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Con la La mansión de la Araucaíma,
en 1973, Álvaro Mutis inaugura un mundo narrativo en el que se tejen
densas vegetaciones que ponen en evidencia la fatalidad del deseo
y, al mismo tiempo, celebran el ciclo de destrucción y muerte al que
está condenado lo que vive. Sin embargo, este mundo narrativo, como
ha señalado la crítica en repetidas ocasiones, no puede desligarse
de ninguna manera de su mundo poético. Ricardo Cano Gaviria, por ejemplo,
señala esa duda genérica a la que se enfrenta quien se sumerge en
la prosa de Mutis, con una anécdota en la que el autor pone en evidencia
la difusa frontera entre el verso y la prosa, desde textos tan tempranos
como «El viaje», considerado uno de su primeros poemas, y escrito,
al parecer, con la intención «de hacer algo en prosa por |
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| invitación
de un amigo, quien tras leerlo le comentó: eso es poesía, no
prosa».1
Así, la obra se va armando a partir de los elementos de esa poética
de imágenes de la vida la muerte propia del autor y que emergen desde
los versos incluidos en La balanza (1948), donde el poema «El
miedo» evoca olores y vegetaciones tropicales: el ahorcado de Cócora,
el anciano minero muerto de hambre en la playa, cubierto inexplicablemente
por brillantes hojas de plátano, los huesos de una mujer hallados
en una cañada, fantasmas que volverán a sorprendernos casi veinticinco
años más tarde en La mansión. Y es que el título del poema
prefigura de algún modo la atmósfera de la novela, la de una decadente
morada habitada por las tinieblas del deseo más recóndito y por la
más diabólica voluntad de destrucción. Este deseo (de muerte) se va
apoderando de los moradores hasta convertirlos en fantasmas, es decir,
hasta volverlos a su verdadera condición a su origen mismo: la poesía.
Poesía, diría yo, de las esencias, del clima que se respira: el vaho
de tierra caliente como algo vivo que trasciende la humana naturaleza
y la hace parte del todo. No en vano Mutis le asigna cualidades vegetales
a personajes que en el trópico se abandonan a la voluptuosidad de
la muerte. Esa región equinoccial se nos presenta como el espacio
donde acaso se percibe con mayor claridad la dialéctica a la que el
destino somete a los seres humanos. |
Lo que se ha dado en llamar «relato gótico
de Tierra Caliente» es una parodia del propio miedo que despiertan los
fantasmas que llevan dentro de sí los personajes (el mismo poeta), una
incursión en los designios de la fría naturaleza, que como una maquinaria
secreta, mueve los hilos de la intriga desde el momento en que la muchacha,
empujada por la fatal curiosidad de la juventud, se atreve a traspasar
la reja que separa aquella mansión del mundo que hasta entonces había
sido el suyo. Mutis nos plantea un juego de relaciones que se cierran
en un círculo de deseo, de desasosiego y muerte; y todo esto es posible
gracias a la atmósfera que nos transmite: olores que emanan de esa mezcla
de sustancias que el alquimista/poeta macera hasta reducir a una materia
densa como el deseo e infame como la muerte; rumores amenazantes de ríos
turbulentos que arrastran cadáveres en su creciente, enseñando la faz
de la destrucción en cuyas orillas se realiza la fúnebre ceremonia de
la despedida. En la mansión entra y sale de las oscuras habitaciones la
ansiedad de las cópulas frenéticas que avanzan por un callejón sin salida
desviadas por el instinto.
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Como sugiere Julio Olaciregui,
en La mansión de la Araucaíma no hay horror ni atmósfera de
misterio sino erotismo delirante, trópico y herejía.2
Y esto es así porque la parodia le permite al lector tomar distancia
del horror y del misterio para enseñarle otros aspectos de la condición
humana, la perturbadora fuerza del instinto. Todo ello a causa de
la belleza y juventud de una muchacha cuya inconsciencia desata las
fuerzas oscuras del deseo en unos personajes que son metáforas del
escritor, como don Graci, frío |
| oficiante
de una ceremonia de seducción, que mueve a su antojo las piezas de
una escenografía hecha a la medida de sus fantasías; o el fraile que
asiste a la muchacha y satisface sus demandas, pero la deja a merced
de las maquinaciones de la Machiche, esa hembra agria y desconfiada
que envidia su perturbadora juventud. Porque al entrar en aquella
casa, la muchacha se introduce en un laberinto que la lleva del guardián
al piloto, del piloto al fraile, de este al sirviente, para acabar
siendo exprimida por la Machiche, quien la arroja de su lecho como
un bagazo de caña. Se trata de un peligroso juego cuya finalidad es
su destrucción. Así, la muchacha es engullida con la misma ferocidad
por la maquinaria cuyo mecanismo activa al suscitar la voracidad de
los habitantes. |
Y es que personajes y lectores formamos
parte de una materia vegetal que al descomponerse nos despoja de nuestra
humanidad y nos integra para siempre en el ciclo vital, como el cadáver
de aquella muchacha que el fraile y don Graci lavan con infusión de hojas
de naranjo y depositan a la orilla del río, junto al de la Machiche (igual
que el cuerpo del anciano y los huesos de la mujer en la cañada del poema
«El miedo»). Y sin embargo, ya es poesía aquel cuerpo que no puede seducir
con su mirada felina, y que muestra junto con los primeros síntomas de
la rigidez, la madura ostentación de sus atributos femeninos tristemente
condenados a la disolución. Pero la mirada que así lo describe se nos
antoja de una frialdad tan inhumana como la naturaleza.
Las ancestrales leyendas maya-quichés indican
que los seres humanos fueron hechos de maíz, que ellos son el maíz. Hechos
del maíz o de todos los frutos de la tierra, la sabia e imperecedera enseñanza
de los antepasados recuerda que somos la naturaleza misma. Y a una conclusión
similar nos lleva este relato de deseo y de muerte que busca lo esencial
más allá de lo humano, en la crueldad natural de ese ciclo vida/muerte,
o en el horror que se oculta tras la efímera belleza. De algún modo, la
creciente que arrastra las materias de que estamos hechos, origen y destrucción
de cuanto existe, desata en lo más recóndito de la humana condición la
misma turbulencia, cuando la empujan la fuerza del deseo y el instinto,
igual que les sucede a los personajes de esta mansión tropical. Y así,
el poeta de «El miedo», árbol espeso de ardientes raíces, se funde con
los fantasmas que habitan la mansión porque es parte de ellos, como los
recuerdos que desde antes de nacer habitan la materia de que estamos hechos.
Notas:
1. En Álvaro Mutis
-contextos para Maqroll-, introducción de Ricardo Cano Gaviria, Montblanc,
Tarragona, Ediciones Igitur/Mito, 1997, p. 9.

2. Olaciregui,
Julio, «El sueño gótico de Álvaro Mutis», Tras las rutas
de Maqroll, Cali, Proarte, 1988. 
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