Centro Virtual Cervantes

Actos culturales

Museo Naval

InicioEnviar comentarios


Características generales
 


Para lograr el éxito en su propósito de invadir la Gran Bretaña con las fuerzas concentradas en Boulogne, Napoleón necesitaba imperativamente el dominio del mar en el Canal de la Mancha, aunque fuera sólo temporalmente. Para conseguirlo, ideó una maniobra que consistía en reunir las fuerzas francesas del Mediterráneo con las españolas de Cádiz (Gravina) y, una vez juntos, al mando de Villeneuve, debían operar una diversión de ataque en las posesiones inglesas en las Indias Occidentales, forzando la persecución de la escuadra británica de Nelson y apartarlo así del escenario europeo.

Cayetano Valdés (1767-1835), Capitán general de la Real Armada. Óleo sobre lienzo por José Roldán. Museo Naval.
Una vez conseguido este propósito, la escuadra  combinada debía regresar a Brest, presentarse en fuerza y levantar el bloqueo a que era sometido este puerto,  incorporar los navíos franceses liberados y despejar el Canal de la Mancha para permitir el paso de la fuerza expedicionaria de desembarco.

Cumplido con relativo éxito el primer objetivo, Villeneuve decidió regresar a Europa, aunque no con la prontitud deseable. Al recalar en cabo Finisterre, la escuadra combinada fue interceptada por la británica de Calder, entablándose un combate indeciso en el que resultaron apresados dos navíos españoles sotaventados hacia la línea enemiga y no auxiliados adecuadamente por Villaneuve; éste incomprensiblemente, en vez dirigirse a Brest según lo ordenado, se refugió en Cádiz, seguramente acuciado por un temor invencible de encontrarse con Nelson en el mar, decisión que desató las iras de Napoleón, quien ordenó el relevo de Villeneuve por Rosily-Mestros en el mando de la escuadra francesa.


Combate de Trafalgar (21 de octubre de 1805). Óleo sobre linezo por Rafael Monleón. Museo Naval
Ante los hechos consumados, se cambió el plan de operaciones de la escuadra combinada para destinarla al transporte y escolta de tropas en el Mediterráneo. En consecuencia, Villeneuve ordenó la salida a la mar intempestivamente, con la oposición de los españoles, tan sólo pensando en lavar su honor antes de que Rosily le relevase.
Los 33 navíos de línea (18 franceses y 15 españoles) y siete fragatas francesas abandonaron Cádiz el 19 de octubre de 1805, adoptándose un dispositivo consistente en una escuadra de batalla compuesta de tres divisiones de siete navíos cada una, mandadas por Álava, Villeneuve y Dumanoir, y otra escuadra de reserva a cargo de Gravina.

En la madrugada del día 21 de octubre de 1805, avistada la escuadra de Nelson, el almirante francés invirtió el orden de marcha por giro simultáneo para evitar que le cortasen la retirada hacia Cádiz, de lo que resultó una formación desordenada en línea de fila con bastantes navíos sotaventados. Los británicos (28 navíos) formados en dos columnas, al mando respectivo de Nelson y Collingwood, arribaron hacia la línea aliada con la idea de cortarla, doblar y envolver parte de ella y destruir el centro y la retaguardia antes de que pudiesen recibir socorro de la vanguardia, táctica ya puesta en práctica por Rodney en Santos (1782).

El resultado fue una serie de combates parciales muy reñidos con el centro y retaguardia aliados, en los que los hispanofranceses, en inferioridad numérica y táctica y de empleo de la artillería, fueron ampliamente batidos en detalle,
Combate de Trafalgar (21 de octubre de 1805). Estampa calcográfica. Museo Naval.
resultando perdidos 19 navíos  franceses y españoles con más de 6.000 bajas. En el encuentro se distinguieron por parte española Gravina, mortalmente herido en el Príncipe de Asturias; Álava, herido en el Santa Ana; Hidalgo de Cisneros, herido en el Santísima Trinidad; Alsedo, muerto en el Montañés; Alcalá Galiano, muerto en el Bahama; Churruca, muerto en el San Juan Nepomuceno; Cayetano Valdés, en el Neptuno, y Escaño, como mayor general de la escuadra.


Aunque la Armada podía haberse repuesto de las pérdidas sufridas en Trafalgar y aún poseía una fuerza respetable —44 navíos de línea y 37 fragatas—, las circunstancias posteriores de la Guerra de la Independencia, el fin del imperio español en América, pero, sobre todo, la falta de una política nacional, el desgobierno y la desmoralización reinantes en las postrimerías del reinado de Carlos IV, hicieron imposible el resurgir, no obstante los meritorios esfuerzos de Pérez de Grandallana (1802-1805) al frente de la Secretaría de Marina. Trafalgar significó el fin de España como potencia marítima, lugar que había ocupado con honor desde el siglo XVI.


Juan José Ruiz de
Apodaca (1754-1835),
Conde de Venadito.
Óleo sobre lienzo por
Antonio M. Esquivel.
Museo Naval.
La consecuencia inmediata de Trafalgar fue el colapso prácticamente total del tráfico marítimo de España con América y, por lo tanto, la apertura de los puertos americanos a los buques extranjeros. En 1806 y 1807 se registraron sendos intentos británicos contra Montevideo y Buenos Aires a cargo de escuadras al mando de Popham y Murray, y ejércitos a las órdenes de los generales Beresford y Whitetelocke, respectivamente; ambos ataques fracasaron por la obstinada resistencia de Liniers.

