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Augusto Monterroso

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Viaje al centro de la fábulaEditada por primera vez en 1981 en la UNAM, y reeditada en 1982 en la editorial Martín Casillas y en 1989 en la editorial Era —que sirve de punto de referencia para esta reseña— la obra es un compendio de entrevistas realizadas por diversos críticos y profesores a Augusto Monterroso. En la «Presentación» del libro, Jorge von Ziegler asegura que se trata de un epílogo y un comentario de su obra primera, ya que de los nueve diálogos que contiene, el primero data de 1969 y el último, de 1982; es decir, exploran el pasado de Obras completas y La oveja negra y son coetáneos de Movimiento perpetuo y Lo demás es silencio. Monterroso aludía a esta publicación en una página de su Diario que data de 1984. Cuando una periodista le propone hacerle una entrevista, el autor se niega porque asegura «ya son demasiadas entrevistas, tengo un libro publicado de ellas». El caso es que se siguieron publicando libros de entrevistas, siempre para comentar, explicar y valorar su, por él mismo reconocida, «escasa obra literaria». Los diálogos de Viaje al centro de la fábula son sinceros, honestos, esclarecedores de una trayectoria vital y profesional excepcional, hasta el punto de que parte de la crítica ha sugerido hacer de la entrevista un género literario particular y exclusivo de Monterroso.

A lo largo de distintas entrevistas con otros tantos estudiosos de su obra, descubre aspectos personales e íntimos en relación con su escritura y la repercusión de sus obras en los ambientes académicos e intelectuales. En algunas se tratan sus inicios en la lectura, allá por los años treinta, cuando el joven trabajaba en una carnicería en Guatemala y descubre la necesidad de leer a los clásicos y después a los modernos, con el fin de subsanar, según él, su ignorancia. En otras, el autor se confiesa en asuntos estrictamente literarios, referentes a la forma, al ritmo, a la cosmovisión que permea su literatura. Respecto a su supuesto conocimiento del mundo animal, Monterroso declara con honestidad que sus observaciones provienen de sus paseos por distintos parques zoológicos; no obstante, afirma que es mal lector de novelas y que los géneros colindantes con la biografía, tales como los diarios, memorias y crónicas de viaje, lo colman de felicidad. Otros diálogos dejan entrever de soslayo, porque nunca hay afirmaciones exentas de ambigüedad, las opiniones del autor en torno a los fines sociales y políticos de la literatura. Para el autor, lo personal es político, aunque, asegura, no es tan evidente en su caso. Hay continuas preguntas en torno a su preferencia por la brevedad en la escritura, a las que responde que no recomienda a nadie decantarse por la brevedad a la hora de hacerse escritor.

De manera que Viaje al centro de la fábula se presenta como un texto, a la vez que pretexto, para conocer al autor. Lo cierto es que lo descubre sólo a medias, y en todo caso lleno de ambigüedades y dobleces; sabido es que hay que leerlo entre líneas y como ejemplo anoto esta afirmación esgrimida para liberarse de cualquier afán por ser reconocido como intelectual: «La inteligencia no me interesa mucho. El hombre, tan fallido, en su capacidad organizativa, en su capacidad de comprensión, me da lástima. Yo me doy lástima. Pero siento que hay que ocultarlo y por eso muchos de mis personajes están disfrazados de moscas, perros, jirafas, o simples aspirantes a escritores.» (pág. 96). En cualquier caso, el autor nos captura por su genial sencillez.

 

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