Contaba Azorín la historia del impresor Robert Estienne, tan cuidadoso con la edición de sus textos que los hacía revisar por un equipo de cuidadosos y atentos correctores, antes de exponerlos en los ventanales de la imprenta para que el público pudiera descubrir algún error, y a quien lo hacía, se le entregaba un premio. Y ahí andaban los viandantes señalando letras trastocadas, accidentes, pérdidas y cambios hasta que el texto parecía perfecto. Sólo entonces se imprimía, y era —negro sobre blanco— cuando inexplicablemente aparecían las erratas, la plaga bíblica que asuela la reputación de los editores y la salud de los poetas.
Un mal universal inevitable, un virus desconocido, en palabras de Gómez de la Serna, que ataca a las palabras, como la varicela, y del que no se conoce vacuna ni antídoto.
Proponemos para terminar, y como colofón a la aventura, una visita al siempre proceloso e hilarante mundo de la errata, esta vez sin acompañante ni guía en espera de futuras expediciones y hallazgos: