contextos para Maqroll-, introducción de Ricardo Cano Gaviria, Montblanc, Tarragona, Ediciones Igitur/Mito, 1997, p. 9. Volver al texto

2. Olaciregui, Julio, «El sueño gótico de Álvaro Mutis», Tras las rutas de Maqroll, Cali, Proarte, 1988. Volver al texto

 

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