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Características generales

Introducción
La Armada durante el reinado de Carlos I
Las relaciones entre Inglaterra y España
Las luchas en el Mediterráneo
Reanudación de las hostilidades
Decadencia de España

Introducción

Los Reyes Católicos legaron a su nieto, el rey y emperador Carlos I de España y V de Alemania, las bases de la proyección hispana que había de ser prácticamente constante a lo largo de los siglos XVI y XVII: en el Mediterráneo, la pugna contra el creciente poderío turco, el poder argelino y la rivalidad francesa; en el Atlántico, conseguido el entendimiento con Portugal, la oposición de Francia e Inglaterra, aspirantes también a disfrutar de las riquezas y el comercio del Nuevo Mundo. Con el paso de los años, ya a finales del siglo XVI, surgió Holanda, que en unión con Inglaterra extenderá sus apetencias hacia el océano Pacífico.

La Armada, además de participar en las numerosas guerras en las que se vio involucrada la monarquía hispana, tuvo asignado un cometido específico de primer orden y responsabilidad: el mantenimiento de las comunicaciones marítimas entre los lejanos y dispersos territorios de un inmenso imperio que, gracias al esfuerzo y eficacia de aquellos marinos, pudo llegar prácticamente intacto a las postrimerías del siglo XVII.

Disposición o plan
de combate de un galeón
(s. XVII)

 

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La Armada durante el reinado de Carlos I

La contribución naval a los sucesivos enfrentamientos hispano-franceses que jalonaron el reinado de Carlos I fue importante y, en algunos casos, decisiva. En el primero (1521-1525) destacó la participación de la Armada en las campañas de Italia, Guipúzcoa y golfo de León, significándose Hugo de Moncada. Alcanzada la paz por el Tratado de Madrid (1526), pronto se encendió de nuevo la guerra desde 1527 a 1529, en que se firmó la Paz de Cambray, favorable al Emperador, en gran parte gracias a la acción de las galeras del genial genovés Andrea Doria (1468-1560), pasado al servicio de España.

La invasión de Hungría por Solimán II (1526) hizo peligrar el corazón de Europa; para contenerlo, don Carlos acudió en persona a defender Viena (1529), mientras que las fuerzas imperiales, al mando de Andrea Doria, atacaban el Peloponeso, Corón, la ciudad de Patrás y la entrada de los Dardanelos. Estas acciones fueron coronadas en 1535 por la conquista de Túnez, éxito al que contribuyeron Andrea Doria, Álvaro de Bazán el Viejo, Berenguer de Requesens y García de Toledo. A continuación, Carlos V mantuvo nueva guerra con Francisco I; tras una tentativa naval sobre Marsella en apoyo de la fracasada invasión de Provenza, se llegó a la tregua de Niza (1538), lo que dio pie al Emperador para fomentar una Santa Liga contra el turco, que no dio resultados tangibles por falta de acuerdo entre los venecianos y Andrea Doria en la acción de Preveza (1538), lo cual, seguido por el desastre de Argel (1541), alentó al corso argelino y a Barbarroja para continuar sus correrías hasta 1546.

Tras el fracaso de la Santa Liga, por cuarta vez volvió a reanudarse la lucha con Francia (1542-1544) a causa de la obstinación de Francisco I en mantener sus pretensiones en Italia. La victoria naval de Álvaro de Bazán el Viejo sobre una escuadra francesa en Muros (1543) y, ante todo, el avance sobre París del propio Emperador, hicieron solicitar la paz a Francisco I, que se firmó en Crépy (1544). Duró poco, pues los franceses volvieron a atacar, esta vez ayudados por la traición de Mauricio de Sajonia. La comprometida posición de Carlos fue en gran parte solventada con el apoyo de Castilla, hasta que se produjo la abdicación del Emperador en Bruselas, el 25 de octubre de 1555.

 

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Las relaciones entre Inglaterra y España

Después de la paz alcanzada en Cateau-Cambrésis entre España, Francia e Inglaterra en 1559, el rey Felipe II ejerció en Europa una indiscutible hegemonía política y militar; el tratado obligó a Francia a renunciar a sus aspiraciones en Italia, convirtiéndose en aliada de España, lo que dejó el campo libre para que España e Inglaterra dirimiesen sus problemas prácticamente en solitario hasta 1604, trasladando hacia el mar del Norte el centro de gravedad de la política continental, hasta entonces radicada en Italia como consecuencia de la pugna entre Francisco I y Carlos V.

