Así, de algún modo, este espíritu escéptico ha transmigrado al Nuevo Mundo
y encarna en un cuerpo febril que recorre poemas, cuentos y novelas
ofreciéndonos un crudo balance: el desgaste de la conciencia ante el sopor
moral que estas tierras producen.
Tierras que no sólo aluden literariamente al mundo de Conrad sino que
padecen el estigma feroz de una violencia que parece consustancial con
Colombia. Ante ello bien se puede repetir lo que dice el coro de las
Coéforas de Esquilo: «Es la ley que a sangre derramada otra sangre se
vierta. (.) Necesario es que a una venganza suceda otra venganza».
Exiliado hace años en México la obra de
Álvaro Mutis también ha recobrado el calor primordial de las vertientes
montañosas donde se cultiva el café y los grandes árboles ofrecen su
sombra. Esas noches del Tolima y esa erosión implacable de todo acto
humano van configurando un alucinante territorio donde la razón y el deseo
cruzan sus impulsos. Un mundo, además, que Mutis no vacila en confrontar
con la Europa milenaria, en uno de los más fecundos diálogos que registre
la literatura hispanoamericana.
Pero hay más. La obra de Álvaro Mutis
tiene en torno suyo un aura de leyenda: las ruinas que deja la historia y
las muertes que decreta el poder se ven transfiguradas por la perdurable
levedad de la poesía. Pero lo valioso es cómo esa reflexión sobre el
desgaste sin compasión del olvido y la perplejidad de pueblos mestizos que
eluden su destino, se expresa a través de una comarca propia y un
personaje único: Maqroll el Gaviero, esa metáfora viva.
Intuido desde sus primeros textos,
vislumbrado de forma paulatina, terminó por apoderarse de la existencia
del escritor Álvaro Mutis hasta ponerlo a su servicio. Ya Maqroll es quien
se encuentra con el pintor Alejandro Obregón y comparte con él reveladoras
y a la vez desopilantes aventuras.
Si bien todos sus textos tienes un
trasfondo mítico, el ritual de una ceremonia legendaria cuyas claves se
han perdido, también ellos se enmarcan, para deleite del lector, dentro
del esquema de una novela de aventuras. Allí donde el narrador interpuesto
nos cuenta cómo esos anti-héroes atraviesan innumerables pruebas y logran
saborear el frágil consuelo de un amor efímero.
Si la experiencia degrada, la literatura
redime. Disipadas sus quimeras se enfrentan, con el rigor despojado de
quien ya no admite engaño alguno, a esa muerte bienvenida que nos exime de
toda vana sorpresa, como salmodia el poeta.
En el mundo acezante y distraído Mutis nos
recuerda la insustancialidad de la política y reafirma, por el contrario,
el terco afán de perdurar de su criatura y la fuerza con que esas
vivencias del paisaje colombiano la impregnan de una solidez entrañable.
Marginal por el mundo, no propone una
moral ni señala un camino. Perplejo sobre el suyo, se entrega a sus
irrisorias empresas con el fatalismo de una convicción trágica: aunque
carentes de sentido es imprescindible vivirlas hasta el fin.
Así el Estratega bizantino morirá
defendiendo la herencia griega ante el avance del Islam. Así Bolívar, en
sus postrimerías, recobra su legado hispánico ante la desordenada
frustración que trajo consigo la independencia.
Pero esa búsqueda de un orden sólo se dará
en la clarividencia geométrica de ese sueño dirigido que es la literatura.
Allí donde el fracaso asumido es el impostergable punto de partida.
Al rechazar la modernidad afrentosa que lo
circunda y repudiar la esterilidad de un progreso que se devora a sí
mismo, Mutis no profetiza. En el erial injusto con que concluye el segundo
milenio después de Cristo se limita a continuar brindándonos la
consoladora mentira de esas fábulas verdaderas que iluminan nuestros días.
La gratitud de tal conocimiento es el origen de esta lectura. |