Los sucesos de Bayona, que finalizaron con Fernando VII prisionero en Valençay, Carlos IV desterrado en Roma y José I Bonaparte designado Rey de España por Napoleón, fueron el desencadenante de la guerra de la Independencia (1808-1814); la escuadra francesa de Rosily que permanecía en Cádiz desde Trafalgar fue atacada y rendida por la española de Ruiz de Apodada, mientras que el ejército de Dupont que intentaba liberarla era batido en Bailén (1808).

La infantería de marina, integrada en el ejército, combatió a lo largo de toda la contienda desde el sitio de Zaragoza —defensa de la Puerta del Carmen (1808)— hasta la batalla de Tolouse a las órdenes de Wellington (1814). La Armada colaboró con sus unidades ligeras y sutiles y el apoyo de la Marina británica —sitio de Cádiz (1809-1812) y batalla de Chiclana (1811)—, en el desarrollo de la guerra y el mantenimiento de las comunicaciones con América.

Ataque en El Callao por la escuela chilena del almirante Lord Cochrane (28 de febrero de 1819). Óleo sobre lienzo por Rafael Monleón. Museo Naval.

Ataque en Cádiz de una escuadra hispano-francesa (23 de septiembre de 1823). Óleo sobre lienzo anónimo.
Museo Naval.

Los navíos basados en Ferrol permanecieron allí durante la ocupación francesa gracias a las gestiones personales de Mazarredo; la de Cartagena pasó a Mahón y parte de la de Cádiz —muy diezmada por temporales y falta de carena— se trasladó a La Habana y Mahón. Muchos oficiales del Cuerpo General de la Armada, faltos de navíos donde ejercer los cometidos militares de su profesión, pasaron a combatir en el Ejército.

La ocupación francesa de la Península Ibérica (1808-1814) provocó la formación de juntas gubernativas en las principales ciudades de la América hispana, en principio leales a Fernando VII, pero que poco después se decantaron claramente hacia la emancipación de la metrópoli. Los focos de resistencia realista española se localizaron en los lugares en los que la Armada poseía bases o apostaderos; pero de nada sirvió: en 1810 la insurgencia se extendió a Caracas, Buenos Aires —aquí la resistencia costó a Liniers y Eslava el morir fusilados—, Santiago de Chile y México, mientras que Colombia, Venezuela, Uruguay y Paraguay se declararon independientes en 1811, aunque el virreinato de Perú permaneció inicialmente fiel a España gracias a la habilidad de Abascal (1808-1814).



Al retornar Fernando VII al trono e iniciar la etapa absolutista (1814-1820) se puso en marcha una doble estrategia, por un lado presionar a las potencias europeas y Estados Unidos para que no reconociesen a los insurgentes —lo que fracasó al estar interesados Gran Bretaña, Francia y los norteamericanos en abrir sus comercios respectivos a las nuevas naciones— y enviar fuerzas expedicionarias en apoyo de los focos de resistencia realista. Para ello necesitaba a la Marina y entonces no se le ocurrió más que la idea de adquirir a Rusia navíos y fragatas, en vez de habilitar los propios que se deshacían en los arsenales. Los navíos adquiridos en 1817 estaban podridos e incapaces de navegar. Así, la expedición montada hacia el Perú en 1818 al mando de Polier fracasó por naufragios —el mismo Polier desapareció con el San Telmo al sur de cabo de Hornos— y la acción de la incipiente Marina chilena al mando de Cochrane; mientras, la escuadrilla de Romarate se veía impotente para enfrenarse con los argentinos (1818), y Laborde, desde Cuba, aunque con apoyos notables al ejército que operaba en Venezuela y Colombia, no fue capaz de cambiar el curso de los acontecimientos por la extrema debilidad de sus fuerzas navales.

La sublevación del ejército que al mando de Calleja se preparaba para acudir en apoyo de los realistas americanos, y que gracias a Riego trajo consigo la etapa constitucional del reino de Fernando VII (1820-1823), desalentó a los partidarios de la unión con España y los inclinó a aceptar la causa republicana; Puerto Caballero en Venezuela, San Juan de Ulúa en México y El Callao en Perú, serían los últimos bastiones de la resistencia monárquica en el continente americano (1823-1826).


Repuesto Fernando VII en el poder absoluto, gracias a la intervención de los Cien Mil Hijos de San Luis y una escuadra francesa que bloqueó Cádiz (1823), Gran Bretaña y los Estados Unidos reconocieron la independencia de las naciones surgidas del antiguo imperio español (1825). Aun así, Fernando VII intentó recuperar México con un ejército transportado en la escuadra de Laborde; conquistado Tampico, el general español ordenó a Laborde que se retirase suponiendo fácil el sometimiento de los mexicanos, lo que no consiguió y tuvo que capitular (1829).

Santiago Liniers (1753-1810), jefe de escuadra de la Real Armada.
Óleo sobre lienzo anónimo. Museo naval.

Al morir Fernando VII (1833) dejó, tras un reinado calamitoso que se puede considerar como la época más vergonzosa de la historia de España, una Marina casi inexistente compuesta de tres navíos y cinco fragatas, con unos astilleros vacíos y ruinosos —sólo se construyó el bergantín Jasón en 1819— y unas dotaciones miserables y mal pagadas, cuyo máximo exponente lo constituye el hecho de la muerte por hambre del teniente de navío Lavadores a causa de debérsele diez y siete pagas (1817).

 
Subir
| Sala VII |

| Portada del CVC |
| Obras de referencia | Actos culturales | Foros | Aula de lengua | Oteador |
| Rinconete | El trujamán |

| Enviar comentarios |

Centro Virtual Cervantes
© Museo Naval de Madrid
© Instituto Cervantes (España), 1999-. Reservados todos los derechos.