Después de la toma de La Florida por la armada de Pedro Menéndez de Avilés (1565), el deslizamiento de la reina Isabel de Inglaterra hacia el anglicanismo, su apetencia por las riquezas del Nuevo Mundo y, por último, el papel de protectora de los Países Bajos rebeldes a España, provocaron la confrontación entre ambas potencias marítimas. Lo que al principio fueron incidentes aislados, pronto desembocaron en el desastre inglés de San Juan de Ulúa (1568), cuando una flota pirática-comercial de trata de esclavos negros, al mando de Hawkins y Drake, fue prácticamente aniquilada por la flota de Nueva España, de Luján. El incremento de la actividad corsaria inglesa, la incautación de las pagas del ejército de Flandes por parte de la reina Isabel y su apoyo a la rebelión de los Países Bajos, contribuyeron poderosamente al deterioro de las relaciones entre ambas monarquías, a pesar de los tímidos intentos de paliar la situación con los tratados de Greenwich y Bristol (1573) que permitieron un momentáneo respiro, aprovechado por Recalde y Valdés para reforzar el ejército de Flandes.


Expedición a las Islas Terceras (1583)
Real Monasterio de El Escorial

La situación volvió a deteriorarse como consecuencia de la incursión de Oxenham en Panamá, que fracasó (1575); la más fructífera de Drake en el Pacífico (1577-1580), y de un intento de invasión de Irlanda por parte del Papa, apoyado por España (1580). En estas circunstancias, falleció el rey Sebastián de Portugal y Felipe II hizo valer sus derechos a esa corona, lo que consiguió venciendo la resistencia que le ofrecían los partidarios del pretendiente Antonio de Ocrato con el ejército del duque de Alba y la Armada del Mar Océano, de Álvaro de Bazán, que ocupó Lisboa (1580) y terminó con los últimos focos de resistencia portugueses apoyados por Francia, al derrotarles en la isla de San Miguel (Azores), en 1582, y tomar posteriormente la isla Tercera en el mismo archipiélago (1583).

Ataque de la flota y tropas
del almirante holandés
Pieter van der Does en Las Palmas de Gran Canaria
(1599)
Grabado neerlandés, siglo XVII

Lograda la unidad peninsular, el elevado nivel alcanzado por el poder naval hispanoportugués a finales del siglo XVI y principios del XVII fue la consecuencia lógica, pese a las carencias y limitaciones que se quieran considerar, de un planteamiento político bien ejecutado, dentro de una correcta concepción estratégica del teatro continental europeo, que iba desde la planificación de las construcciones navales, al desarrollo sistemático del comercio marítimo con Europa y las Indias Occidentales y Orientales.

Herramientas fundamentales para alcanzar estos extremos fueron una moderna organización del Estado en todos sus ramos, perfeccionada durante los reinados de los Reyes Católicos, Carlos I y Felipe II, y un notable desarrollo tecnológico y científico, particularmente en el aspecto náutico, además de disponer las dos naciones ibéricas de una envidiable situación geográfica, con magníficos puertos en el Atlántico y Mediterráneo.

El auxilio inglés a don Antonio, el peligro que representaba para la reina Isabel la caída de Amberes en poder de Alejandro Farnesio (1585), que ocasionó el envío del conde de Leicester en apoyo de los Países Bajos rebeldes amenazados por la ofensiva española, y, sobre todo, la incursión de Drake en Galicia, Canarias, Cabo Verde, Santo Domingo y Cartagena de Indias (1585-1586), provocaron la decisión de Felipe de invadir Inglaterra con el ejército de Flandes, al mando de Farnesio, apoyado por la Armada del Mar Océano de Álvaro de Bazán, marqués de Santa Cruz (29 de diciembre de 1585). La idea se vio reforzada tras la ejecución de María Estuardo y el ataque de Drake a Cádiz (1587).

