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Prólogo

Amancio Landín Carrasco
Coronel Auditor de la Armada (r)
Vocal del Patronato del Museo Naval


Glosar el catálogo de un museo debe de ser como explicar el contenido de una guía telefónica, algo tan aburrido para el escritor como para el lector. Se me antoja, pues, que si se me ha hecho el encargo de escribir estas líneas no es para que me demore en el contenido de la Sala III o del Vestíbulo principal del Museo Naval, sino que, por razón de mi antigüedad como asiduo de esta casa, se desea que hable del espíritu que en ella anida.

Porque nadie duda de que las instituciones, especialmente si como ésta llevan a la espalda más de dos siglos de vida, estén animadas por un aliento sutil y privativo que bien puede confundirse con lo que llamamos estilo. Hace apenas cuatro años, con ocasión de un acto oficial que en el Museo Naval se celebraba y que presidía el entonces cabeza de nuestro Patronato su alteza real don Juan de Borbón y Battenberg, oí de doña Casilda de Silva, marquesa de Santa Cruz y entusiasta vocal del mismo Patronato, un agudo comentario que nos acerca a nuestro razonamiento:

No sé qué extraño duende toca a don Juan cuando entra en el Museo; por apesadumbrado que pueda estar y hasta por enfermo y más enfermo que parezca, su expresión se transforma. Se siente a sus anchas, disfruta y se relaja.


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Don Juan era marino de profesión y de corazón. El Museo Naval era y es un relicario de las mejores tradiciones marineras. El padre del Rey e hijo de rey se encontraba aquí, no sólo con compañeros de botón de ancla y con un ambiente lleno de evocaciones salobres y hazañosas, sino también en los muros de cada sala, con la sombra familiar de sus ascendientes, siempre señalando a unas metas en las que se acrisola el desideratum de cualquier español de bien. Todo eso, como otras cosillas casi inefables, forman parte de lo que llamamos estilo.

Empecé a frecuentar el Museo en la primavera de 1943. Su director, el entonces capitán de fragata Julio Guillén Tato, acogió con impagable benevolencia mi deseo de investigar en los fondos documentales y bibliográficos del centro. Aquí trabajé, con una libertad casi temeraria, en la más rigurosa soledad. Después de mi jornada matutina y luego de almorzar en el mismo edificio del Ministerio de Marina (Achúcarro y sus retoños gobernaban el comedor de oficiales), me echaba una realísima siesta en el altillo del despacho del director del Museo, y digo realísima porque lo hacía en una butaquilla jubilada y desfondada, a los pies de un gran retrato de don Alfonso XIII, vestido de capitán general de la Armada, óleo de Álvarez de Sotomayor, pintado a fines de los años veinte y descolgado de su lugar por avatares políticos. Juro que aquella familiaridad jamás alteró mi respetuoso acatamiento al abuelo de quien, pasados catorce años, habría de ser el alumno más distinguido en mi larga condición de «proto» de la Escuela Naval. Y luego de la breve holganza, a desempolvar papelotes hasta la hora de la cena. Extendía legajos, libros y cuartillas sobre la hermosísima mesa redonda, madera de narra filipina, que es gala de la antigua biblioteca, hoy Sala del Patronato, paridera, con el tiempo, de no menos de cinco libros míos.


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No es fácil componer una semblanza atinada de lo que era entonces el Museo. Aunque pobre de medios, escaso de personal y deslucido de paredes y moquetas, la riquísima personalidad de Guillén impregnaba la rica actividad del centro. Allí se celebraban conferencias, conciertos, exposiciones y hasta exhibiciones de belenes, amén de conmemoraciones de tanta altura como la del centenario de la muerte de Martín Fernández de Navarrete, capitán de navío y director de la Real Academia de la Historia, el más notable de nuestros historiadores navales.

De la vida sociocultural de la casa —Guillén era un conversador tan ingenioso como interesante— diríamos bastante al recordar algunos nombres de personas que allí concurrían o disertaban: El crítico musical y académico Víctor Espinós, el físico Julio Palacios, el escritor Wenceslao Fernández Flórez, el triacadémico y luego director de El Prado Javier Sánchez Cantón, el marino e historiador Indalecio Núñez, el museógrafo Fernando del Valle Lersundi, el historiador del arte marqués de Lozoya, el astrónomo García Franco, el profesor Cotarelo Valledor, el marino y académico Juan García Frías, el charlista Federico García Sanchíz, el cineasta López Rubio, el matemático y cartólogo Julio Rey Pastor o el historiador Ciriaco Pérez Bustamante, siempre asistidos por la presencia tronante y moderadora del padre Vicente Vela, capellán de la Armada y activísimo subdirector del centro.