La Gran Armada, largamente preparada en Lisboa por el marqués de Santa Cruz hasta su fallecimiento el 9 de febrero de 1588, partió al fin al mando del duque de Medina Sidonia, y a punto estuvo de alcanzar su propósito de reunirse con Farnesio, aunque fracasó en su objetivo y se vio precisada a regresar a España con notables pérdidas debidas a los temporales sobre la costa de Irlanda (1588). El esfuerzo del duque y de sus subordinados Oquendo, Recalde, Bertendona, Moncada y otros, había resultado baldío. También fracasaría la respuesta inglesa sobre La Coruña y Lisboa a cargo de Drake y Norris (1589).
    D. Miguel de Oquendo
        Estampa del siglo XIX

Las pérdidas de la expedición de 1588 se repusieron y el sistema de protección de las Flotas de Indias se perfeccionó, así como las fortificaciones de los puertos —«la potencia naval española en la década de 1590 era incluso más formidable que lo había sido antes de la salida de la Armada» (J.H. Elliot)— como lo pudieron comprobar Thomas Howard, derrotado por Alonso de Bazán en la isla Flores (1591), y Drake y Hawkins en su incursión fracasada en Las Palmas, Puerto Rico y Panamá (1595), apenas compensada por el éxito de Essex en Cádiz (1596). Aliados franceses e ingleses en guerra contra Felipe II, éste no se amilanó y después de la toma de Calais (1596) organizó dos expediciones para invadir Irlanda en 1596 y 1597, que fueron dispersadas por temporales.

 

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Las luchas en el Mediterráneo

En el Mediterráneo continuó la amenaza de turcos y berberiscos contra el comercio y posesiones españolas en el norte de África. El ataque a la base de Dragut en Trípoli finalizó con el fracaso de los Gelves (1560) y envalentonó a Turquía, que sitió a Orán y Mazalquivir (1563), pero la acción de García de Toledo y Álvaro de Bazán les obligó a retirarse, así como, gracias al esfuerzo naval español, se liberó Malta del asedio a que estaba sometida por los turcos (1565).

El ataque otomano a Chipre provocó la formación de la Santa Liga entre el Papa, España y Venecia (25 de mayo 1571); las fuerzas navales coaligadas al mando de Juan de Austria derrotaron a los turcos en Lepanto (Grecia) el 7 de octubre de 1571, distinguiéndose Alvaro de Bazán, Juan de Cardona y Luis de Requesens, entre otros españoles. A pesar de la victoria, después de un intento contra Modón en 1572, la Santa Liga fue disuelta en 1573, justo el mismo año en que Juan de Austria recuperaba Túnez, aunque por escaso tiempo. En 1581 se acordó una tregua entre España y Turquía, demasiado ocupada en la guerra que mantenía con Persia.

Fanal de la galera capitana turca
en Lepanto (1571)
Casa de la marquesa de Santa Cruz, Madrid

Ya durante el reinado de Felipe III (1598-1621), el agotamiento de las partes en conflicto y la muerte de la reina Isabel (1603) propiciaron la paz con Inglaterra (1604), tras una fracasada tentativa sobre Irlanda, a cargo de Diego Brochero y Juan del Águila (1601). A todo esto, continuó la guerra con Holanda en el Canal de la Mancha, Portugal y accesos al Estrecho, con varia fortuna; así, mientras Brochero y Fajardo combatían al corso, obteniendo este último señaladas victorias en aguas de América (1605) y San Vicente (1606), Mahu, Cordes y Van Noort se desquitaron en América y el Pacífico (1598-1601), y Jacobo Heemskirk en Gibraltar. Por instigación de Francia e Inglaterra se firmó una tregua de doce años en 1609, más que nada por el agotamiento de los recursos de ambos contendientes, tregua aprovechada por Holanda para convertirse en un pueblo rico y dinámico.

En el Mediterráneo, la hostilidad de Venecia dio ocasión al lucimiento de las escuadras del duque de Osuna basadas en Brindisi (1618). Inducida por España, Persia atacó de nuevo a Turquía, lo que fue aprovechado por el segundo marqués de Santa Cruz para atacar en Patmos, Zante y Durazzo, todo ello completado años más tarde con la limpieza de corsarios llevada a cabo en Larache (1610) y la Mámora (1614).