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Guillén, a quien el más sesudo de sus biógrafos adjetiva de polígrafo, fue miembro numerario de la Real Academia de la Historia y también de la Española. A su despacho acudían con sus dudas tanto arqueólogos o modelistas como numismáticos, blasonistas, filólogos o folcloristas. De sus habilidades personales hablan quienes le vieron pintando frescos, construyendo modelos, tejiendo alfombras, dibujando cartas geográficas o haciendo preciosos biombos con motivos cartográficos. De ahí que, en los treinta años largos de su gestión (falleció en noviembre de 1972), haya dejado una indeleble impronta en el Museo de sus amores.

Las circunstancias han querido que los sucesivos directores, todos celosos, eficaces y activos, no hayan desempeñado el cargo sino durante un corto número de años. José Luis Morales, José María Zumalacárregui, Ricardo Cerezo y Vicente Buyo tomaron uno tras otro la antorcha y llevaron a cabo una importantísima tarea, visible sobre todo para quienes se adentran por los caminos de la investigación histórica: Ampliación y acondicionamiento del área dedicada a biblioteca, cartoteca, archivo gráfico y depósito documental, con las correspondientes salas para investigadores y ficheros de distinta índole. Sin embargo, lo más trascendente para las funciones del centro ha sido, en los últimos años, su nueva organización interna, que afrontó la necesidad de acotar los distintos campos de su misión y de adjudicar a cada uno de ellos el personal facultativo que garantice la buena calidad de sus servicios.


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Atención muy seria se viene dedicando a otros centros periféricos dependientes del Museo o conectados con el mismo. Entre ellos destaca el Archivo «Álvaro de Bazán», instalado en el hermoso palacio renacentista de El Viso del Marqués (Ciudad Real), a disposición de la Armada gracias a la liberalidad de los marqueses de Santa Cruz, en cuyo interior se custodian, con singular dignidad, los centenares y centenares de legajos que integran el mayor patrimonio documental de la Armada española. Tanto estos fondos como los archivados en la sede madrileña están siendo objeto, desde hace varios años, de una minuciosa tarea de catalogación informática; ello permitirá su fácil localización y uso por parte de los investigadores que, en número creciente, se interesan por nuestro pretérito marinero.

Bien está que el oreo de las virtudes se modere en vida del virtuoso; de otro modo, la estimación puede parecer halago, y la justicia provoque en algún caso más fatuidad que sosiego. Así escribía recientemente una persona de la que no puedo discrepar. Por tanto, contengamos viejos afectos para hacer una breve referencia al contralmirante José Ignacio González-Aller Hierro, autor de este puntual registro.


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Alumno por 1957 de quien esto escribe, compatibilizó a lo largo de los años la pasión por su carrera militar y naval con una invencible devoción hacia nuestro pretérito marinero. Bibliófilo incurable y tragón de catálogos librescos, siempre ofrecía una noticia de interés o un consejo atinado a cuantos desbrozaban las congostras de la verdad histórica; un oficio en el que también González-Aller sufrió dura reválida al adentrarse hasta los tuétanos en el tema de la Gran Armada contra Inglaterra.

Por eso recibimos con justificada esperanza su nombramiento, en 1991, como director del Museo Naval. Y en verdad que a nadie defraudó. Ahí están la espectacular remodelación de las salas de exposición, el impulso editorial y una inquietud orgánica que hace crujir las entrañas de la casa. Valga como mínimo ejemplo de cuanto decimos este Catálogo-Guía, testimonio y pregón del contenido del Museo, síntesis erudita de la historia marinera de España y pieza, en fin, de impagable valor para visitantes e investigadores.


Fallecido en 1993 el conde de Barcelona, ejemplar presidente del Patronato del Museo durante muchos años, vino a sucederle en el cargo de antiguo vocal de su misma sangre, el infante don Carlos de Borbón Dos Sicilias, que quiso aceptar su nueva tarea como un entrañable legado que le une para siempre, con entusiasta fidelidad, al empeño por exaltar nuestro pasado marítimo.

A ese mismo fin, sin duda alguna, contribuirá la publicación del necesario, digno y meritísimo volumen que hoy nos ofrece el contralmirante José Ignacio González-Aller Hierro.

 


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