 

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Reanudación de las hostilidades

Ascendido al trono Felipe IV (1621-1665) y con Olivares en el poder, se iniciaron de nuevo las hostilidades con Holanda, rota la tregua por razones de predominio comercial y marítimo. Fadrique de Toledo atacó y destruyó una flota holandesa en Gibraltar (1621), mientras que la escuadra española con base en Dunkerque atacaba el tráfico mercante y las pesquerías de arenque, ocasionando graves pérdidas a los neerlandeses (1625-1634). En América se registraron incursiones enemigas en Chile y Perú (1615), y en 1624 se perdía Bahía, que fue recuperada por Fadrique de Toledo un año más tarde. Casi al mismo tiempo, Inglaterra y Francia entraban de nuevo en guerra con España: la primera atacaba Cádiz con una potente escuadra pero era rechazada (1625), y Francia bloqueaba Génova, siendo dispersada su flota por el segundo marqués de Santa Cruz. Francia, derrotada, firmó la paz en Monzón (marzo de 1626), e Inglaterra, con Carlos I, hizo lo propio en 1630, paz que se mantuvo hasta 1655, permitiendo un respiro a Felipe IV.


Nao alemana
Grabado de Brueghel


Galeotas y galeón
Grabado por Frans Huys
de un original de Pieter Brueghel

Galeotas
Grabado de Brueghel



Vista de un galeón por
su través de estribor

Grabado por Frans Huys de un
original de Pieter Brueghel

Declarada la guerra de nuevo a Francia por la crisis de Mantua (1627), la situación de España se vio comprometida al capturar el holandés Piet Heyn la flota de Nueva España en Matanzas (Cuba, 1628), y por dos incursiones hacia Brasil, la primera a cargo de Andriaan Janszoon-Pater, fue interceptada y casi destruida por Antonio de Oquendo a la altura de Pernambuco (1631), y la segunda sufrió la misma suerte a manos de Lope de Hoces (1632).

Poco duró la paz alcanzada con Francia en 1631, pues Luis XIII, incitado por Richelieu, volvió a reanudar las hostilidades en 1635. En Flandes el ataque español fue contenido, mientras que también lo era el francés en Fuenterrabía (1638). El intento español de reforzar el ejército de Flandes fracasó en Las Dunas al ser destruida la escuadra de Oquendo por la del holandés Tromp (21 de octubre de 1639), lo que, unido a otro descalabro en Brasil el mismo año y a las sublevaciones de Portugal y Cataluña, propició el comienzo de la decadencia del poderío español —particularmente el naval— consagrada en la paz de Westfalia (1648), por la que Holanda se convertía de enemigo en colaborador de España.

La guerra con Francia continuó, apreciándose una cierta recuperación hispana de 1648 a 1652; una escuadra al mando de Juan José de Austria desbarató los intentos franceses de sublevar Nápoles (1648), y cuatro años más tarde tomaba Barcelona (1652); pero la entrada de Inglaterra en guerra con España en 1655, apoderándose de Jamaica el mismo año, y el ataque de Blake a la flota de Nueva España en Tenerife (1657), más la campaña adversa de Flandes, junto al cansancio de los contendientes, obligaron a firmar el tratado de los Pirineos (1659).

 

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Decadencia de España

A partir de entonces Felipe IV procuró la alianza con Holanda para frenar el imperialismo francés de Luis XIV, que continuó haciendo la guerra en defensa de sus intereses, lo cual no hizo más que ahondar la decadencia española. Durante el reinado de Carlos II (1665-1700) la monarquía hispana sostuvo cuatro guerras con Francia finalizadas con sendas paces: Aquisgrán, 1668; Nimega, 1618; Ratisbona, 1684, y Ryswick, 1697. En ellas la Armada intervino modestamente debido a su extrema debilidad; sólo son reseñables el mantenimiento de las comunicaciones con América y Filipinas y su limitada actuación en la guerra de Holanda (1672-1678), durante la cual la escuadra hispano-holandesa de De Ruyter fracasó ante Augusta (1676), pero consiguió que Sicilia continuase bajo dominio español. Durante la guerra de la Liga de Augsburgo (1688-1697), el papel de la Armada fue cada vez más reducido y no pudo evitar que la escuadra francesa bombardease Barcelona y Alicante (1691), tomase Rosas (1693) y finalmente Barcelona (1697). La paz de Ryswick (1697) vino a confirmar la práctica desaparición de España como potencia marítima y continental.

 


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